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Opinión

  • | 2016/12/27 14:06

    Aeropuertos...

    Gente afanada buscando una salida. Medio desvestirse para volverse a calzar. Si lleva computador, en bandeja aparte.

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Esa sensación de ser vigilado, auscultado, revisado por gente que nunca se sabe si mira y encuentra. Ese poder de portero, dueño de un instante crucial en el universo, ahora comprimido en pocos metros. En sus manos, nuestro pasabordo al cielo o al infierno.

Línea amarilla. Espere. La gente pasa el arco y levanta los brazos, como maratonistas al cruzar la meta. Hay una coreografía que nos sabemos ya: abrir las piernas, chequeo, el detector que sube y baja, media vuelta, repita.   

Aeropuertos del país. Algunos han mejorado, otros siguen igual aunque crezcan. Los viajes en Colombia son, en general, infames. Salir de puente, de vacaciones, en viaje de negocios; aterrizar en cualquier lado. El año cierra con más de 30 millones de pasajeros transportados sobre estas tierras. 

Siempre hay niños viajando; monjas o sacerdotes, religiosos. Una cajita de donuts del centro para la provincia; paquetes de rosquitas de Montería para los cachacos. Pie de mamey o de coco vía Cartagena; dulce contrabando del Astor; cajas con fresas, con brevas. En diferentes dosis y combinaciones, vuelo que se respete tiene al menos dos de los anteriores ingredientes.

Mucha gente, con un dejo impersonal, en silencio. Hay algo triste en los aeropuertos, me dice una amiga: despedidas, algo que se deja. Pero creo más en los encuentros, en lo que llega, en ir a ver, oler y vivir en otros lugares y acentos, así sea por pocos días. Me encanta volar, pero sé que algunos van sosteniendo el avión, mudos. Todos los miedos son de respetar. ¿Todavía existen -en tierra- esas capillas ecuménicas donde cada quien reza en su credo?

Dos horas de espera, anuncian finalmente y con displicencia los que atienden en tierra. Seguramente están entrenados en el mismo lugar donde forman al personal administrativo de las salas de urgencias. Una coincidencia, leo “Dos horas” de Ed Cesar, el libro que vaticina cuándo un maratonista logrará romper esa barrera. Llegará antes de que nosotros podamos contar con una eficiente y suficiente infraestructura aeroportuaria.

Retraso anunciado por ajustes de vuelos, por pistas abiertas o cielos cerrados, ¿o es al contrario? Ya nadie sabe por qué los aeropuertos de este país son tan complicados y lentos. Disfrazados de modernidad, con grandes ventanales, maquillados con pisos relucientes de tabletas grandes, dan sensación de bienestar a pesar de las pocas sillas donde acomodar a tantos pasajeros, siempre en tránsito a ningún lado.

Me entretengo con estadísticas: en su informe de noviembre 2016, la OAG tiene la lista del top 100 de los peores aeropuertos del mundo, calificado por baja puntualidad. Colombia logró encajar 11 en semejante ranking, con el de Pasto en el podio, tercer lugar (33.3% de puntualidad); Pereira de #6 (40.8%), Manizales de #7 (41,2%), Neiva cierra el top 10 (44% de puntualidad), Armenia va de 13 (46.2% de puntualidad), Montería se queda con el #21 (49.2%), Bucaramanga se ubica de  #35, Cúcuta en el puesto 37, Bogotá se acomoda en el 40 (53.4% de puntualidad), seguido por San Andrés (58.3%), Cali (60.6%) y Medellín, que cierra en el puesto 83 (60.8% de puntualidad). Y no han llegado aún las estadísticas para diciembre ni de balance de todo el año.

Los aeropuertos regionales del país tienen un rezago de 30 años, desfase que seguramente se le puede aplicar a buena parte de la infraestructura de Colombia. Supuestamente, en 2017 y luego de invertir cerca de 2.3 billones de pesos, la expansión de los principales aeropuertos del país quedará lista. En veremos.

Los aeropuertos nos reflejan, pienso mientras hago cola para entrar al avión. Me distraigo en otras suposiciones: miro a mis compañeros de viaje a medida que avanzo fila por fila. ¿Si se cae el avión y sobrevivo, a lo Hollywood, a quién tendré que ayudar, quién me ayudaría? Mi puesto está en una salida de emergencia, me preguntan si estoy conforme, si tengo buen estado físico para apoyar una evacuación. Por favor lea las indicaciones. Hago la tarea.

Amarrada, paso a la premiada entrevista a Brigitte Baptiste. Vuelvo a las absurdas conjeturas: si ella y el ex procurador Ordóñez compartieran vuelo, se cae y sobreviven, ¿ella lo ayudaría? Sin duda, respondo mentalmente. ¿Y Ordóñez a Brigitte? Hago el mismo ejercicio de mezclas exóticas con el senador Uribe y sus opuestos. Juicios y prejuicios, supuestos, como lo hacemos todos los días en piloto automático. Ahora supongo que Colombia va encapsulada en el avión: ¿quién se salva? Y, lo más importante, ¿quién salva a quién?

10 mil pies, anuncia el piloto. Estamos llegando, enrutados hacia la pista. Ya casi termina este vuelo 2016, un año turbulento, con retrasos y ajustes de itinerarios, conexiones perdidas e inútiles tiempos de espera.   

* @Polymarti

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