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Opinión

  • | 1982/09/20 00:00

    PERSPECTIVAS DE LA ECONOMIA COLOMBIANA

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Eduardo Sarmiento, economista, ha trabajado como investigador de Fedesarrollo durante varios años. Ha sido también profesor de Los Andes y editor de la revista "Coyuntura Económica". En la anterior campaña electoral formó parte del Comité asesor del candidato López Michelsen. Acaba de publicar el libro "Inflación, Producción y Comercio Internacional".
La economía colombiana atraviesa por uno de los momentos más críticos de los últimos años. La actividad industrial ha venido descendiendo progresivamente. En 1980 creció 1%, en 1981 experimentó tasas negativas, y éstas probablemente se repetirán en el presente año. La agricultura ha venido creciendo a tasas muy inferiores al promedio histórico. El debilitamiento de estos dos sectores, que son el motor de la actividad productiva, se ha extendido al comercio, los servicios y la construcción privada. La minería es la única actividad de la economía que muestra algún dinamismo. El cuadro que resulta al agregar estos comportamientos sectoriales es preocupante. El crecimiento económico en 1981 no llegó a 2%, según estimativos recientes, y el de 1982 difícilmente llegará a 1%. No es un resultado que pueda desvirtuarse formulando comparaciones con países desarrollados que han alcanzado altos niveles de ingreso por capital y registran tasas moderadas de crecimiento de la población. En Colombia, en donde la fuerza laboral aumenta a un ritmo de 2.5% y los niveles promedios de ingreso son modestos, implicaría mayores niveles de desempleo, el mantenimiento de bajos salarios y el emplazamiento de las soluciones a los problemas de pobreza
Este panorama resulta agravado por las condiciones inflacionarias y por el decaimiento de las actividades externas. No obstante los esfuerzos del gobierno anterior para combatir la inflación y el estado recesivo de la economía, el indice general de precios viene creciendo alrededor de 25%. De otro lado, las exportaciones menores vienen decreciendo desde hace varios años, las exportaciones de servicios permanecen estáticas y los ingresos de divisas por concepto de café disminuyen por la reducción de las cuotas y el descenso de los precios externos. Las importaciones, por su parte, no muestran ningún incremento.
La situación de las actividades productivas no es nueva. Es el fruto de una serie de factores internos y externos que se vienen acumulando desde hace tres años, y que fueron indicados y advertidos en su momento en las entregas de "Coyuntura Económica", que van desde 1979 hasta finales de 1981, y en varias publicaciones que se resumen en mi libro "Producción, Inflación y Comercio Exterior". Entre los factores internos se señalaron reiteradamente las altas tasas de interés que ascienden a 45%, el déficit fiscal que se estima alrededor de 75.000 millones y el descuido general de la investigación y modernización agrícola. Entre los externos se han destacado la recesión internacional que ha llevado a restringir los mercados de los productos industriales y a un deterioro de los precios agrícolas, la ampliación del contrabando y la revaluación del peso en términos reales, especialmente con relación a las monedas europeas.
La experiencia colombiana muestra que nuestra economía no cuenta con mecanismos automáticos poderosos de recuperación. No se cumple el presupuesto de ciertas escuelas de que las perturbaciones negativas de la economía son corregidas por el mismo sistema. Por el contrario, la recesión y la inflación crean fuerzas que tienden a perpetuarlas y agravarlas.
Hoy en día hay un cierto consenso en el país sobre algunas de las acciones requeridas para normalizar la economía. Al parecer, el equipo económico del gobierno ha recomendado fijar topes máximos a las tasas de interés, reducir el gasto público para aminorar el déficit fiscal y aplicar ajustes cambiarios para contrarrestar los factores externos negativos. Es una lástima que a este consenso se hubiera llegado tan tarde. Si en el informe Bird-Wiesner se hubieran identificado claramente las dimensiones del déficit fiscal y si en las comisiones de concertación designadas por el presidente Turbay se hubiese adoptado una posición afirmativa sobre la necesidad de fijar las tasas de interés por procedimientos directos, quizá la administración anterior habría tomado algunas de estas medidas y así evitado muchos infortunios.
De todas maneras se trata de medidas buenas que deben formar parte primordial de cualquier programa de reactivación de la producción. Pero a estas alturas sería prematuro entrar a inferir sus efectos sobre el conjunto de la economía. Todo depende de su diseño, ejecución y coordinación con el resto de la política económica. Medidas bien intencionadas pueden resultar inconvenientes a la postre, bien porque no se adaptan al marco institucional del país o bien porque son incompatibles con las que se adaptan en otros campos.
Es presumible, además, que el arsenal de medidas sea más extenso. Para modificar una situación de recesión e inflación, como la que enfrenta actualmente la economía colombiana es preciso operar en diferentes campós y muchas veces con acciones muy específicas.
En este punto ya es posible discutir las perspectivas de la economía. Es cierto que los desarrollos en materia de minería y petróleo, la elevación de los niveles de escolaridad de la fuerza de trabajo, el descenso de las tasas de natalidad, los niveles de ahorro personal y el volumen de reservas internacionales ofrecen un marco de saluble optimismo. Nada más grave en las circunstancias actuales que suponer que estos signos positivos despejan el futuro. Son bien conocidos los ejemplos de países dotados con enormes recursos naturales y humanos que no han logrado prosperar por la falta de control económico. Algo que resulta evidente de la experiencia latinoamericana de los últimos diez años es que el comportamiento de estas economías es altamente sensible al manejo de las mismas. Además, no se puede ignorar que el país se enfrentará en los próximos años al debilitamiento del comercio internacional y al ciclo negativo de los precios del café originado por la superproducción del grano, los cuales a menos que se neutralicen con medidas de comercio internacional, pueden constituirse en un freno a la demanda y más tarde conducir a situaciones difíciles de balanza de pagos. No es exageración, entonces, afirmar que las condiciones de bienestar económico y social de los próximos años y en general de la década, dependerán de los programas que adopte la presente administración. No existen, sin embargo, muchas opciones. Una política económica pasiva, o una política equivocada en el sentido de que no consulte con las realidades de los problemas, propagarían las tendencias recientes de la producción con todas sus secuelas en materia de estancamiento del empleo y los ingresos. Esperamos, por lo tanto, que la nueva política tenga la consistencia y la fortaleza para sacar la producción del estado recesivo, reducir la inflación y movilizar los recursos hacia las actividades más convenientes, creando las condiciones para reducir el desempleo, elevar el salario real y continuar acortando las brechas con relación a los países desarrollados.
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