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Opinión

  • | 2011/10/26 00:00

    Petro porfiado preocupa

    Hoy la arena política muestra de nuevo a Petro punteando en las encuestas, sólo que ahora para la alcaldía de Bogotá, y lo que ayer fue precocidad hoy es preocupación de muchos sectores.

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El 18 de septiembre de 2008 Datexco elaboró una encuesta para El Tiempo y La W, donde les preguntó a 1.400 colombianos por quién votarían para suceder al presidente Álvaro Uribe. Lo sorprendente fue que el primer lugar se lo llevó el entonces senador Gustavo Petro, con un exiguo 8,0 por ciento, pero diciente al observar que les ganó a pesos pesados de la talla de Noemí Sanín (6,4), Germán Vargas Lleras (5,7), Sergio Fajardo (5,3), Íngrid Betancourt (5,0), Carlos Gaviria (4,4), Antanas Mockus (3,4), Francisco Santos (3,4), Andrés Felipe Arias (3,2), Lucho Garzón (3,2) y Juan Manuel Santos (3,0), en ese orden.

Hoy la arena política muestra de nuevo a Petro punteando en las encuestas, sólo que ahora para la alcaldía de Bogotá, y lo que ayer fue precocidad hoy es preocupación de muchos sectores ante la eventual –por no decir inminente- posibilidad de que Petro, porfiado, llegue a ocupar el segundo cargo más alto de la nación. Se trata de una preocupación particular, pues la comparten por igual y quizá con la misma intensidad sectores tan disímiles como las mafias de todo pelamen que denunció desde el Congreso, pasando por poderosos grupos económicos que temen verlo crecer, hasta un espectro de la izquierda democrática e intelectuales a los que se les creía ‘progresistas’, como Daniel Samper Ospina o Héctor Abad Faciolince.

A Samper Ospina se le entiende, porque por mucha pinta de bluyín y tenis que acostumbre usar, su irrenunciable condición de miembro de la aristocracia bogotana no sintoniza con el llamativo color de las corbatas que Petro prefiere portar, profano del buen gusto en asuntos de vestimenta, se le admite. Pero que al mismo hombre que escribió El olvido que seremos se le escuche por la radio lanzar poderosa perorata contra quien lidera el favoritismo en Bogotá, es asunto que puede presuroso producir cierto vértigo conceptual. ¿Cuál de los dos está errado?, es la pregunta pertinente.

En busca de una respuesta honesta y acertada, es imperativo remitirse a la confrontación que con toda altura sostuvieron el 29 de septiembre por La W Carlos Vicente de Roux –cabeza de lista al concejo del movimiento Progresistas- y el escritor Héctor Abad, en la que este último dijo de Petro que “no me inspira confianza su mirada lateral, su manera de hablar y su no aceptación de la calvicie”, y en otro aparte lo describió como “hábil y ladino”.

Fue un ataque hasta cierto punto despiadado, donde además de tan catilinaria descripción lo ubicó como “el candidato chavista” (pese a que Petro hace años afirmó haberse bajado de ese bus), y en tal condición lo acusó de “populista”, y dio como prueba que éste dijo que el transporte debe ser más barato, lo cual a Abad le parece dañino, en la medida en que “querer bajar los servicios públicos es incentivar la cultura del no pago”.

A de Roux le pareció “irresponsable” que este “formador de opinión” emparente a Petro con Chávez, pero la discusión no está ahí, ni en saber si abaratar el transporte es populista o realista, o imperativo, incluso. Lo lamentable del corto circuito entre Abad y Petro está en comprobar que un político y un escritor tan dignos de admiración se hallen en orillas tan opuestas, quizá irreconciliables.

Abad hace claridad en que su visión es la del escritor, o sea que sus apreciaciones sobre el candidato se ubican en el ámbito de lo literario, por no decir de lo subjetivo. Y hay otra condición que también pesa, como es su entrañable amistad con Carlos Gaviria Díaz, quien con justificada razón no baja a Gustavo Petro Orrego de traidor a una causa política que juntos compartieron. Pero es aquí donde los cables de la apreciación comienzan a enredarse, pues cuesta trabajo pensar que la estima que también se siente por este exmagistrado y excandidato a la presidencia –o por Jorge Enrique Robledo, otro admirable- pueda ser fundamento para odiar a Petro.

Es comprensible que Abad Faciolince se exprese en tan duros términos contra éste, cuando de por medio está además la solidaridad con su amigo Carlos, en gesto que lo enaltece. Pero hay algo que cuesta trabajo digerir, quizá porque se configura desde el reino del absurdo: que figuras tan ilustres de la izquierda democrática como Gaviria, Robledo o Petro sólo se entiendan a los trancazos, enfrascados en un choque de vanidades personales que deja a los simpatizantes de la unidad en un limbo del que sólo ellos son culpables.

Sea como fuere, lo verdaderamente sorprendente es que Petro haya llegado en tan poco tiempo a donde hoy está, pese a que su principal cualidad no es la simpatía y el don de gentes. En este terreno les cabe razón a quienes le ven cierto carácter ´pétreo’, ajeno a los afectos, que puede incluso suscitar desconfianza. Pero es allí donde se puede concluir que ha hecho sus votos a puro pulso, afincado en el solo peso de sus argumentaciones y en una facilidad de palabra que le permite sustentar con frialdad, demoledora certeza y gran coraje lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a expresar.

Es razonable la preocupación que a muchos envuelve (sobre todo a los sectores más afines al expresidente Álvaro Uribe), ante la eventualidad de que Petro siga creciendo. Él mismo debe saber que no será un camino de rosas, y que si llega a conquistar la alcaldía de Bogotá le lloverá por igual fuego graneado desde los flancos izquierdo y derecho, en lo que sería un panorama político particularmente peripatético.

Pero el peligro principal no radica en que Gustavo Petro sea el próximo alcalde de Bogotá, sino en que resulte de pronto un buen gobernante, pues ello lo pondría de inmediato en asiento de primera fila hacia la Presidencia de la República. Y eso sí que sería serio motivo de pertinaz preocupación para más de uno…

*http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/

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