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Opinión

  • | 1996/11/11 00:00

    PLATA SIN OLOR

    NUESTRAS ELECCIONES DEMOCRATAS SOLO LO SON EN EL SENTIDO DE MERCADO QUE PUEDA TENER LA PALABRA, EL QUE PAGA COMPRA SEA QUIEN SEA.

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Por lo visto, tambiEn el fiscal Alfonso Valdivieso recibió plata de los narcos. Dos millones 700.000 pesos girados para su campaña de senador por el señor Efraín Hernández, propietario del Grupo Santa Bárbara y marido de la modelo colombiana que acaba de ser detenida en París por narcotráfico. Y 100.000 pesos más del ex viceprocurador Guillermo Vi- lla Alzate, hombre, como es sabido, de los hermanos Rodríguez Orejuela, cabecillas del cartel de Cali. No importa que fuera poca plata. No son los cuatro millones de dólares que entraron a la campaña presidencial de Ernesto Samper "a sus espaldas", sino menos de tres millones de pesos: pero en ambos casos es plata de los narcos. No importa que el acusador del Fiscal sea un personaje tan poco digno de confianza como el procurador Vásquez Velásquez, acusado él mismo por los mismos motivos (como tantos otros profesionales de la política): la acusación es cierta, y Valdivieso no la niega. Y sus disculpas _que él no conocía a Hernández, del Grupo Santa Bárbara, sino a un señor Carlos Obando, de Automotores Santa Bárbara_ son exactamente iguales a las que dan todos los demás políticos acusados de lo mismo, tanto los que están presos como los que han sido absueltos por sus 'jueces naturales'. Y tampoco importa que se trate, como parece, de un montaje destinado a quitarle al Fiscal autoridad moral, como aquel que hace años le hicieron al ministro Rodrigo Lara Bonilla y lo llevó a la muerte. Sean los que sean el monto, las circunstancias o los motivos, el caso es que a la campaña de Valdivieso para el Senado entró plata de los narcos, y debe responder por ello tal como todos los demás. No hay diferencia. Digo "tal como todos" porque hemos visto que lo habitual, lo consagrado por la costumbre, es recibir plata de los narcos para las campañas electorales. Todas la han recibido, de las presidenciales para abajo, y desde hace muchos años, tuvieran o no 'fiscales éticos' encargados de impedirlo. Pero que sea eso lo habitual agrava todavía más la cosa, y no tanto porque la plata de los narcos sea de maligno origen ('el dinero no huele', sabemos desde la época del emperador romano Vespasiano), sino porque es exactamente eso: dinero sin olor. Simplemente dinero. Que las elecciones se ganen simplemente con dinero es algo que no escandaliza a nadie en Colombia, y que se acepta con toda naturalidad. A nadie, desde la Fiscalía hasta la prensa, le escandalizó en las pasadas elecciones la descarada violación de los topes de gasto electoral por parte de las dos campañas presidenciales. Y tanto los derrotados como los ganadores estaban de acuerdo en una cosa: la diferencia en votos vino exclusivamente de que los ganadores samperistas gastaron más que los pastranistas derrotados. El que gasta más, gana las elecciones. Como en las subastas. Nuestras elecciones para cargos públicos, que nos empeñamos contra toda evidencia en llamar democráticas, solo lo son en el sentido de mercado que puede tener la palabra: el que paga compra, sea quien sea. Pero no en el sentido político: porque sólo compran los que tienen con qué pagar. El cargo público _la presidencia, la curul de senador_ se lo lleva el mejor postor de la subasta. Y da igual que quien lo respalde financieramente sea un millonario 'malo' o un millonario 'bueno'; da igual que si es el propio candidato el que se ha endeudado con créditos bancarios para comprar su victoria: después tendrá que pagarla. Con lo cual toda la actividad política en este país está condenada a ser solamente un negocio, y un negocio necesariamente rentable: que dé plata. Se dirá que así sucede en todas partes. Que los escándalos por la financiación de las campañas se presentan por igual en Francia y en el Japón, en México y en Italia, en España y en Bélgica, en Corea y en Estados Unidos. Eso es verdad. Pero, precisamente, en todos esos países se presentan escándalos por la financiación de las campañas, y en Colombia no. En Colombia sólo escandaliza que el financiador sea un narco, pero no la financiación en sí misma. Cuando se supo, por ejemplo, que a la campaña samperista el Grupo Santo Domingo había contribuido con una suma igual a la aportada por el cartel de Cali, nadie frunció el ceño: era plata 'limpia'. Nadie pareció darse cuenta de que, antes que limpia, era plata. Es lo mismo que ahora sucede con el fiscal Valdivieso. A la acusación _mejor dicho: a la revelación_ de que su campaña para el Senado de hace tres años recibió una contribución del Grupo Santa Bárbara él responde diciendo que no. Que fue un aporte del ciudadano Carlos Obando, gerente de Automotores Santa Bárbara. Es como si el presidente Samper respondiera que quien ayudó a financiar su propia campaña fue el ciudadano Augusto López, gerente de la Cervecería Bavaria, y no el Grupo Santo Domingo. Puede parecer distinto, pero da exactamente igual. Aunque los dos Grupos tengan nombre de santo.
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