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Opinión

  • | 2008/03/26 00:00

    Pilotos de guerra

    Cuando un piloto derribó el avión de Antoine de Saint-Exupéry, autor de el Principito, no sabía que le estaba poniendo una especie de condecoración

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Desde que tenía 17 años y soñaba con ser marino, Antoine de Saint-Exupéry conoció las gracias y los estragos de los pilotos de guerra. Los techos de su internado de bachiller en Friburgo fueron la tribuna y la garita para “gozar” de los deslumbrantes bombardeos durante la Gran Guerra.

Más tarde, cuando ya volaba sus primeros aviones como hombre de correos sobre el Sahara, las tribus africanas se encargaron de que el trabajo fuera más que un encargo para carteros audaces. Saint-Exupéry acababa de dejar su puesto como inspector de mecánica con los camiones saurer para convertirse en piloto la compañía aérea Latécoère. Toulouse-Dakar era su ruta y sus cartas parecían los partes de un joven y emocionado piloto de guerra: “Soy muy feliz. Aquí la aviación es una cosa estupenda. No es ciertamente un juego, y así es como me gusta. Ya no es un deporte como en Le Bourget sino otra cosa, algo inexplicable, una especie de guerra. Es hermosa la marcha de un correo, de madrugada, bajo la lluvia”. Para tranquilizar a su madre enumeraba sus nuevas ocupaciones dignas de un curtido traficante de armas: “Estos últimos tiempos he hecho cosas magníficas: buscar camaradas perdidos, rescatar aviones, convencer algunos moros armados, etcétera; jamás había aterrizado ni dormido tantas veces en el Sahara, ni oído silbar tantas balas”.

Durante la Segunda Guerra Mundial Saint-Exupéry ya es un escritor con grandes letras sobre su overol de aviador, los superiores lo cuidan como a un pajarraco viejo y escaso; y sus compañeros de cabina desdeñan su pericia y se ríen de sus aventuras sobre el papel: “...por el hecho de haber cometido el crimen de escribir, me he visto condenado a la miseria y a la enemistad de mis colegas”. Antoine escribe en tono de súplica a un amigo influyente para que sus misiones sean algo más que los viajes de reconocimiento a 10.000 metros: “Me ahogo, me siento muy desdichado pero debo guardar silencio. Sálvame. Consigue que me envíen con una escuadrilla de caza. Ya sabes que no soy partidario de la guerra, pero me es imposible quedarme en la retaguardia y no correr mi parte de riesgos”.

Es inútil pedir riesgos durante la guerra y el día de su cumpleaños 44 Saint-Exupéry fue derribado por un caza alemán. Su madre se encargó de describir la última escena: “Se toma un café, muy caliente, y sale. Se oye el zumbido del despegue. Ha salido en viaje de reconocimiento por el Mediterráneo y sobre Vercors. El radar lo siguió hasta las costas de Francia; luego se hace silencio. El silencio persiste y nace la espera. El radar se esfuerza por captar una señal de vida...”

Ahora ha aparecido el hombre, el piloto de guerra que lo envió al mar de Córcega y ha intentado cerrar la historia con la frase de un admirador: “Fue después cuando supe que era Saint-Exupéry. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y lo adorábamos…Si hubiese sabido que era Exupéry no le habría abatido jamás". Alguien debería decirle al anciano y afligido Horst Rippert que el piloto francés a bordo del Lightning 38 le habría agradecido el haberlo tratado como un enemigo en el aire y no como un escritor de aventuras aéreas. Una carta de Exupéry un año antes de su muerte sirve de absolución para el alemán: “No me importa que me maten en la guerra. ¿Qué queda ya de lo que tanto amé? Tanto como a los seres, me refiero a las costumbres, a las entonaciones insustituibles, a cierta luz espiritual, a la comida en la granja provenzal, bajo los olivos, y también a Handel”. Lo suyo fue apenas una especie de condecoración definitiva.
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