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Opinión

  • | 2017/01/08 17:50

    Por la Ciclovía

    En una ciudad tan brusca como Bogotá, la Ciclovía de los domingos y festivos sirve de espacio de reconciliación con la ciudad.

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Las calles que entre semana nos sacan la piedra por el caos vial, la inseguridad, la contaminación y la agresividad general parecen transformarse a medida que arranca el domingo. Es un tramo de vía y un tiempo sin apuro en el que los que vivimos en Bogotá nos podemos adueñar de la ciudad. De 7 de la mañana a 2 de la tarde nos pertenece a todos por igual.

La Ciclovía es nuestra, además, porque en 42 años ha sobrevivido a las peleas entre alcaldes y sus mejores, peores o regulares gestiones; porque ha logrado sortear trinos, desatinos, déficit de infraestructura, presupuesto insuficiente y excesos de nómina enchaquetada con el color de la administración de turno, ahí parqueada sin soltar el puesto y tomando tinto mientras ve pasar a miles de personas en fachas.

Este fin de semana empezamos otro año de Ciclovía, que para el próximo marzo promete crecer 10 kilómetros y contar con más baños en las 18 zonas de actividades complementarias (aeróbicos, descanso para mascotas, comida). No sobraría, de paso, tener más “agua de la llave” del Acueducto para empezar mejor el 2017.

Debe haber muchos que aún se quejan de la Ciclovía porque se les atraviesa en su domingo o festivo, pero dudo que alguien pueda afirmar que no es un gran aporte para Bogotá. Sin embargo, el millón y medio de personas que la disfrutan (en temporada alta puede llegar a dos millones) más que kilómetros, mejor dotación o infraestructura, hoy requiere pedagogía. El IDRD está quedado en materia de promoción de cultura ciudadana en torno al uso de este espacio público. Y es urgente para que no se degrade y deje de ser “mejor para todos”.

Tengo la teoría de que la Ciclovía refleja los problemas de movilidad que tiene Bogotá y mucho del comportamiento maluco de los que vivimos en la ciudad.

El primero, la laxitud de las “autoridades” que la cuidan (200 Guardianes, 300 policías bachilleres y 500 agentes pedagógicos). Transitan la ruta en bici vestidos con los colores de la bandera de Bogotá, los bachilleres tratan de atajar con cintas amarillas a los imprudentes que se quieren volar el semáforo, andan todos por ahí pero no llegan a conformar un “cuerpo presente” con criterios y acciones unificadas para intervenir allí donde la gente se excede y pone en riesgo el plan dominguero-deportivo propio y de los demás. Medio millón de personas moviéndose en tramos y tiempos diferentes desbordan a ese pequeño equipo.   

La Ciclovía, como la ciudad, tiene nudos y trancones: la séptima entre calles 26 y 19 es  un muladar, imposible el paso, roto, amenazante; la 9 entre calles 116 y 147 tiene una mayor densidad de gente, cosa que hace más pesado el paso y más evidentes las imprudencias y los accidentes, así como sucede en el tramo de la Boyacá con calle 80. Y por esas zonas en realidad no es mucho lo que aportan los Guardianes o la Policía.

Pero, además, el ciclista es o imita al conductor de entre semana: hace giros en U sin mirar si alguien viene detrás; anda en zigzag para esquivar huecos, familias o el parche de amigos que camina en línea horizontal y bloquea el paso a los demás; no avisa cuando va a cruzar y hace lo posible por volarse la sencilla norma de subir los puentes a pie. La regular señalización de los carriles y el mal estado de las vías tampoco contribuyen.  

Cada vez hay más ciclistas que pedalean en gavilla, van apostando carreras y saltando andenes, retándose hasta estrellarse contra las talanqueras para disminuir la velocidad, como esas que ubican en la bajada de la 7 entre las calles 94 y 100, o en ciertos puntos de la ruta sobre la calle 26 hacia El Dorado. Nunca he visto a ningún Guardián ni a nadie hacer o decir nada. Sí he visto señoras de edad atropelladas, lesionadas y asustadas que reciben la solidaridad de los que pasan.

También se ven trotadores, perros de correa larga y dueños como dormidos que deambulan por la mitad de la vía sin pensar en los patinadores y ciclistas que necesitan  espacio porque avanzan a otra velocidad. Y no se hacen a un lado no solamente porque van felices  asoleando su importaculismo, sino porque seguramente no saben que es mejor moverse a la derecha para dar paso. Calcado de lo que padecemos a diario en la “autopista” norte, en la Boyacá o en la Autorsur; somos los mismos de siempre, pero a pie, más coloridos y sonrientes.

El uso de la Ciclovía es un tema transversal a la ciudad, a cualquiera que la tenga. En el caso de Bogotá, atraviesa 17 de las 20 localidades, es un gran parque lineal y  puede ser un escenario privilegiado para fortalecer el sentido de pertenencia a través de una aguda  y divertida campaña de pedagogía ciudadana en torno al cuidado del otro, de la ciudad y del medio ambiente; iniciativa ojalá también visible en redes sociales -muy pobremente utilizadas por el IDRD-, y a través de alianzas con medios locales, grupos de ciclistas, cajas de compensación, grandes empresas, el propio Transmilenio, colegios distritales y universidades.

Pero ahí todavía se queda corta, le falta avanzar.

@Polymarti

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