Martes, 24 de enero de 2017

| 2000/08/14 00:00

Plan visa

El propio Pastrana, con la blancura de su sonrisa, no haría mal papel de ‘maître’ de un restaurante chicano en Nueva York

Plan visa

Quiero insistir en lo del Plan Colombia. Ese plan insensato y criminal que agravará los males que dice pretender curar. Ese plan que, contra toda experiencia histórica, el gobierno de Andrés Pastrana presenta como una panacea.

Lo entiendo desde el punto de vista de los Estados Unidos, o, más exactamente, desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos. Es un plan criminal, sí, pero no insensato: les sirve a sus intereses estratégicos, políticos y económicos, y por eso no es de extrañar que ese gobierno sea su principal promotor y redactor. Desde el punto de vista de los gobiernos europeos que han aceptado participar en él, como el de España o el del Reino Unido, lo entiendo también, aunque los deje en una postura bastante desairada: no quieren quedarse por fuera, descolgados de la superpotencia hegemónica, de modo que intentan lo que en mi niñez se llamaba en Bogotá “hacer papel de oficio”; así sea un papel vergonzoso y un oficio humillante, como es cubrir con un barniz humanitario la brutal intervención militar norteamericana en Colombia. Pero ya digo que lo entiendo. Los europeos intentan recuperar aunque sea unas migajas de su presencia en América Latina, perdida hace más de medio siglo en el caso de los británicos y hace casi dos siglos en el de los españoles. Pero como no consigo entenderlo es desde el punto de vista del gobierno colombiano.

Porque se trata, como he intentado explicar aquí desde hace tiempos, de un plan para la destrucción de Colombia.

Va a agravar el conflicto interno, al fortalecer militarmente a todos sus protagonistas. Si gracias a las donaciones externas aumenta el poderío armado del Ejército y de los paramilitares, las guerrillas sencillamente aumentarán el suyo propio multiplicando los secuestros y el cobro de impuestos al narcotráfico. Con esos recursos adquirirán el armamento que quieran o necesiten en el mercado mundial, alimentado tanto por los Estados Unidos como por los países europeos de la ‘Mesa de Donantes’. Y su crecimiento en pie de fuerza está garantizado de antemano por el propio Plan Colombia, que, en la medida en que tenga éxito en la erradicación de cultivos ilícitos, multiplicará el número de campesinos desplazados sin empleo: carne de reclutamiento guerrillero.

Además de agravar el conflicto armado, va a acelerar el arrasamiento ecológico del país. Cincuenta mil hectáreas de coca y amapola destruidas cada año, ha prometido Pastrana. Lo cual equivale a otras 50.000 taladas para el cultivo, o sea, en total, a 100.000 hectáreas perdidas por año, y para muchos años. Selvas, páramos. Y ríos.

Y por añadidura, va a acrecentar el sufrimiento humano: de los desplazados, de los fumigados, de los perseguidos. De los muertos, y de los supervivientes.

Pero bueno: la destrucción del país nunca ha sido motivo de especial preocupación para los gobiernos colombianos, ni para el establecimiento en su conjunto, que llevan siglos dedicados a ella. Pero siempre para su propia ventaja, para su propio provecho. Y esta vez no veo claros la ventaja o el provecho que puedan sacar en limpio. Salvo a cortísimo plazo: el cumplimiento del Plan Colombia, en obediencia a las imposiciones del gobierno norteamericano, les garantiza su benevolencia: no perderán su visa para los Estados Unidos. Es verdad que el establecimiento y los gobiernos de Colombia siempre han sido miopes, incapaces de ver más allá de sus propias narices. Pero deberían darse cuenta de que este Plan hará que el país se les reviente en sus narices y se les escape definitivamente de las manos. Exactamente como les sucedió hace 40 años a los gobiernos y al establecimiento de Vietnam del Sur cuando aceptaron la ayuda norteamericana. Diez años más tarde habían perdido definitivamente su país, y aquellos de sus miembros que, con suerte, habían encontrado cupo en los últimos helicópteros de la desbandada norteamericana —presidentes, generales, terratenientes, hombres de negocios— trabajaban de taxistas en San Francisco o de meseros en Miami. El propio Andrés Pastrana, por ejemplo, con la blancura de su sonrisa, no haría mal papel como maître de un restaurante chicano en Nueva York. Pero me resisto a creer que sea ese su sueño para el futuro.

Aunque no, claro. Olvidaba que, como los miembros del establecimiento survietnamita que pudieron hacerlo, muchos del colombiano están sacando su dinero del país para colocarlo en los Estados Unidos. Y es por eso que están dispuestos a cualquier cosa con tal de que no les quiten la visa. En realidad lo de la visa U.S.A., que parece un objetivo tan miope, es un proyecto a largo plazo.

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