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Opinión

  • | 2017/09/18 14:18

    El centro: no es contra qué sino para qué

    Como la historia reciente lo valida, el antídoto para el populismo no es la tecnocracia. En cambio, para superar los delirios e ilusiones que genera el populismo se requiere una política de "franqueza radical", como lo dijera Velasco, y decisiones políticas digeribles al ciudadano del común mediante el diálogo y el respeto por el interés público, no el particular o de sectores.

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En estas épocas en las que en cada esquina alguien con gorra, jeans y camiseta nos aborda para pedirnos una firma de apoyo a un nombre distinto a la Presidencia, donde la afiliación formal a un partido político no suma, sino que resta y donde la ausencia de propuestas específicas para los problemas nacionales y regionales tiene a los candidatos hablando únicamente de corrupción, la opción de viabilidad política expedita hacia la Presidencia es afirmar "soy un candidato de centro".

Andrés Velasco es un chileno menudo e introvertido que a finales de los años noventa dictaba Finanzas Internacionales en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la Universidad de Harvard. Traumáticas eran las trasnochadas con sus trabajos intensivos en cálculo diferencial que, para la época, validaron entre los que fuéramos sus alumnos que estábamos en frente del típico perfil del tecnócrata latinoamericano ciento por ciento. Velasco tuvo un paso exitoso por el Ministerio de Finanzas en el primer periodo de Michelle Bachelete, un fallido intento a la Presidencia de Chile en 2013 y hoy aspira al Congreso a nombre de un singular partido de centro que creó recientemente, Ciudadanos, mismo nombre de una de las nuevas colectividades españolas.

Es un hecho que la popularidad de los gobiernos de centro-izquierda en la región viene en declive, lo cual ha sido evidenciado en las urnas. Aunque la manida creencia del péndulo habría de anticipar un viraje a la centro-derecha, eso no es lo que está ocurriendo en América Latina. Peligrosamente el giro apunta al populismo y a la polarización política.

El próximo mes se verá la primera disputa con las legislativas argentinas que enfrentarán a la centro-derecha de Macri y al inagotable populismo peronista de la viuda de Kirchner. En México, la cosa pareciera convertirse en un referendo en torno al nombre de Andrés Manuel López Obrador, el sempiterno estandarte de la izquierda nacionalista mexicana. Y bueno, el año entrante en Brasil las elecciones parecieran más determinadas por la sombra de la marca Odebrecht que por los votos, y en Colombia todo pareciera indicar que la alternativa va a ser entre los extremos, es decir de quién se distancie o acerque, más o menos, a los acuerdos con las Farc.

Durante la primera década del consenso de Washington los políticos centristas con aroma a tecnócratas estuvieron de moda. ¿Se acuerdan de la famosa Tercera Vía? Sin duda, figuras como el presidente Juan Manuel Santos en Colombia y Pedro Pablo Kuczynski en Perú fueron ecos de ese clamor por el centro que sobreviniera luego de la transición democrática y los idealismos fallidos de los años ochenta por toda la región.

Las encuestas a lo largo de América Latina validan que la población se ubica mayoritariamente en el centro del espectro político. Lo que la gente quiere son los beneficios de la economía de mercado, mejores servicios públicos y, obvio, que se combata en serio el cáncer de la corrupción. Tal como lo destacara la revista The Economist, este sentir popular sugiere una oportunidad para gestar proyectos para un renovado y radical centro político. El caso de Macron en Francia es ilustrativo de lo útil que fue electoralmente trascender las trasnochadas etiquetas de izquierda y derecha, formando un nuevo partido que a la postre le representó la victoria en la cuna de Montesquieu.

Si bien la carencia de institucionalidad y de partidos políticos fuertes y representativos enmarcan la causa del rezago en América Latina, son la falla y el desconcierto con dichas instituciones los que han llevado al hastío de la población con las mismas. Por eso, no ha de sorprendernos que en nuestro país la moda sea lanzarse a la Presidencia por firmas y nadie opte por inscribirse a nombre de alguno de los partidos políticos tradicionales los cuales según Gallup tienen una desfavorabilidad (87 por ciento) superior incluso a la de los exguerrilleros de las Farc (84 por ciento).

Pero si bien esta aparente desideologización pudiera parecer una peligrosa tentación para los populismos de derecha o de izquierda (seguramente estos últimos no, en estos días), plataformas como las de Macron en Francia y el proyecto en Chile de Ciudadanos muestran que puede existir sustento ideológico y filosófico para los partidos de centro en nuestro contexto latinoamericano.

Tal como Velasco concibió Ciudadanos, las opciones de centro no deben definirse por aquello a lo que se oponen sino por lo que proponen. Vivir la igualdad y concebir la libertad no como "no interferencia", sino en el sentido de Amartya Sen, como la ausencia de dominación e imposición del Estado y oportunidades para todos en el punto de partida (no en el de llegada) para desarrollar su potencial. Pese a que el énfasis de las izquierdas ha estado en la redistribución, Ciudadanos se apoya también en otro filósofo de Harvard, John Rawls, quien sugiere un tratamiento igualitario para todos los ciudadanos, que se plantea para superar la histórica tradición de discriminación por clase y raza que caracterizan a Latinoamérica, pero que paradójicamente, por pena, desconocimiento o craso arribismo cuesta tanto reconocer.

Si bien intuitivamente creeríamos que las opciones de centro carecieran de la pasión y del sex-appeal que el populismo tendría, la propuesta de Velasco es que el gradualismo, el pluralismo, la racionalidad en las políticas y, sobre todo, la fortaleza moral de una sociedad libre y tolerante pueden despertar dicha pasión.

Proyectos políticos en esta línea se incuban por toda la región. En Perú, Julio Guzmán, un joven economista y excandidato presidencial, está en proceso de establecer un nuevo partido. En Brasil, es de esperarse que surjan iniciativas centristas, y la inminente es la de Marina Silva quien rompió con el Partido de los Trabajadores y está en la construcción de una opción de centro en torno a temas ambientalistas, el libre mercado y una política limpia. Y bueno, en nuestro país con el cuento de las firmas, seguro hoy la mayoría dirá que es de centro.

Obvio, propuestas renovadoras de esta clase encuentran en todos lados obstáculos de parte del establecimiento político. Particularmente en un país como el nuestro donde la ruta más expedita para hacer política es posar de tecnócrata, como fue el caso de un exministro de Hacienda del altiplano que se acostaba neoclásico y se despertaba keynesiano, y cuya moral flexible lo hizo pasar a la historia no por sus logros en política fiscal, sino por haber acuñado un significado distinto -y perverso- para lo que eran las conservas dulces diluidas en agua que conocíamos como mermelada.

Como la historia reciente lo valida, el antídoto para el populismo no es la tecnocracia. En cambio, para superar los delirios e ilusiones que genera el populismo se requiere una política de "franqueza radical", como lo dijera Velasco, y decisiones políticas digeribles al ciudadano del común mediante el diálogo y el respeto por el interés público, no el particular o de sectores.

Ahí está planteada la oportunidad para las opciones de centro. Nuestros políticos lo saben y, para bien o para mal, la están capitalizando, lo cual es legítimo en el juego de la democracia. La bola queda ahora en la cancha del elector, del ciudadano, para discernir entre el que cree que el centro es una opción política seria y honesta y el que cree que es simplemente un disfraz o cambio de sombrero. La gente no traga entero.

*Ramsés Vargas Lamadrid, MPA, MSc*. Rector Universidad Autónoma del Caribe

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