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Opinión

  • | 1983/06/27 00:00

    POLITICA INGLESA

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Inglaterra, Madre de las Democracias, es una nación singular y sin igual. Siendo la más visible de las monarquías de nuestro tiempo, representa el prototipo ideal del sistema democrático, el parlamentario, cuya eficaciaha sidotan grande para la organización política de los pueblos que su trasplante a la India ha convertido -¡oh milagro!- a 800 millones de almas orientales disímiles en una ordenada sociedad civil respetuosa de todas las libertades.
Y preservando, como una preciosa incrustación dentro de su sistema político, la representación de los privilegios, en la forma de una Cámara Alta donde anida la aristocracia de la sangre, un poco más arruinada que en el siglo XVIII, el progreso del industrialismo ha servido, sin embargo, para fomentar el crecimiento del poder popular que ha sido, desde principios de siglo, el elemento decisorio en el desenvolvimiento de la vida pública inglesa.
Truncado exitosamente el poder político de la nobleza, y de la propia Corona, esta facultad de mando descansa ahora, como en un sistema utópico, en el seno de las clases medias, representadas en todo su simbolismo por la señora Thatcher, y en las organizaciones populares, que dominan el temperamento durante cada eleccion. La Corona y los nobles, a su turno, conscientes de que tienen una responsabilidad histórica hereditaria, de gobernar a sus congéneres, pero destituidos de sus funciones, han comenzado a jugar el papel de un poder espiritual, director de la conciencia colectiva, que hace efectivo contrapeso al radicalismo de las masas.
Mientras tanto, los ingleses que tantas arbitrariedades han cometido en el largo proceso, milenario, de consolidación de la monarquía, parecen haberse resuelto finalmente por esta línea greco-germana cuyas figuras reinantes encarnan en forma tan perfecta los valores de la burguesía que que habiendo perdido la de clase media, comenzando con la falta absoluta de brillo intelectual, las vacaciones en bikini, y la cultivada costumbre de vestirse mal...

EL RIESGO: En la semana que entra, más de 30 millones de electores ingleses marcarán en las urnas su preferencia por uno de los dos partidos tradicionales -el laborismo y el conservatismoo por el galanismo inglés, la Alianza Social Demócrata, de neta tendencia conservadora. Pasadas las elecciones, la Reina Isabel convocará al Castillo de Windsor a uno de los dos líderes polítícos predominantes, no necesariamente al que gane las elecciones, y le pedirá que forme un gobierno de acuerdo con las círcunstancias. Los conservadores, que seguramente tendrán una votación superior a la de los laboristas, serían los más opcionados para la formación del gobierno. Pero ganando las elecciones podrían aún perder si -eventualidad que no se descarta- no lograran consolidar una mayoría absoluta. En este caso cabrían dos posibilidades: intentar una coalición conservadora con el galanismo, o de este con su antigua casa matriz, el laborismo. Este último sería un gobierno de poca estabilidad que volvería a introducir en la vida pública inglesa la confrontación entre clases que los últimos cinco años de gobierno conservador han logrado suavizar casi completamente. Y la coalición -conservadora- galanista, más probable desde el punto de vista ideológico, es virtualmente impracticable desde el político y lanzaría a Inglaterra a la triste etapa de las democracias europeas facultad de obtener mayorías absolutas, se deterioran, desde la postguerra, en inestables gobiernos de coalición. Una tercera alternativa, no bien prevista aún, sería la de otorgarle dos o tres meses de gobierno a la tambaleante coalición para convocar una nueva elección general, en octubre, que intente rescatar las mayorías absolutas.
Por qué el pesimismo de este análisis? En primer lugar, no hay antecedentes en la época moderna de lo que intenta hacer la señora Thatcher. Uno por uno sus antecesores, desde Churchill hasta Callaghan, han ido sucumbiendo ante los caprichos de la opinión en el intento de reelección. Pero ahora la economía inglesa, engranada para el despegue, arrastra el peso muerto de tres millones de desempleados.

INFLACION O DESMPLEO: La elección decidirá, entonces, un punto esencialmente académico: si la inflación, que afecta a toda la población, pero más a los pobres que a los ricos, es más de temer que el desempleo que sólo afecta al 12% de la fuerza laboral disponible, (un 5% de la población). Entre estas nociones antagónicas, y aparentemente irreconciliables -inflación y desempleo- esta centrado el debate político moderno. Y la reeleccion de la Thatcher, además de constituir una hazaña sin precedentes determinante de una época crucial de la vida contemporánea, le daría la razón popular a los conservadores, a quienes se acusa de no tener sensibilidad social.
Sería la adopción del mismo camino que ha escogido el Presidente Betancur al descartar, en su discurso ante la Cepal, la posibilidad de una reactivación basada en la demanda... La tarea política moderna parecer consistir, en Inglaterra como en Colombia, en recuperar el ámbito propicio de la iniciativa privada que es, al propio tiempo, el ámbito de la democracia y de la libertad.
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