Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1993/11/29 00:00

PEQUEÑA DEFENSA DEL CONGRESO

POR ESTOS DIAS, TODOS LOS COLOMBIANOS LLEVAMOS AUN PEQUEÑOS FUJIMORI POR DENTRO

PEQUEÑA DEFENSA DEL CONGRESO

ALGO GRAVE ESTA PASANDO EN EL PAIS. Se trata del tremendo desprestigio actual del Congreso, que polariza salvajemente a la opinión pública contra todo lo que huela a Parlamento. En cuanto a los medios, aumenta la voracidad para hacer noticia sobre algo tremendamente popular, como es hablar mal, de algo tan tremendamente impopular como es por estos días nuestra clase parlamentaria.

Sin embargo, el desprestigio del Congreso no es nuevo en la historia, ni es único en el mundo. Frases célebres para ilustrar este fenomeno abundan. Mark Twain le decía en una oportunidad a un lector: "Supongamos que usted es un idiota. Supongamos, también, que usted es un congresista. Perdón. Estoy siendo repetitivo".
También está el famoso consejo de Otto von Bismark: "Hay dos cosas que los hombres no deben preguntar como se hacen. Las leyes y las salchichas ".
Y esta otra frase de Henry Kissinger: "El mundo está lleno de políticos a quienes la democracia ha degradado a congresistas".
Idiotas, salchichas, degradados. Todo apelativo parece pequeño para calificar a los congresistas colombianos. Para comprobarlo no es sino oír las líneas abiertas de las emisoras, por las que a diario desfilan los pequeños Fujimoris que todo colombiano lleva por estos días adentro.
Muchos de ellos están comenzando a considerar tan vergonzoso ser congresista como narcotraficante. Pero la verdad es, hablando de los hechos de las últimas semanas, que una opinión toreada ante la perspectiva de la reaparición de los auxilios parlamentarios es como una bola de nieve que ya sabemos que comenzó allí, pero no sabemos dónde, ni de qué tamaño, irá a terminar.
Me parece, sin embargo, que nuestro Congreso se parece mucho al país: no es perfecto, pero tampoco es desastroso. Es un microcosmos donde hay buenos, regulares y malos, aunque el problema consiste en que los malos son tan malos que a veces al canzan a opacar los logros de los buenos. Muchas veces somos in justos al permitir que los Names y las Marías Izquierdos nos per mitan generalizar sobre la mediocridad del Congreso. Confesando el fuerte temor de estar omitiendo parlamentarios que deberían figurar en la siguiente lista, al Senado colombiano lo salvan nombres de la pulcritud intelectual y moral de Rodrigo Marín; de la moderna preparación de Fernando Botero; de la serenidad y capacidad negociadora de Alvaro Uribe Vélez, de la seriedad y versatilidad de recién aparecidos en la vida parlamentaria como Jaime Ruiz Llano, Claudia Blum y Eduardo Pizano; de la rectitud de Alberto Montoya; guerreros y contundentes como Juán Guillermo Angel; de la presencia moral de Enrique Gómez y Jorge Valencia; de la madurez de José Raimundo Sojo y Gabriel Melo; polémicos e inquietos como Fabio Valencia Cossio; luchadores como Bernardo Gutiérrez; políticos aguerridos como Luís Guillermo Vélez (a pesar de todo), o Gustavo Rodríguez Vargas; valientes como Everth Bustamante; equilibrados y rectos como Fernando Mendoza; expertos y eruditos como Amílcar Acosta y Hugo Serrano -en el tema energético- o José Renán Trujillo -en el territorial-, o Darío Londoño -en el constitucional-,o Luís Fernando Londoño Capurro -en el económico-; prometedores y adorados como Samuel Moreno; inteligentes y marrulleros como Pedro Bonet; sabios y clientelistas cono Victor Renán Barco; dignos de representar a sus regiones como el nariñense Parmenio Cuéllar.
A todos ellos, "chapeau": cada vez es más difícil, y menos atractivo, ser congresista colombiano. La vida parlamentaria prácticamente se ha quedado sin incentivos. Tienen que venirse de sus casas a vivir a Bogotá, con una gigantesca cola de intrigas burocráticas como lastre de sus equipajes, y con cada vez meno res oportunidades de satisfacerlas. Si no son jefes políticos de categoría nacional ningún medio de comunicación registrará jamás su existencia. No pueden ser embajadores, ni ministros, con lo cual cualquier aspiración de ascenso queda reducida a retirarse del Congreso. No pueden ser padres, esposos, hermanos o hijos de nadie que tenga aspiraciones políticas; con seis fallas los botan; si los invitan, incurren en turismo parlamentario; si influyen en inversión regional en sus regiones, incurren en ejercicio de auxilios; les cuesta de 100 millones para arriba hacerse elegir para el Senado; pero, además de las suyas, deben buscar financiación de campañas para las elecciones presidenciales y las del Concejo. Devengan un sueldo alto para las estadísticas nacionales, pero no tan grande frente a la necesidad de mantener casi siempre dos hogares, y francamente poco si se tiene en cuenta que el régimen de incompatibilidades los condena a no buscar ni un peso más en los negocios particulares.
En cuanto a su gestión, el país los juzga por sus ejecutorias nacionales, pero sus votantes por las locales, cosas que no siempre son compatibles. Y todo esto en medio de un desprestigio e ingratitud feroces por parte de la opinión y de los medios de comunicación.
No hay duda: después de la Reforma Constitucional, ser parlamentario se ha convertido en una profesión estéril. A tal punto, que mientras el candidato presidencial Ernesto Samper evita a los congresistas, el candidato presidencial Andrés Pastra na evita ser candidato para evitar a los congresistas. Los asesores gringos de imágen de ambas campañas les han prohibido la asociación con la clase política tradicional, lease Congreso, y ambos andan, cada uno con su estilo, en eso.
En este caldo de cultivo los medios navegamos, con las velas de nuestro oportunismo, en las aguas del desprestigio parla mentario. Sin darnos cuenta, muchas veces, de que algo peor que un Congreso regular, es que no haya ningún Congreso.

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