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Opinión

  • | 2011/09/29 00:00

    ¿Pink Floyd? Sin bótox, por favor

    El anuncio de versiones inéditas de clásicos no es otra cosa que la materialización de un negocio descrito con un lenguaje grandilocuentemente técnico y desde luego publicitario.

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De repente, la internet, los medios de comunicación, los centros comerciales y sobre todo las ondas radiales, se llenan nuevamente con el sonido de Pink Floyd. Venerables fotografías de un digno pasado y la iconografía que cada dos años, de manera creativa, producía la agencia “Hipnosis” para cada uno de los discos (de vinilo, por supuesto), reaparece como si otra vez visitáramos los años finales de la década de los 60 y todos los 70.

El famoso prisma de Dark Side of the Moon filtra un nuevo rayo de luz, la sicodelia de More y de Set the Controls for the heart of the sun vuelve a desprender las gotas aceitosas que servían de fondo a uno de los primeros videoclips musicales de la historia, y la vaca de Atom heart mother devuelve nuevamente su mirada. Reaparece por arte de magia el hombre en llamas de Wish you were here y los adultos del establecimiento vuelven a oprimir a una juventud inglesa, hija directa de la Guerra Fría, en The Wall, que tuvo su directa secuela en los tormentos de Roger Waters cuando escribió los textos de The Final Cut a la manera de un mea culpa frente a la guerra de las Malvinas.

La gran maravilla de toda esta parafernalia “floydiana”, que vivió su clímax en el álbum doble y el DVD Pulse, es que nos llegaba a cuenta gotas, con el impulso vital que recorre las venas… cada tanto… cada disco. Por ello, hoy, cuando se anuncia con bombos y platillos y a voz en cuello que: Primero: los 14 álbumes de estudio han sido remasterizados digitalmente por James Guthrie (coproductor de The Wall), Segundo: Se han reeditado con una nueva presentación y libretos diseñados por Storm Thorgenson, colaborador habitual del grupo bajo el bastante discutible título de Discovery; Tercero: Ofrece una introducción y los libretos con todas las letras de las canciones, en una edición pensada para los fanáticos más entregados, y Cuarto: Además se puede disfrutar en todos los soportes, tanto tradicionales como el vinilo, como digitales (CD, DVD, Blu-Ray y Super Audio CD) y hasta en una aplicación para el iPhone, no puedo menos que sentir la misma perplejidad que siente un niño cuando antes de ponerlo en contacto directo con la mascota que ha pedido por varias navidades, le entregan el pedigree más ostentoso y simultáneamente abstracto de lo que a él le parece un tierno cachorro que lame sus manos igual que un perrito normal.

Soy uno de esos melómanos del rock progresivo de finales de los 60 y comienzos de los 70. Soy el feliz y orgulloso dueño de la colección original en vinilo de toda la obra de Pink Floyd; la he cuidado celosamente del polvo, de la humedad; incluso he logrado que no huela a viejo y, desde luego, la he mantenido sin rayones y con un mínimo de “scratch”, que, por otra parte, lo único que hace es darles dignidad a unas grabaciones cuya calidad sonora es sin duda superior a cualquier formato o tecnología contemporánea.

Así es como hoy pienso, con tristeza, que el anuncio de versiones inéditas de clásicos como "Dark Side Of The Moon" o “Wish You Were Here", las colaboraciones con otros artistas, desechadas en su momento, y los conocidos temas con letras distintas a las grabadas hace décadas que fueron desempolvados del baúl de los recuerdos para formar "Why Pink Floyd?", que incluye los 14 discos de la banda, no son otra cosa que la materialización de un negocio descrito con un lenguaje grandilocuentemente técnico y desde luego publicitario; la equivalencia supuestamente sonora revestida de perfección en el arte de los artificios que pretenden devolver la juventud de los 18 años a quien ya no posee el envase para contenerla, es la “lipo” de la mejor música, el bótox de ese rock proverbial, inglés y norteamericano que formó a varias generaciones con el sentimiento interior de una libertad auténtica.

La música… la buena música no merece ese deterioro al revés de las reediciones costosas, diseñadas bien para jovencitos a quienes les suena “muy full” hablar de “…Floyd” como un rescate retro, o bien para aquellos que se la van a inyectar de nuevo hasta convertirse en esas momias contemporáneas, insatisfechas que pueblan nuestras páginas sociales.

*Twitter: @mcamachoc

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