Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/11/30 11:52

La era de la incertidumbre

Ahora estamos confrontados al absurdo de que un derecho constitucional fundamental como es la paz dependa del voto popular.

Jesús Pérez González-Rubio. Foto: Archivo Particular.

Me parece que el presidente Santos ha manejado de mano maestra el proceso de paz con las FARC. No así lo referente a la refrendación e implementación, temas que hacen parte de la Agenda de negociación en su punto 6.

Lo primero que quisiera destacar es que tanto la refrendación como la implementación de los Acuerdos no son un compromiso ni del presidente ni de las FARC con el país sino una obligación recíproca, es decir, contraída por cada una de las partes con la otra. Y como en Derecho las cosas se pueden deshacer como se hacen, en materia de refrendación bien podrían las partes acordar un determinado mecanismo de participación ciudadana para hacerlo, como podrían prescindir de dicha refrendación.

Esta última opción es la racional y lógica por la sencillísima razón de que en las Democracias la eficacia de los derechos constitucionales fundamentales como es el de la paz, no depende del mayor o el menor número de votos a su favor. Es que ni siquiera está constitucionalmente permitido someterlos a consulta popular. La paz se legitima así misma.

El tema es preocupante porque el señor presidente ha dicho a propósito del impertinente plebiscito: “De ganar el ´sí´ empezamos la implementación de los acuerdos. De ganar el ´no´ hasta allí habrá llegado el acuerdo, pues no se podrá implementar. Así de duro, pero así de claro”.

La refrendación popular es en sí misma improcedente por las razones anotadas. Abundemos en ellas. Valgámonos para ello de lo dicho en Semana.com por el jurista italiano Luigi Ferrajoli:

En la Constitución colombiana la paz ha sido consagrada como un derecho fundamental y un deber del Estado. Ese carácter implica que la paz no puede ser entendida desde las mayorías. Así como no se puede someter a una consulta popular el principio de la dignidad de la persona, de la igualdad, de la vida. Así como ninguna mayoría puede decidir que una persona pueda ser privada de la libertad, de su vida, de su salud, tampoco una mayoría puede decidir si hay o no paz”… “hay que tener claro que aun si la paz pierde en las urnas, esto no puede ser un argumento para deslegitimar su realización. Es decir, su implementación.

La propuesta presidencial del plebiscito es una mala idea como lo es la de la Comisión Especial Legislativa. En todas estas materias el Gobierno no ha hecho más que dar palos de ciego.

La definición legal de plebiscito es la siguiente: “El plebiscito es el pronunciamiento del pueblo convocado por el presidente de la República, mediante el cual apoya o rechaza una determinada decisión del Ejecutivo” (L.134/94,a.7°). El presidente necesita tomar previamente la decisión política y luego someterla al electorado para que éste la apoye o la rechace. Vale la pena traer a cuento la sentencia C-150/2015 de la Corte Constitucional para poner de presente como el plebiscito constituye una amenaza de eventual desgracia no sólo para la paz si nos atenemos a la declaración presidencial citada arriba, sino para la estabilidad institucional. Dice la Corte: “El plebiscito tiene como propósito someter al escrutinio del pueblo una decisión del poder ejecutivo nacional y, en esa medida, el pronunciamiento popular no se desprende totalmente de la persona misma del presidente de la República”. Es decir, el presidente de la República está poniendo en juego innecesariamente la legitimidad de su permanencia en el gobierno pues los plebiscitos son una consulta popular al respecto. ¿Qué necesidad tenemos de esto? (Negrillas, mías)

Es clarísimo que la implementación de los Acuerdos mediante el procedimiento expedito o express de la Comisión Especial Legislativa y Constituyente, está herida de muerte en cuanto a su legitimidad jurídica y sociológica, lo que conspira contra el éxito del Proceso de Paz.
 
Ahora estamos confrontados al absurdo de que un derecho constitucional fundamental como es la paz dependa del voto popular.

Suponiendo, como es legítimo hacerlo, que el presidente quiere la paz, viene a mi memoria los versos de Óscar Wilde en la Balada de la Cárcel de Reading: “Y sin embargo, sepan todos, cada hombre mata lo que ama. Los unos matan con su odio, los otros con palabras blandas; el que es cobarde, con un beso, y el de valor, con una espada!”

*Constituyente 1.991

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