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Opinión

  • | 1985/12/23 00:00

    PERDONANOS, SEÑOR...

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La ira de Dios ha caído sobre nosotros. La maldad del hombre, la furia desatada de la naturaleza, los asaltos y las catástrofes están provocando destrucción y pánico. Yo no sé si los colombianos, en medio de tantas desgracias y agobiados por el infortunio, han tenido tiempo de sentarse a reflexionar aunque ssa unos minutos. ¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Cuál es el terrible pecado que hemos cometido para pagarlo con esta sobrecogedora penitencia?
Me imagino que, después de lo que acontenció en el Palacio de Justicia, los racionalistas dirán que la hecatombe ocasionada por el Nevado del Ruiz sólo tiene explicaciones científicas. Es un latigazo de la naturaleza. Los que guardamos respeto por el santo temor de Dios, en cambio, creemos que en el mundo no se mueve una hoja ni vuela un pájaro sin su voluntad.
A esos fanáticos de la ciencia como única explicación posible, habría que recordarles lo que dijo Einstein, el más brillante y humano de los sabios verdaderos: "Dios no juega a los dados con el universo". Creo en Dios no solo por razones espirituales sino estéticas: pienso que el mundo no es un accidente sino -como decía Welles- una obra de arte.
Lo que pasa es que, para no meternos mentiras, los colombianos hemos desafiado la paciencia divina. La hemos retado peligrosamente. Unos cuantos ejemplos, entresacados de la maraña de acontecimientos cotidianos, son suficientes para demostrarlo. Sólo es menester recordar que, mientras estaban rescatando los primeros cadáveres de ese triste cementerio en que quedó convertido Armero, la radio informaba que una jovencita, desaparecida quince días antes a causa de un accidente de aviación, había aparecido en las selvas del Patía, pero unos hombres desalmados se negaban a entregarla hasta tanto les pagaran una recompensa por el hallazgo.
La vida humana, en este país, vale exactamente eso: unas monedas, una retribución, lo que uno pueda pagar por ella. Los que no tienen dinero, como los padres de aquel niño secuestrado en la Noche de las Brujas, encuentran a su criatura muerta a garrotazos. Los jueces son acribillados para que no impartan justicia. Un joven ministro, que no transige con el delito, cae asesinado. Y a los pocos meses la gente olvida la desgarradora imagen de sus niños llorando sobre la tumba abierta.
La violencia anda por ahí, como un perro acezante, con la lengua afuera, recorriendo calles y caminos, ciudades y veredas, montes y vecindarios. Los hombres de alma mansa y los débiles tienen miedo. Los novios ya no se atreven a ir a cine. Las madres sufren, con el Credo en la boca, suponiéndose lo peor mientras sus hijos deben cruzar el brevísimo trayecto que separa la casa del paradero del bus escolar.
Hemos incurrido en todos los pecados, hemos perpetrado todos los delitos, hemos cometido todos los irrespetos. Los grandes y los pequeños. Los automovilistas se pasan el semáforo en rojo, los patanes sacan a las señoras de las colas de los teatros para meterse ellos, si se le hace sonar la corneta al carro que va adelante entonces se baja el conductor con un revólver en la mano. Campea por Colombia la indisciplina social. Nadie tiene consideración por sus semejantes.
Hemos embaucado a las viudas y a los jubilados para escamotearles sus centavos, ahorrados durante toda la vida, en instituciones de mala índole. El trabajo honrado, el esfuerzo, la lucha diaria, ya no son una dignidad sino una afrenta. Los bandidos de cuello blanco o de cuello de cualquier color reciben, en cambio, la licencia social. Tienen patente. La gente decente se ha vuelto permeable al truhán y departe con él. Quien comete la fechoria es señor de toda virtud. Los hombres buenos, en cambio, no consiguen trabajo para mantener a sus familias.
Hemos robado departamentos enteros, regiones completas, mientras los indigentes arrastran el hambre por las calles y no hay hospitales para atender las dolencias de los pobres. ¿Hay un solo responsable en la cárcel por este pillaje?
Hemos visto, impávidos, que cinco marineros y su capitán son destazados en una horrenda orgía de sangre, a bordo de su propio barco, para robarles veinte kilos de camarones. Ahorcan al párroco de un pueblo, con un alambre eléctrico, para robarle lo poco que tiene en la pobreza de su casa.
El engaño, la mentira, el fraude, la farsa y la felonia han entrado a formar parte de nuestras costumbres. Ahora son miembros de nuestra familia. Compartimos con ellos la existencia. Y ni siquiera el campanazo de la Providencia nos hace abrir los ojos y seguimos siendo sordos y nadie ve ni oye los clamores del cielo: estaba todavía fresca la advertencia de Dios, y ya saqueaban cadáveres y viviendas en medio del dolor.
Sobre los cuerpos enfangados de veinticinco mil inocentes, sobre los hombres y mujeres que pagaron con sus vidas nuestros desmanes, ante los huérfanos que recorren trochas y senderos buscando un pan y una mano amiga, es hora ya de meditarlo con temor: ¿hasta dónde vamos a llegar? ¿Es este el país que queremos para nuestros hijos y nuestros nietos? ¿Vamos a seguir azuzando la ira de Dios?
La maldad, como un cuervo, ha extendido sus alas sobre nuestros corazones. Es hora de derrotarla. Para que nos perdones, Señor...
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