14 noviembre 2012

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Plan B llevará al fracaso a los diálogos de paz

Por Carlos Arturo Velandia J.*

OPINIÓNNo es posible alcanzar el éxito en un proceso de paz si las partes van a la mesa con un plan B bajo la manga.

En varias de las disertaciones y comparecencia ante los medios de prensa, el periodista y escritor John Carlin, uno de los mayores conocedores de los conflictos y procesos de paz y reconciliación en Ruanda, Irlanda y Sudáfrica; y quien estuvo en nuestro país invitado por la Cátedra de Derechos Human
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os de la Dirección de Derechos Humanos y Apoyo a la Justicia del Distrito de Bogotá, insistió en que “no es posible alcanzar el éxito en un proceso de paz si las partes van a la mesa con un plan B bajo la manga”.

Tal admonición es una lección aprendida de innumerables procesos de paz fallidos y exitosos, que he podido constatar a lo largo y ancho de la labor investigativa sobre paz y conflictos y que podrán certificar, además del mismo Carlin, académicos prestigiosos como Vicenç Fisas e institutos especializados en la materia; aunque no es necesario ir demasiado lejos para constatarlo, basta con mirar en nuestra propia experiencia en los llamados “diálogos del Caguán”, a los que las partes llegaron con propósitos distintos al de poner fin al conflicto armado.

Veamos por qué: el Gobierno Nacional decide abrir diálogos y negociaciones, porque a la fecha iba perdiendo la guerra y necesitaba ganar tiempo, para reestructurar el aparato bélico que le permitiera encarar la amenaza que se cernía sobre el poder político y frenar hasta revertir el avance guerrillero. Por su parte la guerrilla de las FARC-EP, que iban ganando la guerra, también necesitaba tiempo para hacer del escenario de los diálogos y negociaciones, la arena para legitimar nacional e internacionalmente los acumulados militares, políticos y de territorios conquistados, en su imparable ascenso a la toma del poder.

Luego de algo más de tres años de accidentadas negociaciones y cuando el Gobierno de Andrés Pastrana estimó que había logrado el propósito de su plan oculto, decidió romper los diálogos, tomando como pretexto uno de los tantos hechos de guerra que habitualmente realizaban las FARC-EP, dando con ello un manotón a la montaña de papeles que contenían la enjundiosa agenda que había pactado; para pasar de inmediato a culpar a la guerrilla de ser el causante de la ruptura, efecto que logró con el alineamiento a su causa por parte de los medios de información corporativos, de todas las instituciones del Estado, de la mayoría de los partidos políticos, del sistema asociativo y solidario y de la sociedad civil en su conjunto. Por su lado las FARC-EP, que solo podrían reclamar, con resultados tangibles y avances reconocibles en el desarrollo de la agenda, ampliación de su reconocimiento y legitimación de su lucha; se quedaron sin poder materializar sus propósitos, con el sanbenito de ser los “faltones” y con el costo de pagar los platos rotos.

El Gobierno siguiente, el del presidente Álvaro Uribe Vélez, tuvo por suerte recibir en herencia las Fuerzas Armadas más poderosas de todos los tiempos, gracias al fortalecimiento y reestructuración por las que pasaron durante el Gobierno de Pastrana, quien se había hecho elegir en el '98 con la oferta de hacer la paz para los colombianos. Recibió además la colosal bolsa de algo más de 8 mil millones de dólares del Plan Colombia, plan pactado durante el gobierno de Pastrana con el Gobierno de Estados Unidos, además de un creciente presupuesto nacional para Defensa, que al final de su segundo mandato había escalado al inédito equivalente del 6% del PIB Nacional.

Vistas así las cosas, en la mesa de negociaciones del Caguán Pastrana ganó la guerra “sin disparar un tiro”, en tanto que las FARC-EP perdieron la opción de su propósito oculto, quedaron como “los malos del paseo” y con una ofensiva encima como no se había visto en Colombia en lo corrido del conflicto de los últimos 50 años. Ganó también Uribe, que se hizo elegir y reelegir para hacer la guerra (con el ejército de Pastrana y los dólares del Plan Colombia de Pastrana), que aunque no derrotó totalmente, como era su deseo, a las FARC-EP, sí las debilitó principalmente en los niveles de conducción estratégica, las alejó de los centros urbanos neurálgicos, las forzó a internarse en las profundidades del territorio nacional empujándolas a cruzar las fronteras, trayendo con ello una suerte de transfronterización del conflicto interno. Pero por sobretodo perdió Colombia y sus gentes, que han tenido que vivir, padecer y pagar diez años mas de conflicto, con todo lo que ello significa en vidas humanas de soldados y guerrilleros, de millones de desplazados forzosos, de desaparecidos, de secuestrados, de millares de minas sembradas y miles de víctimas por esta causa, de presos, exiliados, tejidos humanos deshechos.

Estamos frente a una nueva oportunidad de paz, tal como se diera en los años 80 con Belisario Betancur, en los 90 con Barco, y Gaviria, en los 2000 con Pastrana y en el 2012 con Santos, es decir oportunidades de paz cíclicas dadas en periodos de diez años; que esta nueva oportunidad de paz no sea frustrada por planes ocultos, a los que se termina sirviendo en nombre de la paz. Un nuevo fracaso podrá significar, al menos diez años más de guerra con todos sus costos y efectos, los que se pueden calcular multiplicando por diez todo el horror, muerte, dolor y gastos que significa un solo año de guerra en nuestro país.

Si no hay “planes B” en la mesa, seguramente en el año 2014, cuando las guerrillas estén arribando a sus 50 años de existencia, también estén firmando la disolución de las estructuras de guerra como punto de partida a un proceso de construcción colectiva de paz y justicia social.

*En Twitter: @CarlosVelandiaJ
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