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Opinión

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Un lector me recuerda, con motivo de mis burlas a Bill Clinton por rodearse hipócritamente de asesores 'espirituales' para difuminar el impacto electoral que puede tener para los demócratas el 'caso Lewinsky', que la cosa podría ser peor. Que Clinton usa eso demagógicamente, pero por lo menos no cree en eso. Y que en cambio sus enemigos de la extrema derecha republicana, los que quieren derrocarlo a través del escándalo Lewinsky, sí creen en eso. Son hipócritas también ellos, pero además son fanáticos: a la manera del Papa Wojtyla o del ayatola Jomeini. Peligrosos fanáticos que consideran que sus propias creencias deben ser impuestas por la fuerza; en tanto que Clinton, aunque no desdeña el uso de la fuerza cuando cree que le conviene (sus recientes bombardeos a Sudán y Afganistán tienen el mismo sentido demagógico que su recurso a los asesores religiosos), es solamente un oportunista sin escrúpulos. Tiene razón el lector: los enemigos de Clinton son peores que Clinton. Siempre son más peligrosos los fanáticos que los oportunistas, por repugnantes que sean éstos.Y ese es un aspecto del grotesco caso Lewinsky que los comentaristas han tendido a pasar por alto, incluso en la prensa norteamericana (para no mencionar siquiera la frívola prensa colombiana). Pero que no ha escapado a la atención de la mayoría de los jefes de Estado del mundo, desde el surafricano Mandela hasta el francés Chirac, que han demostrado públicamente (cualquiera que sea su risa interior) su respaldo a su colega norteamericano. No sólo por colega (aunque también, sin duda). Sino porque se dan cuenta de que Clinton es menos dañino que los enemigos que quieren derrocarlo; y de que, más allá de las personas, lo más peligroso de todo es ese fanatismo que los anima. Hablo de 'enemigos', y no simplemente de 'adversarios', porque lo son: es verdad que existe contra Clinton esa "conspiración de extrema derecha" de que habló hace ya meses su sufrida esposa Hillary, que quiere acabar con él porque lo considera, no un simple adúltero (todos ellos también lo son), sino algo más tremendo: un izquierdista.La parte de la conspiración es bastante visible. Detrás del fiscal especial Kenneth Starr están toda la derecha del Partido Republicano y las máquinas de fabricar ideología de los neoliberales radicales: "Think tanks" como la Heritage Foundation o la Fundación para el Progreso y la Libertad que respaldan las tesis del 'Contrato con América' de Newt Gingrich. Supresión de los programas gubernamentales de educación y protección social (a los pobres, a las minorías raciales, a los inmigrantes, a las madres solteras, a los drogadictos, a los enfermos de sida); desmantelamiento de todos los organismos internacionales (empezando por las Naciones Unidas y todas las agencias especializadas); restablecimiento de la pena de muerte en los estados de la unión en que ha sido abolida; eliminación de todas las normas reguladoras del gran capital (leyes antimonopolio, normas de defensa del medio ambiente, garantías sindicales); reducción de impuestos para los ricos; fortalecimiento del FBI en lo interno y de la CIA en lo externo; aumento del presupuesto militar; rechazo de todos los tratados internacionales (de comercio, de control de armamentos) firmados por Estados Unidos; y, finalmente, imposición de la oración obligatoria en las escuelas. Tales fundaciones son las que han mantenido vivas las investigaciones de Starr (fiscal designado por una juez federal nombrada por Ronald Reagan) cuando éste, una y otra vez, pinchaba en hueso (con el caso Whitewater, con el caso Paula Jones); han financiado a los testigos contra Clinton (sobornaron a uno en el caso Whitewater, pagan los abogados de la Jones y de Linda Tripp, la 'amiga' de la Lewinsky); y han incitado la indignación moral contra Clinton de la 'América profunda' a través de sus cadenas de televisión y radio confesionales y ultraintegristas. La conspiración es esa, y va en serio. El motivo, visto desde afuera, parece increíble: ¿izquierdista Bill Clinton? Pues lo cierto es que sí, dentro de ese país ultraderechista que es Estados Unidos. Incluso en sus intervenciones imperiales (bombardeos, bloqueos, castigos a países débiles; apoyo a dictaduras, empezando por la de Yeltsin en Rusia; abusos de poder en materia de comercio; etc.), Clinton es un moderado, comparado, por ejemplo, con sus predecesores de la derecha republicana Reagan y Bush. Y en política interior _económica, social, racial, de medio ambiente, educativa, de salud, de monopolios_ está en las antípodas del 'Contrato con América'. Es por eso que hay que acabar con él. Y para eso están el fiscal Starr y las mayorías republicanas del Congreso. Si lo consiguen _y los están consiguiendo_ el mundo será todavía peor de lo que es ahora.
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