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Opinión

  • | 2017/09/12 00:14

    ¡Pobrecita la derecha!

    Son pocas las cosas en las que he estado de acuerdo con el expresidente Uribe, con su partido, y con la derecha en general. Justamente por eso, suelo dedicar estas líneas a intentar explicar lo errados que encuentro la mayoría de sus planteamientos.

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Sin embargo, luego de durar cuatro días pegado al televisor oyendo con atención cada una de la intervenciones del papa en Colombia, debo decir que hoy, al momento de sentarme a escribir esta columna,  tengo a Álvaro Uribe, a Alejandro Ordóñez y a Viviane Morales, atravesados en lo más profundo de mi corazón y de mi mente.

Aun cuando fui bautizado, hice la Primera Comunión y me confirmé, he sido un católico bastante mediocre. Voy a misa solamente cuando tengo un entierro o un matrimonio, la última vez que me confesé tenía 8 años, y mis espacios de oración se limitan a mirar para arriba cuando voy en un avión y el piloto anuncia una turbulencia.

Me refiero a mi precaria disciplina religiosa, con la única intención de anotar un par de cosas. Primero, que no es necesario ser católico o creyente para que las palabras del buen Francisco me hayan llegado al alma. Y segundo, que si sus apreciaciones me impactaron a mí, que no soy particularmente amigo de la Iglesia, no puedo imaginarme lo que estas produjeron en la inmensa mayoría de los colombianos que si lo son.

Entre las muchas enseñanzas que me dejó el papa en su visita, en las que están la capacidad de perdonar, de reconciliarme con quien me ha hecho daño, de no perder la esperanza y de ser una presencia positiva para quienes me rodean,  resalto una muy importante: la de poder sobreponerme el rencor, y sentir compasión por el otro, así piense o actúe diferente a mí.

Es esa, queridos lectores, la razón por la que hoy me levanté pensando en Uribe, en Ordóñez y en Viviane. Como de costumbre, apenas abrí los ojos, puse a hacer el café, prendí el radio y abrí la prensa para leer un rato y decidir el tema de esta columna. Pero esta vez algo dentro de mí era distinto. Hoy, cuando tengo todavía la voz de Francisco fresca en la cabeza, no quise escribir en contra de ninguno los líderes de la derecha. Al contrario, hoy quiero decir que siento por ellos una inmensa compasión,  y que espero no tengan que echar mano de los antidepresivos para seguir adelante.

Me explico. Francisco me enseñó que debo encontrar la paz en mi corazón y no alegrarme por el mal ajeno bajo ninguna circunstancia. Por eso pido hoy a los lectores católicos, que eleven una plegaria por la salud mental de este trío de charlatanes. Es que lo que están viviendo no debe ser nada fácil.

Empecemos con Uribe. ¿Ustedes se imaginan lo que debe estar sintiendo?. Es que definitivamente tiene que ser muy difícil uno fundar un partido, hacer hasta lo imposible por dañar el proceso de paz, apelar a la fe de los católicos y venderles la idea de que estas negociaciones van en contra de los valores cristianos, hacer su convención en una iglesia, y ver que viene el representante de Dios en la tierra a llevarle la contraria en todo, dejarlo en ridículo y a decirle con elegante disimulo que deje de sembrar cizaña.

El señor Ordóñez y la congresista “liberal” Viviane Morales, por su parte, andan en las mismas. Imagínense por un segundo lo que deben sentir si han dedicado la vida entera a una causa y, de pronto, llega el hombre más amado del planeta tierra a dañarles el caminado. Estos dos han sembrado las bases de sus campañas a la Presidencia echando mano del odio, del rencor, de la intolerancia a lo que es diferente, del desprecio por los gays y, sobre todo, habían logrado hasta ahora venderles la idea a muchos de que son ellos los únicos que están en capacidad de representar a Dios en la política. Pues bien, resulta que el papa en su visita los dejó sin piso. Este pontífice buena onda y bonachón, no solamente vino a apoyar abiertamente el proceso de paz, sino que además quiere a los gays, reconoce que el único modelo de familia no es el heteroparental, y hace especial énfasis en la importancia de dejar atrás los odios y de aprender a perdonar.

Para nadie es un secreto que Colombia es uno de las países más creyentes del mundo. Y como dice el adagio popular, Coca Cola mata tinto. Y en esta tierra, más que en cualquier otra, discurso del papa mata discurso del que sea.

Así que siguiendo las enseñanzas del santo padre, hoy mi corazón solo desea que tanto Uribe, como Ordóñez y como Viviane, estén bien rodeados, se acompañen de su familia, contraten un buen psicólogo y, ojalá, ya todos tengan cuadrada la pensión. Porque después de la visita del papa, que les tumbó la pirámide de patraña, el odio del que pretenden sacar réditos políticos, en Colombia no va más.

Y Amén…

En Twitter: @federicogomezla

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