Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/08/29 00:00

Petro: el edukador

Para conducir a las megalópolis como Bogotá se necesitan líderes con unas cualidades particulares y Petro las tiene y las está descubriendo.

Yezid Arteta Dávila Foto: SEMANA

A Mockus y Petro los escuché en carne y hueso en la capilla de la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá a finales de los 90. Mockus trataba de persuadir a los ladrones callejeros de no seguir en sus andanzas. Petro invitaba a los guerrilleros presos a dejar la vía de las armas y optar por lucha legal. 

Cada uno a su manera empleaba la pedagogía para llegar hasta los recalcitrantes. A otros políticos también los vi en las prisiones ofreciéndole sus conciencias al diablo o pagando condena por sus diabluras. Otros iban a las cárceles a pedirle plata a los narcos. Mientras Mockus y Petro visionaban la ciudad y el país, los otros pensaban en sus puñeteros bolsillos. 

Entre 1954 (año en que fue creado el Distrito Especial de Bogotá) y 1991 (cuando se aprobó una nueva Constitución) la capital de Colombia tuvo alrededor de una veintena de alcaldes. Todos, sin excepción, fueron liberales o conservadores. ¿Qué hicieron estos alcaldes cuando gobernaron la ciudad? Nada que valga la pena recordar con alegría. 

A esta veintena de alcaldes los llamaría “nihilistas”. Unos destruyeron cosas que funcionaban y otros ni siquiera hicieron eso. Volvieron el río Bogotá una cloaca; acabaron con los trenes que llegaban hasta la Estación de la Sábana; liquidaron el servicio de trolebuses eléctricos (funcionales hoy día en ciudades  modernas, ricas y capitalistas como Zúrich o Salzburgo); no se les ocurrió reconstruir los tranvías; no pensaron en construir un metro tal como lo hacían sus pares de Caracas, Santiago o Buenos Aires o levantar aeropuertos para el futuro; ordenaron autopistas que iban a ninguna parte o puentes que se desplomaban porque estaban hechos con saliva. La mayoría de estos alcaldes se educaron en Europa o los Estados Unidos pero manejaron la ciudad con un asombroso provincianismo. La ciudad les importó cinco centavos.

 

Durante esta veintena de administraciones crecieron los tugurios y los basureros. El centro de la ciudad se llenó de buses, humo y mendicantes. A pocos pasos de la sede de la alcaldía creció la legendaria Calle del Cartucho. Mientras las familias de algunos de estos alcaldes iban a comprar ropa en New York, muchos pobres salían a rebuscarse la comida en la calle con sus carros tirados por caballos apestados o armados con un cuchillo para asaltar a los transeúntes. 

Esos alcaldes recibieron a una Bogotá provinciana y la transformaron en una ciudad salvaje, violenta y embotellada. Esa fue la gran obra de los partidos que hasta entonces abrevaron en las arcas públicas de la ciudad. 

Y entonces llegó Mockus. Con su mamadera de gallo inculcó un aire civilizador entre los capitalinos. Educó al buen salvaje en el respeto y la tolerancia. Recuperó los buenos hábitos e inoculó un concepto de vida sana en aquella corraleja humana. Un gran aporte, sin duda. Una pausa civilizadora que hizo bien a una ciudad que tenía su estima por los suelos. 

Y entonces llegó Peñalosa. Un hombre enloquecido por el desarrollismo. A veces lo veo como el Mefistófeles que visualizó Marshall Berman, el filósofo del Bronx, en su discurso sobre la modernidad. Peñalosa era en un mismo tiempo Pedro el Grande y el Barón Haussmann que nos describe Berman en su obra Todo lo sólido se disuelve en al aire. Tumbaba y edificaba. 

Quitó aquí y puso allá. La capital quedó lista para hacer negocios pero la mayoría de sus habitantes siguió en las mismas. No basta el orgullo y los monumentos de piedra para alcanzar la felicidad. La gente es más feliz cuando tiene techo, pan, trabajo y estudio. Estas cuatro cosas no brillaron durante la administración de Peñalosa. Una lástima. 

Y entonces llegó Lucho. Con su historia de hombre pobre. Un buen tipo. Con gran sentido del humor. Alegre y dicharachero. Arrancó bien. Pero luego las alturas le produjeron vértigo puesto que no estaba acostumbrado a ellas y la cabeza le empezó a dar vueltas. Entre el mareo y el vómito no supo a qué hora le entregó a la derecha el cuaderno con el que gobernaba y se lo devolvieron rallado, pintado de mamarrachos e irreconocible. Una lástima, también.

