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Opinión

  • | 1997/03/31 00:00

    PERFIL DE UN CANDIDATO

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Con sólo tres días de intervalo, dos institutos especializados en hacer encuestas de opinión dieron resultados diametralmente opuestos. Gallup de Colombia, contratada por SEMANA, colocaba a Horacio Serpa en el primer lugar (37,7 por ciento en la primera vuelta) y a Alfonso Valdivieso en el cuarto lugar (11,8 por ciento). El Centro Nacional de Consultoría, por su parte, ponía a Valdivieso en primer lugar, a Noemí Sanín en el segundo y a Serpa de tercero. Las dos firmas hicieron el sondeo telefónicamente en las cuatro principales ciudades del país: la primera con una muestra de 500 personas, la segunda con 1.499. ¿A cuál creerle? ¿Cómo es posible que se produzcan diferencias tan sustanciales? Ante estas disparidades, lo que se supone ser una técnica confiable entra en esos terrenos aleatorios propios de la astrología y la lectura de las manos. Lo malo es que las encuestas, buenas o malas, serias o irresponsables, tienen su efecto sobre la opinión pública y, casi seguramente, sobre las decisiones políticas. Si Alfonso Valdivieso ve desplomarse de un mes a otro sus opciones como candidato, según lo indica Gallup, podría suponerse que nada gana retirándose de la Fiscalía para lanzarse en el ruedo electoral. Si, por el contrario, es el irremediable favorito, según el otro sondeo, su determinación podría ser la opuesta. Como sea, los medios no pueden pagar fábulas ni los colombianos pueden orientarse por ellas. Es la legitimidad de una profesión la que está en tela de juicio.Con estas reservas puestas en mayúsculas, uno podría preguntarse por qué Serpa y Valdivieso aparecen hoy, según Quien interrogue, alternativamente en el primer lugar. ¿Qué tienen en común? Me atrevo a decirlo: cierta verticalidad, muy santandereana, por cierto, en sus respectivas actitudes y convicciones. Uno y otro se identifican de manera rotunda con dos polos opuestos de la opinión pública. Proyectan una imagen discernible. Y eso juega hoy un papel importante, pues, tras de tantas campañas edificadas sobre puros efectos publicitarios, el país ha quedado dotado de un finísimo detector de mentiras. Y no las perdona. También desconfía de las ambigüedades y de todo lo que se parezca a los manejos políticos tradicionales. Samper nos hizo desconfiar para siempre de estos juegos de magia, de igual manera que un gitano que venda caballos viejos e inservibles deja sin este oficio a quienes vengan detrás de él con el mismo cuento.Desconfío, pues, de los asesores de imagen. Barco los tuvo, pero a la hora de abrir su campaña no les hizo caso, y con un eslogan de un detestable sectarismo, que no obstante removía sentimientos profundos en la masa liberal, obtuvo una altísima votación. El "sí se puede", lanzado por una negra en Cartagena y recogido como lema de su campaña, hizo elegir a Belisario. Los candidatos que, sin este olfato para detectar lo propio, se sometan ciegamente a tales expertos foráneos del marketing electoral y, atendiendo sus consejos, busquen sortear definiciones comprometedoras, corren el riesgo de perder firmeza y credibilidad. Evitando llamar pan al pan y vino al vino, su discurso puede convertirse en una temblorosa natilla. Grave error, pues un país desamparado, quizás desesperado, como es Colombia, no va a confiarle su suerte a personalidades débiles o ambiguas. Más que al apoyo de maquinarias (que desde luego existe), Serpa debe sus opciones al hecho de proyectar una personalidad acentuada y sin perfiles brumosos. Igual rasgo debe tener quien recoja el voto anticontinuista. De eso no cabe duda.Aparte de las inevitables referencias al proceso 8.000, los dos temas que van a dominar el panorama de la próxima campaña electoral serán los de la paz y la pobreza, y tal vez más concretamente el desempleo. Las encuestas lo sitúan en el primer lugar de las preocupaciones populares. Ambos temas se prestan a juegos retóricos muy a la moda en los políticos colombianos. Y por eso mismo el candidato que aspire a representar la oposición no puede contentarse con las fervientes homilías a la paz, que son la especialidad de Horacio Serpa. Pues una cosa son los anhelos (que todos compartimos) y otra, la realidad: el deseo unilateral de darle al conflicto armado una solución negociada no basta, pues mientras estemos perdiendo la guerra, como es actualmente el caso, la opción del diálogo es sumamente remota y por lo consiguiente poco creíble. Tras la máscara de esta ilusión hay un engaño. Y algo similar puede decirse a propósito de la pobreza y el desempleo. Será preciso demostrar cómo y por qué, en este campo, la política oficial ha fracasado y desenmascarar la retórica social del gobierno, en vez de compartirla. Sí, el país necesita quien lo congregue y lo movilice. Quien lo saque de la olla. Hay que ofrecer una definida alternativa de cambio. La inmensa mayoría de los colombianos no quiere más de lo mismo y está buscando aún la personalidad vigorosa que exprese este anhelo profundo y vehemente de la Nación. Hoy más que nunca se necesita un discurso claro, transparente, creíble para despertar a una opinión peligrosamente escéptica, inquietantemente pasiva, desalentada, enferma. Y nada de eso deben saberlo todos los amigos que aspiran a gobernarnos_ nada, pero nada de eso se consigue con aguas tibias, con medias tintas.
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