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Opinión

  • | 2014/03/15 00:00

    Peñalosa

    A pesar de su soledad, Peñalosa se puede crecer y dar en serio la pelea por la Presidencia.

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Enrique Peñalosa resultó ser uno de los grandes ganadores de las elecciones del 9 de marzo. Los casi cuatro millones de votos que sacó la consulta de la Alianza Verde fueron una sorpresa, y más aún los cerca de dos millones que fueron depositados por él. Si bien es cierto estos votos son volátiles y no significan una adhesión verdadera a su candidatura presidencial, sí dejan entrever que hay una franja que no se resigna a que en mayo la contienda sea entre Juan Manuel Santos y el voto en blanco. La franja huérfana.

Una franja que no se siente atraída ni por los cuentos de terror de Uribe, ni por la mermelada santista. Posiblemente esté configurada por la clase media y un voto de opinión de centro no cautivo. Una franja hastiada del sistema político. La pregunta es si Peñalosa será capaz, tan solo como está, de convertirse en una alternativa para los incrédulos y los escépticos.

De Peñalosa se podrán decir muchas cosas, menos que no sea persistente. Para llegar a la Alcaldía de Bogotá en 1997 tuvo que soportar primero dos derrotas, y a pesar de haber hecho una destacada gestión como alcalde, no ha logrado volver al Palacio de Liévano, como lo ha intentado en dos ocasiones, con lo que se había granjeado, hasta el domingo, la reputación de perdedor y mal político.

La izquierda se ha convertido en su karma. A pesar de que se percibe como un igualitarista defensor de la justicia social, en la izquierda es visto como un caballo de Troya de Álvaro Uribe, dado que hace cuatro años se dejó arropar en su campaña por el cuestionado expresidente. Esto le dio argumentos, por ejemplo, al Polo Democrático para no avalar una consulta interpartidista con los verdes, pues consideraban que de ser Peñalosa el ganador, como era probable que fuera, el uribismo volvería a darle el abrazo del oso. Y los Progresistas de Petro, que se sumaron a los verdes a última hora para tener un aval de partido en las elecciones, mostraron su tirria por Peñalosa cuando intentaron sacarlo a sombrerazos. Demostraron una vez más que su política del amor es, sobre todo, amor propio.

Algo similar han hecho notables figuras del mockusianismo, como John Sudarsky, quien con una falta de gallardía alucinante declaró antes de los comicios que no apoyaría a Peñalosa si ganaba, intentando deslegitimar una consulta en la que él mismo participó. Hay que reconocer que a pesar de su estilo sobrado y arrogante, Peñalosa se tragó estos y muchos otros sapos. Aguantó con estoicismo su condición de muchacho diferente en su partido, de minoría cuasiaplastada. Ahora cuando se alzó con un montón inesperado de votos, habrá que ver si sus antiguos detractores cambian de actitud, pues sin duda su candidatura es una realidad política de lo más interesante.

Si bien Peñalosa no suscita la pasión y las ilusiones que impulsaron la ola verde hace cuatro años, sí puede crecer, si logra ubicarse claramente en el centro, en la centro-izquierda, pero, sobre todo, si refuerza su perfil de candidato moderno y afín a las clases medias. En esa franja, la huérfana, Peñalosa no tiene quién le compita. La izquierda más tradicional, en cabeza de Clara López y Aida Avella, se ha unido, reafirmando su vocación minoritaria. La derecha, por su parte, se la disputan el uribismo, unos conservadores triunfalistas y Santos, quien luego de haber matado el tigre y haberse deslindado de Uribe, se asustó con el cuero y decidió buscarse otro bravucón como fórmula.

Es cierto que Peñalosa tiene muchos talones de Aquiles. Su estilo gomelo es irritante, así como ese discurso sobrado del “yo me inventé el mundo”. Pero también es cierto que al lado de una dupla que combina la más rancia aristocracia, con la más lamentable manzanilla, como son Santos-Vargas Lleras, Peñalosa se destaca por su perfil moderno.

Otro de sus puntos débiles es que al no ser ni de aquí ni de allá, ni de derecha ni de izquierda, uno no sabe para dónde se inclinará finalmente. El margen de incertidumbre sobre lo que hará es muy grande y eso asusta a mucha gente. Sin embargo, paradójicamente, también lo hace ver como un candidato amplio, sin amarres, independiente.

Si Peñalosa logra hablarle a ese país desencantado que prefiere la calle a las urnas, si logra presentar una propuesta de gobierno seria y profunda que apunte a transformar el país, si se consolida como una opción de centro-izquierda, puede dar en serio la pelea por la Presidencia. El problema es que hoy eso depende casi exclusivamente de su talento político. Talento que no ha sido su fuerte hasta ahora.



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