Lunes, 22 de septiembre de 2014

| 2012/12/22 00:00

Petro, el autoritario

Pues, más en pequeño, nuestro tiranillo distrital nos está demostrando por estos días lo que es capaz de hacer con una ciudad un alcalde con semejantes características personales.

Alfredo Rangel Foto: Alfredo Rangel

El desastre de la gestión del alcalde Petro en Bogotá es producto de su personalidad y de su radicalismo. En Petro se combinan una personalidad autoritaria y una ideología radical que lo hacen incapaz de manejar con cordura, responsabilidad y eficacia una ciudad moderna como Bogotá. Para satisfacer su ego inventa problemas donde hay soluciones, y deja quietos los verdaderos problemas. El caso es mantener una situación de confrontación permanente que le permita demostrarse a sí mismo y también demostrarles a los demás que es él, y únicamente él, quien manda en la ciudad. Que él siempre está en lo cierto y que el resto vive equivocado… o son mafiosos.

En efecto, ya lo decía Theodor Adorno, el sistema racional de un hombre no es algo separado de su personalidad. Las personalidades autoritarias suelen ir acompañadas de un gran radicalismo ideológico. Ellas encuentran una gran satisfacción en someter a los demás a su autoridad, buscando convertirlos en meros instrumentos de su caprichosa voluntad; son rígidas en su forma de pensar y de ver el mundo; consideran una amenaza cualquier opinión en contra de sus ideas o sus decisiones; se creen dueñas de la verdad y no toleran la crítica; exigen obediencia ciega a los demás; tienden al simplismo en las soluciones de problemas complejos.

En situaciones de crisis, estas personas se evaden de la realidad; se creen sus propias ilusiones de soluciones mágicas; le temen como a la peste mostrarse débiles; consideran la peor muestra de debilidad reconocer sus errores; adjudican sus fracasos a la torpeza de sus colaboradores, o a la conspiración de sus enemigos; nunca reconocerán que sus críticos tenían la razón, o que hay mejores formas de hacer las cosas; las dudas de sus más cercanos las consideran evidencia de una traición en ciernes; al final del día están más solas que la Luna, únicamente rodeadas de sus áulicos incondicionales y de los aprovechadores oportunistas que siempre gravitan a su alrededor y que –los primeros por miedo y los segundos por provecho– contribuyen a hundirlas cada vez más en la irrealidad.

Es la imagen de los últimos días de Hitler en su búnker subterráneo ordenando a sus asombrados generales movilizar divisiones inexistentes y echando la culpa de la desobediencia a la traición de sus oficiales. O de Fidel Castro afirmando que la empobrecida y atrasada Cuba tiene el mejor sistema económico del mundo, y alucinando con zafras millonarias en un campo escuálido y famélico. O de Francisco Franco cuando creía que dejaba todo “bien atado”, sin percibir las enormes corrientes que bajo sus pies crecían en la sociedad española y que ponían su régimen al borde del abismo. Todos evadidos de la realidad, víctimas de sus personalidades autoritarias y de sus ideologías radicales.

Pues, más en pequeño, nuestro tiranillo distrital nos está demostrando por estos días lo que es capaz de hacer con una ciudad un alcalde con semejantes características personales. Para cumplir su capricho ha ocasionado una crisis innecesaria en el servicio de aseo en Bogotá. En contravía de todas las advertencias y con la fe ciega en su propio discurso, sumió la ciudad en una difícil situación que no vivía hacía varias décadas, cuando el monopolio de la recolección de basuras lo tenía una empresa oficial corrupta hasta los tuétanos e ineficiente hasta lo inimaginable.

Durante meses el alcalde estuvo en su salsa, confrontando y amenazando públicamente a las empresas privadas que prestaban el servicio de aseo. Nadie tenía una sola queja de la calidad, ni de las tarifas del servicio. Pero el alcalde las calificaba de mafiosas y paramilitares. Eran la encarnación misma del demonio capitalista, el enemigo que él, como cruzado del interés popular, tendría que derrotar. Era la mejor ocasión para desatar una lucha de clases: el pueblo y los recicladores liderados por su alcalde, de un lado, y los monopolios burgueses y criminales, del otro lado. Una concertación amistosa entre la administración distrital y las empresas estaba descartada. Había que estatizar el servicio y expropiar los monopolios. Chavismo puro. Y si para ello había que brincarse las normas, no importa: por la vía de los hechos cumplidos la lucha de clases genera una nueva legalidad. Las advertencias de los organismos de control tampoco importan, estos están de parte del enemigo.

Contra todas las probabilidades y los cálculos de los expertos, el alcalde insistía en que tendría listas flotas de centenares de compactadoras importadas que reemplazarían a las empresas el 18 de diciembre. Esas poderosas divisiones movilizadas sólo estaban en su imaginación. Tuvo que salir a contratar a dedo centenares de volquetas y camionetas para suplir el servicio de la manera inhumana e insalubre como se hacía hace 40 años. Convencido de que el enemigo preparaba una conspiración, ordenó el cierre de Doña Juana a las 12 de la noche y amenazó con acusar de “sediciosos” a quienes siguieran recogiendo y transportando basuras después de esa hora. Y cuando la ciudad amaneció inundada de deshechos, no fue por su impericia y su terquedad, sino por el sabotaje del enemigo.
El problema es que nos quedan tres años con más de lo mismo. La psiquiatría nos dice que esas personalidades no cambian. 
                                                             

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