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Opinión

  • | 2012/01/07 00:00

    Petro ‘with love’

    El error de los enemigos de Petro es que, para ellos, es más importante que al alcalde le vaya mal, que dejarlo gobernar. Bogotá les importa un bledo.

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Ojalá le vaya mal a Gustavo Petro en la alcaldía de Bogotá”, le oí decir el otro día a un empresario que ha financiado muchas campañas políticas.
–¿Cómo así? –le repliqué–. ¿Por qué quiere desearnos ese mal a los más de siete millones de bogotanos?¿Qué le hemos hecho?

–Es que si le va bien no hay quién lo pare en su camino hacia la presidencia –me respondió con una franqueza que me desarmó.

La sinceridad de su respuesta me pareció insólita. Yo pensaba que frases de ese calibre, por lo mezquinas, no se decían ni en chiste porque sonaban políticamente incorrectas, y entre mis cálculos consideraba que el triunfo de Petro en las urnas era una señal de que este país ya estaba listo para tener un exguerrillero, perteneciente al M-19, como alcalde de Bogotá. Creía, además, que su triunfo era la demostración de que las élites políticas colombianas, a pesar de lo fuertes que seguían siendo –son las que más han durado en el poder en América Latina–, se habían modernizado, y en lugar de incentivar la endogamia se habían abierto para permitir la llegada de otros políticos que, como Petro, no hubieran nacido bajo su abrigo protector y corruptor. Si habían abierto las puertas a la mafia y permitido la entrada de los narcos en la política en sus partidos, uno pensaba que mucho menos se iban a sentir atemorizados por un exguerrillero amnistiado cuyo movimiento había sido forjador, al lado del liberalismo y del alvarismo, de la Constitución del 91.

Sin embargo, –y para mi sorpresa– esta no fue la única vez que palpé este temor que genera entre la clase dirigente la posibilidad de que a Petro le vaya bien en la Alcaldía y por esa vía se recomponga el M-19 como partido a nivel nacional, al punto de que pueda disputarle a la Unidad Nacional de Santos su hegemonía en un futuro. Con algunas variaciones, esa tesis la he escuchado en otras ocasiones en boca no ya de empresarios, sino de reconocidos políticos de la ultraderecha, de la ultraizquierda y hasta de ese centro melifluo copado hoy por los más avezados oportunistas.

Para todos ellos, Gustavo Petro es un político que les incomoda, que no manejan y que no responde a sus códigos de conducta. No solo no proviene de las élites políticas tradicionales, sino que, además, es un exguerrillero. A la ultraderecha le parece que su llegada al palacio Liévano es el signo más contundente de que el 2012 es el año del apocalipsis: Si Petro llega a la alcaldía de Bogotá por sufragio popular, mientras el coronel Plazas está preso enfrentando cargos por la retoma del Palacio de Justicia, es una señal de que este país se acabó, dicen ellos en sus conciliábulos. Para este grupo, Petro es una distorsión malévola de la política colombiana y lo tienen entre ojos. Cualquier tropezón y le mandan la caballería. Si ya lo intentaron tumbar antes de que se posesionara por unas declaraciones que dio sobre la manera como él quería ordenar las empresas públicas de Bogotá, una vez posesionado no van a tener compasión con él.

En la ultraizquierda las cosas no son diferentes. Las Farc lo detestan porque lo consideran un traidor y muchas veces lo han declarado como uno de sus enemigos, uno que abjuró de la combinación de las formas de lucha después de haberlas practicado. Pero tampoco lo quiere la izquierda democrática: los comunistas lo consideran un converso y para el Moir, Petro es un hombre que va hacia la derecha porque le dio el voto a un procurador como Ordóñez.

Petro tampoco les gusta a los uribistas porque les dio muy duro vinculando a muchos de ellos con los paramilitares en los debates que hizo como congresista; tampoco a los samperistas, que lo consideran un sujeto inmanejable que no es amigo de nadie ni tiene solidaridad de cuerpo, como lo probó el hecho de que terminó denunciando a la administración de los Moreno por corrupción a pesar de que estaba en el mismo partido. Ellos, todos, y por diferentes razones, quieren que le vaya mal y desde ya están empezando a preparar sus estrategias para magnificar sus errores y destrozar sus aciertos.

No obstante, el error de los enemigos de Petro es que, para ellos, es más importante que al alcalde le vaya mal que dejarlo gobernar. Y sobreponen su interés particular al de una ciudad de más de siete millones de habitantes. Bogotá les importa un bledo. Y los bogotanos, menos.
A diferencia de sus enemigos gratuitos, yo espero que Petro gobierne pensando en el bien común, como lo prometió. Si no lo hace, tendrá, como cualquier político, que someterse a las consecuencias de sus actos. No le deseo que le vaya mal porque quiero que Bogotá, que es la ciudad en que vivo, se reponga de los retrasos y de la corrupción de estos últimos cuatro años. Pero también sé que va a tener grandes dificultades para desarmar la resistencia que genera él en el establecimiento y que su política del amor no le va a ser suficiente.
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