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Opinión

  • | 2000/01/03 00:00

    Peñalópolis

    Si, en un año, el pavimento de la 15 no ha sido roto por otra empresa distrital, podrá considerarse a Peñalosa el hombre del año 2000

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Enrique Peñalosa Londoño es todavía un alcalde de papel. Y de obras en bruto. Yo esperaría al año 2000 y en su diciembre sí decir que, a la vista de importantes realizaciones concluidas, y al menos rellenos los huecos del tranvía —que llevan en la carrera 13 los dos años y medio de administración—, este alcalde sin igual ha sido el hombre, ya no del año, sino del milenio.

Cuando el occidente de la ciudad tenga piso carreteable; cuando se pueda recorrer la calle 66 de occidente a oriente, cuando se pueda ir a Las Cruces por los accesos orientales, cuando se haya atendido más el sur y se haya hecho algo por las invasiones de las areneras del norte. Cuando haya una solución visible, no en proyectos diagramados, para la miseria implorante y asaltante. Cuando la policía deje de ser hostil y sea, en cambio, eficaz para prevenir. Entonces, tal vez entonces, podríamos hablar de un alcalde meritorio, digno de la nominación presidencial o al menos de haber mandado en su año.

Lo que me temo, sin embargo, es que el alcalde Peñalosa no pasará de ser un funcionario que dio impulso a algunas obras, como todos los alcaldes, y que dejará para su renombre la carrera 15, al norte, con sus aceras infinitas y su estrechez circulatoria. Pero si, al menos, en un año, contado a partir de la fecha, ese pavimento no ha sido roto por otra empresa distrital y reparado a las volandas, dejando un salto de ejes, por ese solo hecho, podrá considerarse a Enrique Peñalosa el hombre del primer año del nuevo siglo del tercer milenio.

Fernando Mazuera Villegas fue el alcalde arquetípico de Bogotá, por haber roto la ciudad, para abrirla a la vida moderna. Fue el burgomaestre de los puentes de la 26. Juan Pablo Llinás, quien le sucedió, quiso cambiarle de clima a Bogotá, sacando de sus refugios del frío, las mesitas de los cafés. Quiso hacer una ciudad risueña. Pero él mismo tenía un ceño tristón y un labio belfo, del que se colgaban dos comisuras sombrías. Fue el alcalde de la risa.

Jorge Gaitán Cortés, más tarde malogrado gerente de El Tiempo, en plena juventud, fue el gran planificador, según se ha dicho siempre en El Tiempo y hombre de escritorio. Arquitecto bien peinado, como Mandrake, dejó la ciudad proyectada, no sé por cuántos años. Fue el alcalde proyectista.

Que yo recuerde —y me puedo olvidar de algunos—, Emilio Urrea quiso adelantar la hora de Bogotá, y me parece que lo logró por unas cuantas horas, pero los relojes retornaron automáticamente a su nivel. Generalmente, cuando el presidente Lleras Restrepo (padre de C. Ll. de la F.) estaba en el despacho con Urrea, algunas personas preguntaban por su salud.

Virgilio Barco era, para la época de su alcaldía, un ingeniero dinámico. Hizo El Salitre y obras apresuradas y sin desagües para la llegada del Papa, en 1968. El ilustre profesor Gaitán Mahecha fue el de la hora zanahoria, para la cual bastó con que anunciara en los diarios la medida, acompañada de su retrato. La ciudadanía acató sin chistar, presa del pánico. Hernando Durán Dussán, de mal carácter (aunque él sostenía que solamente tenía carácter), fue eficiente continuador de puentes y avenidas.

Augusto Ramírez Ocampo, el de las ciclovías, creó este gran recreo ciudadano, aún vigente. No se le recuerda por más, y no fue poco. Andrés Pastrana, el primero en ser elegido, gozó por ello de simpatías y construyó la troncal del sur hasta la calle primera, hoy en lamentable estado y un puente que acaba de ser reconstruido. Caicedo continuó la troncal hacia el norte, hoy igualmente en pésimo estado, y taló los árboles de la Caracas, yendo a dar a la cárcel por culpa de unos concejales clientelistas. Lo cual es infame que se le haga a cualquier persona decente.

Jaime Castro, de escritorio y profesoral, sólo podía ordenar papeles, o sea las finanzas del Distrito Capital, dinero que recogió Mockus y lo guardó, como fiel depositario de bienes públicos, en una cajita de cerámica, hecha por la artista Nijole, mientras nos enseñaba civismo con símbolos, espadas rosadas y saltimbanquis. De él aprendimos, aunque ya se nos borra de la memoria que se debe parar en los pasos de cebra, los que también se están borrando.

Enrique Peñalosa será recordado como el alcalde de los trancones, el que resolvió angostar vías, como también lo hizo, en su momento, Julio César Sánchez. Si se recuerda lo positivo de su obra, será el alcalde de la carrera 15, al norte, que no es otra cosa que una vía urbana por fin bien asfaltada. Enhorabuena. Otras empresas como Trasmilenio, 32 puentes, parques longitudinales y oblicuos, avenida de occidente, tratamiento del río, metro, escuelas y hospitales, asilos para indigentes, lucen muy bien orquestadas en el canal Bogotá. Y en la calle, por ahora, son polvo e incomodidades.

Sin embargo, la ofensiva de comunicaciones de quien comenzó cantando en los buses, reforzada hoy con revistas oficiales y muchas fotos del alcalde de la camisa azul, lo llevaron a ser proclamado el Hombre del Año por la revista Cambio. Me quedo con la muy acelerada escogencia de Juan Pablo Montoya, de quien, por lo menos, no se sabe que genere trancones.
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