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Opinión

  • | 2001/09/10 00:00

    Pobre sapo

    El candidato a la recompensa es algún agfano que vive acurrucado en su cueva, embutido en su turbante, sacándose los piojos de la barba

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La ridiculez de que Estados Unidos haya ofrecido 25 millones de dólares a quien dé información que conduzca a la captura de Osama Ben Laden me hace recordar la tragicomedia del embolador-concejal bogotano, Luis Eduardo Díaz: de la noche a la mañana su entorno se le volvió un desastre, por cuenta de un sueldo de 10 millones de pesos y de una camioneta 4x4 que no fue capaz de asimilar y que lo volvieron medio loquito.

Lo primero que perdió Luis Eduardo fue su caja de embolar. A renglón seguido su barrio, sus amigos. Luego la emprendió contra su familia, curtiéndole las vistas a la señora y armando zafarranchos en las casas de sus familiares. Se jumaba todos los días, y bajo los efectos, cuando no se lanzaba en guayos y vestido de futbolista a las piscinas de condominios campestres que alquilaba, embestía a otros vehículos en las calles.

Su caso es una de esas ironías de la vida imposibles de aceptar: que a mayores posibilidades materiales, menor felicidad.

Pero así lo corrobora un reciente programa de la cadena ABC, según el cual, no hay mayor infelicidad en la vida que ganarse la lotería: el ganador se desajusta socialmente, termina separado de su cónyuge, alejado de su familia, despreciado en su nuevo círculo social, etc.

Estas reflexiones van a lo que decía al principio: la ridiculez del ofrecimiento de los 25 millones de dólares a cambio de Osama Ben Laden.

¿Qué tipo de persona podría tener esa información? No la tienen los sofisticados cuerpos de espionaje de Occidente, hasta ahora demostrado. El candidato a tenerla es algún afgano que lleve el mismo estilo de vida de Osama: que viva acurrucado al lado de su arma en una cueva, embutido entre su turbante, sacándose los piojos de la barba, sonándose la nariz con su túnica, odiando a las mujeres y llevando una existencia tan frugal como lo exigen la situación política de la guerra indefinida y las polvorosas condiciones geográficas de ese extraño país.

Pero bueno: en aras de desarrollar esta historia pensemos por un momento en que uno de esos cavernícolas se siente tentado por la recompensa, delata el paradero de Osama y recibe los 25 millones de dólares prometidos. ¿Qué hace al día siguiente?

Podría comprarse un avión de 10 millones de dólares, y todavía le quedarían 15 millones. Pero en Afganistán no hay pistas de aterrizaje.

Entonces que lo use para ir a Nueva York. Pero por estos días no es tan fácil que dejen a un afgano sobrevolar los cielos de Nueva York en un jet privado.

Podría además comprarse un yate de tres millones de dólares, y todavía le quedarían 12 millones. Pero Afganistán, al igual que Bolivia y Lesoto, no tiene mar.

Podría después comprarse un apartamento en Park Avenue de tres millones de dólares, y todavía le quedarían 9 millones, pero los afganos no son últimamente muy bien recibidos que digamos en los vecindarios de la sociedad neoyorquina: lo más probable es que el board del edificio lo rechace como inquilino.

Podría comprarse un Rolls-Royce de 150.000 dólares, pero en Afganistán no hay carreteras.

Podría regalarles a sus cuatro esposas un mink de 100.000 dólares a cada una, pero tendrían que usarlo debajo de la burka; sendos collares de diamantes de 200.000 dólares, que por el mismo problema de la burka tendrían que contentarse con describírselos a sus amigas; construirles a las señoras sus respectivas mansiones —tomando un gran riesgo en medio de los bombardeos—. E invertirle una buena suma a la educación de sus hijos —pero por estos días en Afganistán no es que abunden los centros educativos y los niños andan dedicados, desde los 13 años, a aprender a disparar, que es más barato que una matrícula en MIT—. Pero si se resuelve a enviarlos a MIT tendrían el mismo problema que el del apartamento de Park Avenue: que los jóvenes afganos estudiantes de ingeniería no son por estos días muy bien recibidos en las universidades de Estados Unidos.

Y después de haber hecho todos estos gastos, todavía el feliz ganador de la recompensa hasta podría ofrecer como mínimo cinco millones de dólares por la reconstrucción de Kabul, y alguna propina para mejorar el ingreso anual per cápita de 300 dólares de los habitantes de Kandahar.

De todos los absurdos de esta guerra que está librando Occidente en Afganistán, la recompensa de 25 millones de dólares es uno de los más flagrantes. Se trata de una cifra que no cabe en la cabeza de un afgano: si no cabe en la de un colombiano, y Colombia es Alemania al lado de Afganistán, ¿creen realmente los gringos que existen muchos afganos candidatos a convertirse en el ‘pobre sapo’ de esta estrafalaria historia?
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