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Opinión

  • | 2017/09/13 23:09

    Políticos y carroñeros

    ¿Pueden los políticos colombianos sobrevivir sin la pobreza de la gran mayoría de sus electores? La respuesta es no. Mientras exista la pobreza como combustible para hacer política, el sufrimiento de los de abajo seguirá siendo la gallinita de los huevos de oro de los de arriba.

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William Faulkner, uno de los grandes novelistas de la llamada “Generación perdida” y uno de los más influyentes de las letras del siglo XX, aseguró en una de sus poquísimas entrevistas para un medio de comunicación que “el escritor es un ser amoral”.  Y agregaba que, a diferencia del historiador, no le interesaba la verdad. Faulkner hacía referencia a la alteración de los hechos, ese proceso que, en términos de Vargas Llosa, es la esencia de toda ficción: meter o sacarle elementos a la realidad factual.

La realidad son los hechos. Y los hechos son el soporte de la Historia. La amoralidad que referencia el autor de Luz de agosto tiene, en sí misma, fines estéticos. En término sociales la moralidad se podría definir como las costumbres, o conjunto de normas, que trazan las fronteras entre el bien y el mal con las que una comunidad juzga a sus miembros. Una persona moralmente correcta es un ciudadano apegado a las normas. La moral no tiene nada que ver con la religión, pero no falta quien considere lo contrario. Tampoco la verdad es necesariamente colindante con la Iglesia. Un hombre puede ser honesto sin pertenecer a ninguna religión, o deshonesto siendo un ferviente practicante religioso.

Particularmente me producen sospechas todas aquellas personas que no dejan de mencionar a cada instante a Dios. Si la moral tuviera algo que ver con la religión, las desigualdades sociales no existirían. La política seguiría las directrices platónicas y la palabra ‘pobreza’ habría que eliminarla del DRAE. Kevin Carter, por ejemplo, un connotado reportero gráfico sudafricano, buena gente, según sus amigos y cercanos, recibió en 1994 un premio Pulitzer por una fotografía que mostraba a una niña famélica en un valle africano que es vigilada por un buitre que sacude sus gigantescas alas mientras la bebé agoniza con el rostro enterrado en la hierba seca. Carter se hizo famoso y los grandes diarios del mundo se peleaban por publicar algunos de sus registros fotográficos, pero pocos meses  después de recibir su más grande reconocimiento el reportero se suicidó. El rostro de la niña agonizante lo persiguió hasta su último momento. Para algunos de sus críticos, lo de Carter fue una decisión antiética, para otros fue sencillamente un comportamiento amoral: pudo salvar a la pequeña de las garras del carroñero pero no lo hizo, pues decidió que una toma fotográfica era más importante que la vida de la menor.

Lo anterior me ha llevado a la siguiente pregunta: ¿pueden los políticos colombianos y sus partidos sobrevivir sin la pobreza de la gran mayoría de sus electores? La respuesta es no. Mientras exista la pobreza como combustible para hacer política, el sufrimiento de los de abajo seguirá siendo la gallinita de los huevos de oro de los de arriba.

Ese combustible perverso va en contraposición de la ley universalista del bien común, que es el verdadero fin de la política. Pero un carroñero jamás podrá dejar de serlo porque esa es su naturaleza. Los políticos colombianos se alimentan del dolor ajeno, de la miseria ajena,  de los bajos niveles educacionales de los electores porque en esa situación de desventaja está su ganancia. Mientras mayor sea la pobreza material de una sociedad, mientras más grande sea su desigualdad socioeconómica, mayor será la posibilidad de que la gente venda el voto o lo negocie por una par de láminas de Eternit o una bolsa de cemento. Mayor posibilidad tendrá de ser engañado y menor posibilidad de salir de su pobreza. La noria empieza y se repite sin cesar allí.

No hay nada que debilite tanto a una sociedad que la pobreza. No se puede pensar con claridad si se tiene hambre, ni tomar decisiones correcta cuando todo lo demás falta. Los altos niveles de inseguridad que se perciben hoy en las ciudades del país tienen su origen en esos enormes y descomunales baches sociales. No se le puede pedir a un ciudadano que actúe correctamente si está en situación de calle. No se puede combatir el tráfico de droga o la prostitución si el Estado no cumple con las funciones mínimas constitucionales y los encargados de hacerlas cumplir se roban una gran parte de los dineros destinados a la inversión de las comunidades y al desarrollo de las ciudades.

La amoralidad de la que hacía referencia William Faulkner es necesaria para los fines estéticos del texto literario. Sin esa amoralidad la novela sería solo un tratado de Historia de datos y fechas, un ladrillo carente de la plasticidad del idioma y sin los recursos estilísticos que le dan vida a los hechos que se narran. Un buen político y un ladrón son incompatibles porque el fin de la política es el bienestar de la comunidad. No se puede ser un buen político y un ladrón a la vez. Lo que alcanzamos a ver entonces en la administración pública colombiana es, sencillamente, a un grupo de ladrones que fungen de políticos, unos generadores de violencia que les importa un rábano la muerte por hambre o enfermedad de más de 8.000 en un año.

Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

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