Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2008/01/19 00:00

Pequeñeces de un hombre grande

Lo que no les ha contado Alejandro Gaviria a sus lectores sobre ese premio que tanto le molesta es que él mandó sus columnas para concursar

Pequeñeces de un hombre grande

Alejandro Gaviria es uno de los economistas más destacados del país y sin duda su futuro será brillante. Gracias a su inteligencia y a su preparación ha accedido a grandes responsabilidades y ha recibido importantes distinciones. Fue subdirector de Planeación Nacional y ahora es el decano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes. Becas, títulos y reconocimientos han marcado su exitosa vida académica y profesional. Además, ha sido un columnista muy bueno, casi tanto como su hermano Pascual.

Hay, pues, muchas razones para admirar a Alejandro por lo que es. Lo increíble es que él busque que lo reconozcan por lo que no es.

Últimamente ha decidido catalogarse como "antiuribista", sólo para descalificar a los verdaderos críticos del gobierno. Dentro de ese propósito, Alejandro ha incurrido en algunas mezquindades.

Gaviria quiere presentarse como un opinador independiente, cuando en realidad es un criptouribista. Se retiró del gobierno, pero sigue siendo -con todo derecho- partidario del Presidente y de la mayoría de sus políticas. Su renuncia a la subdirección de Planeación obedeció exclusivamente al nombramiento de su padre como gerente de las Empresas Públicas de Medellín. Las incompatibilidades legales forzaron su renuncia y no un grito de independencia frente a la administración.

Por lo demás, Alejandro sigue estando vinculado familiarmente con el gobierno.

Su esposa, Carolina Soto, es la directora General de Presupuesto Público Nacional, uno de los cargos más importantes del Ministerio de Hacienda. Ella es la encargada de dar el visto bueno a los aportes que hace la Nación a las obras en los departamentos y municipios del país. No cae una hoja del presupuesto sin que lleve su firma. En esa condición, ella hace parte de la comparsa presidencial en los consejos comunales. Por la antesala de su oficina desfilan -con humildad- gobernadores y alcaldes.

Todo lo cual prueba la dificultad que debe tener Alejandro para opinar, con independencia, acerca de tantos temas que interesan al Ministerio de Hacienda o al Departamento de Planeación, donde también ha trabajado su esposa. Por decir algo, no debe ser fácil para él disentir de la línea oficial en asuntos como la credibilidad del Dane, o la salida forzada de sus últimos directores.

No obstante, él no ve inhabilidad. Piensa que es totalmente independiente y, además, el paradigma de lo que debe ser la crítica a este gobierno. Los demás son "delirantes", "obtusos" y "suspicaces". Él, en cambio, encarna la crítica "puntual" y "sensata".

Mientras en El Espectador escribe en abstracto, en su blog no se preocupa por esconder la mano. En su mira están quienes se atreven a disentir del gobierno: María Jimena Duzán, Ramiro Bejarano, Antonio Caballero, Felipe Zuleta, Alfredo Molano y este servidor, entre otros.

Para descalificar un trabajo de Claudia López, la valiente investigadora a quien le debemos el desenmascaramiento de la para-política, Alejandro escribió: "La columna de Claudia López es patética. Combina de una manera tan obvia el voluntarismo ramplón, el exhibicionismo moral (síganme los buenos) y la oposición indignada, que le auguro desde ya un Premio Simón Bolívar, en medio, por supuesto, de un reconocimiento general a su valentía e independencia".

Por cierto, desde hace unos meses el tema del Premio Nacional de Periodismo, parece estar mortificando al ilustre 'bloggero'. Este fin de semana aseguró: "Insisto, Coronell le debe su 'Simón Bolívar' a José Obdulio".

Lo que no les ha contado Alejandro Gaviria a sus lectores sobre ese Premio Simón Bolívar que tanto le molesta, sobre ese galardón que ha merecido denuestos de su parte, es que él mandó sus columnas para concursar en la última edición del Premio.

El jurado no se lo otorgó. A veces se gana, y a veces se pierde.

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