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Opinión

  • | 2003/04/20 00:00

    Poesía y prosa

    La belleza verbal de la poesía está en la materia sonora del verso. Las virtudes de la novela: su libertad expresiva y la creación de mundos análogos al real

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Esta semana empieza la Feria del Libro de Bogotá y tal vez me pueda permitir, por una vez al año (dicen que no hace daño) una reflexión literaria. Supongo que en esta ocasión -como en todas las otras- se va a discutir sobre la muerte de la novela, y sobre lo inútil que es escribir poesía después de Auschwitz (y de Hiroshima, y de Irak). Pero con la novela viva o muerta, con la poesía inútil o necesaria, habrá sin duda presentaciones de libros narrativos en prosa y de libros poéticos en verso. Es posible, aunque muy improbable, que se publique alguna obra de teatro perfectamente nueva. Lo que sí considero imposible del todo es que (salvo reediciones de Homero, de Virgilio, de Ariosto o de Camoes) en esta edición de la feria se presente una nueva obra épica. Al menos en esto nos podemos poner de acuerdo: desde hace algunos siglos la epopeya está muerta como género literario.

Nos quedan estos dos filones (sanos o moribundos, yo no sé) de poesía y de prosa. No voy a decir, aunque me gustaría, que el teatro ha sido reemplazado por el guión televisivo y el cinematográfico, así como el retrato realista fue sustituido por la fotografía. No lo digo para no pelear con un gremio, el de los teatreros, que es el que nutre lo mejor del cine y el que mejor compite (aunque con armas desiguales) con la telenovela. Me voy a limitar a los dos géneros del título: la poesía y la prosa.

Un límite indudable de la prosa es que casi siempre resulta demasiado larga. Su extensión ensucia más de la cuenta la página en blanco, y como quien escribe prosa cree que siempre habrá tiempo para explicarse mejor, los peores prosistas no escatiman palabras ni digresiones, ni les importa acumular adjetivos, apretujar sinónimos, escoger sin economía ni elegancia los verbos. Por eso admiro la sonora brevedad de los grandes poetas, aunque también deploro la fácil cortedad de los malos poetas, que creen que poesía es escribir en líneas cortas con el mismo descuido inconsistente de la prosa. Cuando un poema da en el blanco, la página se llena de sentido con muy poca materia gráfica o sonora; nada falta ni sobra. Cuando el poema es malo (y ocurre casi siempre), cuando en la brevedad no se condensa una idea o una sensación válida, envuelta en música certera, más vale leer prosa, pues en su estilo prolijo y prolongado los prosistas, al menos, persiguen una idea y en últimas la transmiten.

Hay, pues, poesía prosaica -sin valor-, así como también existe la prosa poética, que sin el artificio de las líneas cortas (que es una manera práctica de señalar el ritmo o una seña al lector para que se disponga sicológicamente a una lectura intensa) persigue la concisión ensoñadora de una gran idea, sin desperdicio de palabras y sin inútil énfasis. Pero en general la prosa no persigue lo mismo que el poema, y de ahí que su construcción llegue a ser más exacta, aunque sin duda más pobre, porque requiere más palabras para decir la misma cantidad de pasión, dolor, alegría o pensamiento.

Para algo no se presta la poesía: para informar o educar. Por eso son tan mediocres los poemas didácticos, y tan antipática la poesía política. Tampoco se presta para la polémica, como no sea en un jocoso insulto de Góngora a Quevedo, o viceversa. Tan fuera de lugar está la lógica en un texto poético, como la belleza verbal en el desarrollo de un teorema matemático o el humor en un postulado de ciencia econométrica.

¿En qué consiste la belleza verbal de la poesía, su hipnótico poder de encantamiento? Tanto Poe como Jakobson pensaban (y creo que la suya es la mejor aproximación que se ha hecho al poema) que el secreto estaba en la materia sonora del verso, es decir, en la manera como se combinan no las ideas, sino los sonidos. La idea de: "Y eran una sola sombra larga", el famoso verso de Silva, se puede traducir como: "Consistían en una única proyección de luz longitudinal", pero esta traducción produce un esperpento poético.

¿Y qué virtudes tiene la novela que la hacen digna de sobrevivir todavía? Dos fundamentales, creo: su absoluta libertad expresiva (la novela es omnívora, capaz de tragarse todo, desde el ensayo hasta la misma poesía), y sus inmensas posibilidades en la creación de mundos alternativos, aunque análogos, al mundo real.

La prosa y la poesía son mucho más que esto, claro está. Pero aun si fueran sólo lo anterior creo que valdría la pena visitar la feria y ver qué propuestas hay en el arte verbal, en el arte que usa como herramienta una de las más humanas y complejas de todas las características de los seres vivos: el lenguaje.
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