Y entonces llegó Samuel con su hermano Moreno. Un animal raro que se hizo vestir con una mansa piel de cordero. Tanto lobo feroz en la izquierda colombiana y no fueron capaces de reconocer a otro lobo y se dejaron engañar. 

O se hicieron los huevones cuando les llenaron la boca para que no pudieran hablar y mirarán hacia otra parte. Agua pasó por aquí, cate que no te vi. Políticos derrotados por la ciudadanía volvieron por las suyas. A dueños de empresas de papel y con capital de 20 pesos les adjudicaron contratos de miles de millones. La historia que comenzó en el Palacio Liévano acabó en la penitenciaría La Picota. 

Y entonces llegó Petro. Arrogante. Un “tocacojones” dirían en España. Sin miedo a gobernar. Sin ceder al lobby de los contratistas. Con deseos de meter en cintura a los especuladores del suelo. Diciendo que el patrimonio de la capital de Colombia no puede estar en manos de unas cuantas familias encopetadas. Un valiente desafío a los todopoderosos. No hay que darle más vueltas al chocolate: los que quieren revocar a Petro o fulminarlo con argucias jurídicas están al servicio de esos feroces intereses privados que no han tenido piedad con la ciudadanía.   

Para conducir a las megalópolis como Bogotá se necesitan líderes con unas cualidades particulares y Petro las tiene y las está descubriendo. La “Bogotá Humana” que Petro defiende es una visión estratégicamente acertada porque está concebida para los jóvenes de hoy y las generaciones que vienen. La inclusión social es la columna vertebral de las ciudades modernas y eso lo está impulsando Petro. 

El vanguardismo urbano, cosmopolita, tiene que ver con la libertad, la diversidad cultural, la igualdad frente al Estado, la equidad, la devaluación de la violencia, la inclusión social y de género, la educación universal y de calidad, el manejo del agua y los bosques interiores, el trato con los animales, la movilidad alternativa y no contaminante, el reciclaje de las basuras, la cultura popular, la diferenciación entre adicción y tráfico de drogas. 

En fin, temas que Petro tiene claro y que se pueden resumir así: quitarle la ciudad a las élites y entregársela a la gente para que la viva, la goce y la defienda. 

Pero hay algo más. La antediluviana dirigencia de Bogotá se encargó de elaborar una maraña de leyes para impedir la democratización de la ciudad. Hay derechos para la gente en el papel pero imposibles de materializar porque la urdimbre jurídica que aquellos gobernantes crearon es tan inhumana que sólo los que pueden contratar un bufete de abogados pueden acceder a ella. 

Razón le cabe entonces a Petro para echar a rodar el Plan de Ordenamiento Territorial (POT) por decreto. No hay otra manera de crear equipamiento al servicio de la ciudadanía. Quiénes son y al servicio de qué intereses están los concejales que obstaculizan el progreso de la capital. ¿Serán o no alevines de los hambrientos tiburones que demacraron y expoliaron a Bogotá a lo largo del siglo veinte? Sería bueno que un o una estudiante de periodismo lo averiguara para ponerle un 10 y concederle una beca.   

Petro no es un pillo. Está limpio. No ha robado dinero público. No ha recibido sobornos privados. No se puede decir lo mismo de todos los políticos ligados a Bogotá. Unos cuantos de ellos tienen tarjeta decadactilar en los archivos de la Cárcel Modelo de Bogotá. Se necesitarían más de 50.000 carteristas regados en las calles de la ciudad para juntar el dinero que muchos, muchísimos corruptos, ganaron en un solo día quien sabe con qué licitaciones tramposas o leyes hechas a la medida de sus insaciables tragaderos. Petro es una suerte de Maximiliano Robespierre pero sin guillotina: incorruptible.            

¿Ha cometido errores? Sí, Petro ha cometido errores. Pero prefiero los errores de Petro que los horrores de quienes lo quieren bajar del bus. Tiene gente buena en su administración que se impone una vara muy alta en cuanto a la ética del trabajo. 

Pero también hay en el gobierno distrital gente que no trabaja y dedica su tiempo a beber café y chismorrear. Estos últimos son los que más daño le hacen a los ideales de Petro porque carecen de energía y ambición. Las grandes transformaciones no se pueden hacer con funcionarios perezosos que no justifican lo que ganan. Esto es como un partido de fútbol, Petro, hay que rodar el balón rápido y juntarse para romper las tácticas defensivas.    

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