Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1997/08/04 00:00

PLATA Y PLOMO ELECTORALES

PLATA Y PLOMO ELECTORALES

El senador Jorge Ramón Elías Nader, ex presidente del Senado, ex gobernador de Córdoba, es hasta el momento el último político untado de dineros del narcotráfico en la financiación de sus campañas. No: el penúltimo. El último -hasta el momento- es el alcalde de Cali. Mauricio Guzmán. Y si los fiscales y los jueces siguen hurgando, seguirán encontrando más y más. La historia de esos dineros llamados 'calientes' en las campañas políticas es amplia y antigua. En las presidenciales de hace 16 años lo explicó con soltura una recaudadora de fondos de campaña: "Lo que importa no es de dónde viene el dinero, sino para dónde va".
Sin embargo lo que importa no es eso. Lo que importa es que las elecciones se compran con dinero. Que ese dinero venga del narcotráfico es solamente un detalle anecdótico, y en nada mejora la situación el hecho de que venga de las cervezas o de las gaseosas, que financian también, en generosa proporción, las campañas de los políticos colombianos. Cuando hace tres años el derrotado candidato Andrés Pastrana salió llorando a denunciar que su afortunado rival Ernesto Samper había comprado las elecciones con plata de los narcos estaba solamente lamentando el resultado, pero no señalando la causa del problema: que las elecciones en Colombia las gana el mejor postor. No las ganaron las promesas de Samper, ni la cara de Samper, y no las perdieron la cara de Pastrana o sus promesas: las ganaron los 1.000 o 2.000 millones de pesos más que se gastó la campaña de Samper. Las elecciones se compran. No es que los políticos sean naturalmente corruptos, como podría pensarse a la vista de tantos como se ven envueltos en el escándalo de la financiación ilegal de sus campañas. Es que el funcionamiento del sistema electoral hace que, naturalmente, los políticos que ganan elecciones sean los más corruptos. Y ese es el vicio original de lo que llamamos democracia en Colombia.
No sólo en Colombia, por supuesto. El escándalo de la financiación ilegal de las campañas electorales existe en todos los países en que se celebran elecciones. Bill Clinton acaba de ganar las presidenciales de Estados Unidos porque gastó en su campaña un par de centenares de millones de dólares más que los que gastó su rival Bob Dole: dólares de narcos cubanos, de banqueros indonesios, y hasta del gobierno chino (para no mencionar los recaudados alquilando por horas, como en un motel, la cama conyugal de Abraham Lincoln). En Francia están hoy presos los más altos responsables de la financiación electoral tanto del partido socialista como de la coalición de derechas que respaldó al presidente Jacques Chirac. En el Japón pasa lo mismo. Hasta en la Gran Bretaña, donde la reglamentación sobre financiación de las campañas es más estricta que en ningún otro país, hubo un pequeño escándalo -y lo escandaloso es que no hubiera habido un verdadero escándalo- cuando se descubrió que las últimas elecciones ganadas por la rígida señora Thatcher habían sido pagadas con contribuciones clandestinas de los países petroleros del Golfo al partido 'tory'. En Polonia, Lech Walesa ganó las suyas con oro del Vaticano: diezmos y primicias pagados a la Iglesia Católica por todos los fieles del mundo. En Nicaragua, Violeta Chamorro fue elegida con 14 millones de dólares del Departamento de Estado de Estados Unidos.
Eso, como es natural, corrompe el nervio de la democracia. En la teoría política, una elección no debiera ser una subasta. Pero si en otros países que sufren del mismo mal se intenta paliarlo o eliminarlo mediante leyes y reglamentaciones, en Colombia se pretende, por el contrario, institucionalizarlo. En estos días cursa en el Congreso un proyecto de ley que pretende incitar a los votantes mediante 'estímulos materiales': becas, subsidios de vivienda, adjudicación de predios rurales. Se intenta de ese modo, mediante la compra oficializada del voto, reducir la colosal abstención que caracteriza las elecciones colombianas. Y al hacerlo se acepta tácitamente que en Colombia no se vota sino a cambio de plata: dos tercios de los electores potenciales jamás acuden a las urnas, y algo así como el 80 por ciento de los que sí lo hacen van amarrados: son los que, a cambio de su voto, han recibido o esperan recibir un puesto público, un contrato del Estado, una beca, un subsidio (y sus familias).
Hay también, es verdad, el voto del amedrentamiento. Esas explosiones que oímos en estos días, esos gritos de agonía de asesinados, son el ruido de la campaña electoral que comienza, y que, además de plata, usa plomo. Están todos en campaña: las guerrillas, los paramilitares, los Rodríguez Orejuela, el Contralor, los 'grandes cacaos', como llaman ahora a los cabecillas de los conglomerados económicos. Y eso hace ruido.
Plata y plomo. Plomo, a su vez, financiado con plata. De ahí vienen en Colombia las victorias electorales. No hay que extrañarse -si es que alguien todavía tiene capacidad de extrañeza a estas alturas- de que nos gobiernen los más corruptos y los más violentos.
Y sinceramente no se me ocurre qué conclusión positiva se puede sacar de esta tristeza.

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