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Opinión

  • | 2005/05/09 00:00

    Peregrinaciones de una paria obesa

    A partir de su experiencia, la lectora de Semana.com Ángela María Pérez abre el debate sobre si las EPS deberían pagar las cirugías para reducir la obesidad.

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Definitivamente las EPS viven en un país con gente que no se debe enfermar. Nunca hay solución para nada y siempre hay que recurrir a la tutela, aun para obtener tratamientos reconocidos por la bendita ley que instauró la seguridad social privada. Soy una mujer que sufre de muchos 'ismos' y desgraciadamente algunos de ellos me llevan a convertirme en una paria en Colombia. La mayoría de la gente cree que cuando una persona es gorda, el motivo pertinaz siempre será que es una desordenada, que no se cuida y no se quiere. Sucede que existimos personas en este planeta que no comemos, que somos casi anoréxicas, y engordamos hasta con tragar aire. La obesidad es una enfermedad, hay que empezar por aclarar esto. Pero no la cubre el POS, pues es una enfermedad de alto costo. Desde que las EPS se rigen por los costos, la verdadera salud como oficio pasó a un segundo plano. Empecé por hacerme un chequeo general, mantener a raya todas esas pequeñas molestias que surgen de una mala nutrición y de un desbalance en la quema de calorías. Empezó el tratamiento: primero control de la hipertensión; eso se mantiene con unas pepitas de colores que no valen gran cosa, entonces las da la EPS a todos. Luego llegó la pregunta: ¿Cómo anda de ánimo? Yo le contesté: Deprimida, quién no va a estar deprimida con estos kilates. Me mandó otras pepitas blancas que me quitaron la ansiedad. Otro 'ismo' resuelto. Lo complementaron con la píldora de la felicidad, esa que todos conocen y la verdad, sí sirve. Seguía mi pregunta, el meollo del asunto: ¿Qué puede hacer por mí una EPS para que baje de peso? La médica me contestó, con su amable voz, que si seguía todos los pasos como mandaba la ley, era pan comido. Me remitió donde una especialista en nutrición y dietética, que me hizo un plan de comida, como si estuviéramos compitiendo con Juan Pablo Montoya. La EPS le permite máximo 15 minutos con cada paciente. Lo que pude retener en mi cerebro es la dieta que tengo que seguir, afortunadamente me la dio por escrito, aunque en jeroglíficos y tendré que recurrir a un experto en egiptología para descifrarla. La dieta 'que entendí' me está dando resultados lentos... lentos... lentos. Tengo que reducir mi peso en 42 kilogramos, a punta de medio kilo semanal. A ver, hagamos cuentas: 42 x 0,5 da 84... necesito 84 semanas para lograrlo. Casi dos años, teniendo en cuenta que hay fiestas de diciembre incluidas, día de la madre, del padre, de fulanito y fulanita. Bueno, pero es una esperanza. Mientras tanto pregunto a la médica: "Doctora, ¿habrá chance de que la EPS me autorice una operación para obesidad? Y me responde: "Después de cumplidos todos estos pasos se juzgará si la necesita". Y es lógico, en 84 semanas no la necesitaré y la EPS se habrá salvado de un procedimiento 'de alto costo'. Mientras tanto, que mi corazón sufra, que siga con el síndrome metabólico, que tenga el hipotiroidismo a ritmo de yo-yo. ¿Qué saca una EPS resolviendo con pañitos de agua tibia estas enfermedades de alto costo? Nada. Esa es la verdad. Y lo que tengo es una enfermedad. Se llama obesidad mórbida, a la que hay que temerle: acaba con las articulaciones, con el corazón, produce diabetes, sube el colesterol y hay grandes riesgos de ataques cerebro vasculares. Todo por no hacer una sencilla operación. Se toman tres endoscopios, se abren tres huecos en el abdomen y le ponen al estómago un cauchito. Eso es todo. A veces me pregunto por qué en Colombia siempre se toma el camino más largo para llegar al mismo punto. Sumen, resten y dividan, verán que el procedimiento que están haciendo les va a salir el doble de caro, pues ¿quién aguanta una dieta de 84 semanas? Nadie, por juicioso que sea. ¡Ah! Y no les había contado lo mejor. Me remitieron donde un especialista endocrino, me dieron la remisión, ya pagué el famosísimo 'copago' y llamé al especialista. Apenas le menciono que soy una paciente remitida por una EPS, pone pies en polvorosa, me da mil excusas, dice que él no da las citas, que no maneja agenda, que vuelva a mi EPS para que ellos cuadren eso. Me pregunto: ¿saldré con algo de esta aventura? Pues si no me da un ataque cardíaco haciendo vueltas, me lo proporcionarán los triglicéridos, pues en 84 semanas mucho puede pasar. Soy lo que se llama 'un ser humano mal fabricado'. ¿Podría alguien ayudarme a entender cómo es que la gente logra que en las EPS los traten como seres humanos? Creo que mi vida merece respeto, por eso pago. Bueno, ya terminé, me iré a tomar las 'onces' que son una divertida lechuga con tomate, bañada en una deliciosa cucharada de vinagre. ¿Alguien se antoja? Luego sigue la comida: un café descafeinado con leche sin grasa, una tajada de cuajada sin sal y a dormir. No volveré a ver la sal y el azúcar por 84 largas semanas. Hablando seriamente, ¿quién fue el chiflado que diseñó lo que las EPS pueden considerar enfermedad y qué no? Lo quiero conocer, para hacerle comer el mismo régimen. * Arquitecta y urbanista
anmariape@gmail.com
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