Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/01/21 15:20

Plan Quinceañero

El viaje de todos los odios, perdón de todos los ex a Washington es bueno para cerrar un ciclo, pero de celebrar no hay mucho.

Álvaro Jiménez. Foto: Semana.com

¿Qué irán a celebrar luego de 15 años del llamado Plan Colombia en Washington?, ¿los miles de muertos que dejaron en el camino?, ¿los desaparecidos? ¿las tierras robadas?, ¿la vergüenza de una sociedad que tiene principalmente horrores por carta de presentación y herencia?, ¿los falsos positivos? Y podría uno seguir preguntando que celebran o mejor ¿de qué se ríen?

Es conveniente arriesgar una opinión sobre el Plan Colombia. Según muchos, éste es el que tiene a las FARC sentadas en la mesa de conversaciones. Lo dicen el presidente Santos, algunos de los negociadores del Gobierno, se les ha oído decir a miembros de las fuerzas militares. Andrés Pastrana lo reclama e incluso hay quienes luego de visitar La Habana, dicen no sin algo de asombro que Márquez, Catatumbo y Joaquín Gómez aseveran que sin dicho plan y la fortaleza que el mismo le dio a las fuerzas armadas, no estarían en La Habana. Y alguien exclama ¡Ve, hubieran ganado la guerra. Estarían en Bogotá, qué horror¡

A pesar de que esa es la narrativa dominante, los hechos parecen decir otra cosa, veamos: el Plan decía ser contra las drogas, buscar la paz mediante inversión social y fortalecer a las fuerzas militares.
Todo indica que la guerra contra las drogas es papel quemado. No funcionó y en eso hasta el anfitrión de la fiesta, el presidente de los Estados Unidos, está de acuerdo. Obama ya dijo que las drogas son un asunto de salud pública y no de guerra.

Sobre la inversión social para alcanzar la paz, parece que eso no pegó. Explicaciones grandilocuentes dejaron claro que la inversión social en contextos de confrontación armada como la vivida durante el Plan Colombia es poco efectiva y altamente costosa. Observadores nacionales e internacionales anotaron que tener como eje los fusiles oficiales no se logra el fortalecimiento del Estado Social de Derecho. Los comandantes de las operaciones militares terminaron de alcaldes y hasta de gobernadores, dejando a los elegidos sin voz, sin voto y sin veto. El proceso piloto de consolidación en La Macarena, Meta lo demostró. Aunque las FARC abandonaron zonas donde habían estado por mucho tiempo, los sitios de donde salieron no se consolidaron ni el componente civil del Estado copó administrativa y políticamente el territorio. De hecho, aún no lo ha logrado.

Igualmente cuando el Plan Colombia fue más vigoroso (2000-2009), la violencia se incrementó y no sólo la que corresponde a la confrontación entre FFAA y guerrillas sino la derivada de la acción paramilitar. En estos años ocurrieron las masacres más horrorosas: El Tigre, El Salado, Chengue, Naya, Bojayá, Bahía Portete, Caño Seco, San José de Apartadó, Buenaventura, San Carlos, La Balastrera, El Sábalo, La Cristalina, Puerto Colón, el asesinato de policías en Jamundí por el Ejército hasta llegar a los falsos positivos de Soacha. Al contrario de consolidar la paz, el Plan Colombia exacerbó los indicadores de violencia.

Sobre el fortalecimiento de las fuerzas armadas, es claro que hay resultados: los recursos del plan vendieron una imagen de las FFMM en todos los espacios que aún perdura. Javier Darío Restrepo periodista y académico lo evidenció. (Ver artículo)

De otro lado, la creación de comandos conjuntos modernizó el pensamiento y la táctica de las FFAA. Igualmente es indiscutible que el cóctel de tecnología, fuerza y fierros que bombardeó a Raúl Reyes, rompió el mito de intocabilidad del Secretariado y develó los secretos de las FARC. Es decir, el principio del fin. (Ver artículo)

Pero este fortalecimiento militar esconde la vinculación de las Fuerzas Armadas con el narcotráfico y el paramilitarismo que son su derrota estratégica, al igual que lo es para las FARC y el ELN. Nada de esto lo superó el Plan Colombia. Ese vínculo es el mayor lastre de la historia reciente y causa de la derrota moral que esconde la multimillonaria inversión en publicidad de Mindefensa.

Narcotráfico y paramilitarismo son el fruto de una cultura de poder violenta y antidemocrática ejercida por quienes han detentado el poder presidencial y también por quienes lo quisieron derrocar, pero que los igualaron en sus métodos: esta es la derrota del Plan Colombia.

El viaje de todos los odios, perdón de todos los ex a Washington es buena para cerrar un ciclo, pero de celebrar no hay mucho. La mesa de conversaciones de La Habana es lo que logró frenar la espiral de violencia y degradación sembrando de paso dignidad para todos. Sólo el año pasado, el país redujo en un 90% la confrontación Estado-FARC y las cifras de muertes y heridos son las más bajas de la historia.

Lo anterior hace pensar que la anunciada celebración en Washington tendrá una vida efímera. Si acaso la foto.

ajimillan@gmail.com
@alvarojimenezmi

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