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Opinión

  • | 2012/06/07 00:00

    Pensar diferente sin hacernos daño

    Hemos perdido la capacidad de pensar diferente sin necesidad de llegar a confrontaciones que muchas veces llevan a destruir la relación entre las personas, e incluso, a las personas mismas.

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La importancia que le hemos dado al pensamiento ha llevado a que los seres humanos nos apeguemos a las ideas y perdamos la capacidad de ver más allá de ellas. Definimos si una persona nos cae bien o mal en función de lo que piensa, juzgamos si es o no inteligente con base en sus ideas, en los conocimientos que tiene, en las posiciones que asume frente a determinadas cosas o situaciones. La reacción más común frente a alguien que piensa diferente es la confrontación con respecto a esas ideas, que con frecuencia conduce al rechazo del otro por su manera de pensar. Hemos perdido la capacidad de pensar diferente sin necesidad de llegar a confrontaciones que muchas veces llevan a destruir la relación entre las personas, e incluso, a las personas mismas.

En el mundo de hoy, desafortunadamente parece ser cada vez mayor el número de personas que son físicamente liquidadas por cuenta de las diferencias en las ideas. Asimismo, ocurre con mucha frecuencia que, en las relaciones interpersonales cotidianas, unas personas ‘suprimen’ a otras por cuenta de estas mismas diferencias. Hace poco tuve una en consulta a una mujer adulta, joven, que llegó llorando a raíz de lo que le estaba ocurriendo con sus amigas del colegio. Me contaba que habían sido siempre un grupo muy unido y aunque ya todas están casadas, con hijos, incluso algunas viven en el exterior, han mantenido una relación muy cercana entre ellas: se apoyan cuando tienen problemas, salen a comer y con frecuencia se reúnen con sus respectivas familias los fines de semana. Todo esto ha fortalecido cada vez más el vínculo entre ellas, cosa que ella había disfrutado mucho.

Pero por un incidente reciente esta relación con sus amigas se empezó a dañar: “Una tarde como cualquier otra salimos a tomarnos un café y se nos acercó un indigente a pedirnos plata. Yo tenía un paquete de galletas y se lo regalé; otra amiga sacó algo de plata y se la dio. Cuando él se fue, me preguntaron por qué le había dado galletas y no plata y les dije que yo creía que darle plata era una forma de corrupción, que no lo obligaba a hacer nada y además no sé en qué se gastaría la plata. Mientras que las galletas por lo menos son algo de comer y siento que eso es una mejor forma de ayudar”.

Frente a lo que ella dijo, una de las amigas reaccionó en manera muy agresiva cuestionándole su postura, alegando que ella no tenía derecho a decir que darle plata a un habitante de la calle era una forma de corrupción porque ninguna de ellas había pasado por una situación de necesidad como la que seguramente tenía ese indigente. Ella se sorprendió mucho con esta reacción, e intentó explicarle y aclararle a su amiga a qué se refería con lo que había dicho. Pero su amiga seguía insistiendo en el mismo punto poniéndose cada vez más agresiva, hasta que otra de las amigas intervino para decirles que cambiaran de tema. “Pero el ambiente ya quedó tenso, todas se quedaron calladas y finalmente nos tocó pedir la cuenta y nos fuimos”.

A lo largo de la sesión me fue contando, llorando todo el tiempo, que después de ese día ella había intentado hablar con su amiga, la había llamado varias veces para explicarle a qué se refería, e incluso para disculparse si la había ofendido con lo que había dicho. Pero su amiga no le hablaba, no le pasaba al teléfono, no le contestaba el celular y tampoco devolvía sus llamadas. Entonces decidió llamar a las otras amigas para invitarlas a tomarse algo en su casa y ver si así su amiga accedía a que volvieran a reunirse todas de tal manera que no se agrandara el problema. Algunas le contestaron, otras no, y finalmente ninguna llegó el día que habían confirmado que irían a su casa. “Ese día me senté a llorar en la sala de mi casa viendo toda la comida en la mesa y lloré como si tuviera 10 años. Me quedé con toda la comida metida pero más que eso, con el dolor de sentir que una amistad de tantos años se dañó solamente porque yo pensaba diferente a las demás. Ahora es como si yo no existiera porque no me volvieron a llamar para hacer nada”.

Comprender las relaciones humanas para mantener la armonía que todos quisiéramos es un desafío que tenemos a diario. No sólo en una situación de pelea y enfrentamiento, en general aprender a relacionarnos con otras personas es complejo porque todos somos diferentes en muchísimos aspectos: en nuestras características físicas, en la manera como vivimos la vida, como la percibimos, en nuestros valores, en el contexto social del que venimos, etc. Pero quizás son pocas las diferencias que contribuyen más al deterioro de las relaciones humanas y al maltrato entre las personas que las diferencias que tenemos en el campo de las ideas. Estas son las diferencias que hacen más frágiles las relaciones cotidianas entre dos personas –independientemente del tipo de relación-, porque son diferencias que en cualquier instante pueden empezar a “chocar” entre sí –como lo ilustra tan claramente el caso que he descrito. Y las personas por sus ideas matan y se hacen matar.

El desafío está en desarrollar nuestra capacidad para comprender que las personas y las relaciones que tenemos con ellas son siempre más importantes que las ideas. Esto no implica que tengamos que someternos a lo que piensan otros o que para evitar una pelea no podamos expresar nuestras ideas. El punto está en ser capaces de expresarlas y compartirlas con otros aceptando que pueden pensar diferente, que podemos no estar de acuerdo y que no por eso hay que agredirnos hasta el punto de llegar a ‘liquidar’ nuestras relaciones, porque, repito, valen más las personas que sus ideas. 


*Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
http://www.breveterapia.com/
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