Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/05/07 14:53

Alcaldía, al parque

Ahora hablamos mucho de la paz completa, en mayúsculas, pero poco conversamos sobre la paz cotidiana, es que está a la vuelta de la esquina.

Poly Martínez

Los parques nos reflejan. Corro y camino por diferentes calles y  parques de Bogotá o de ciudades a las que a veces viajo. Correr permite una mirada diferente del espacio; marca un horizonte personal y da sentido de pertenencia aun estando de paso.

Ir al parque sigue siendo un buen plan en Bogotá. Y digo “sigue siendo” a pesar del evidente deterioro en la red de parques de la ciudad. Lo que muchos percibimos desde hace rato fue avalado por la Encuesta Multipropósito de Bogotá (2015), realizada por el DANE y la Secretaría Distrital de Planeación: 16%  dice que los parques han empeorado, al 26% no le resultan agradables, 37% señala que son sucios, 48% los consideran inseguros, 44% no los encuentra adecuadamente equipados y el 15% de los residentes de la ciudad – cerca de millón y medio de personas- no tiene un parque cercano, o más o menos cercano, o medianamente cercano para visitar y disfrutar. Condenados al asfalto.

En Bogotá uno de los parques emblemáticos es el Simón Bolívar. Su diseño y paisajismo permite un horizonte donde no se ve la ciudad. Desaparecen cemento, tráfico y ruido. Surge un oasis verde espectacular.  Pero como sucede con otros parques metropolitanos y zonales, su deterioro es evidente: adoquines saltados, prácticamente todos los puntos de agua para deportistas y visitantes, inservibles;  trozos rotos o deslizamiento del terreno de la pista de trote; juegos desvencijados, señalización oxidada, falta pintura, cuidado. Y ni hablar de los parques vecinales o los “de bolsillo”, muchos de los cuales hoy lo único bonito que tienen es el nombre; tal vez son los más abandonados, enmontados y vandalizados.

Esa realidad se repite a lo largo y ancho de la ciudad, pero nadie sabe bien qué dimensión tiene,  el tipo de intervenciones requeridas o el costo porque el Distrito no cuenta con un inventario cierto de parques, aunque estima que son muy pocos, del orden de 5000. Lo que ya sabemos es que la meta de la administración Peñalosa es construir al menos 95 (¿solo de barrio?)  y reforzar dos grandes puntos verdes: Fontanar del Río y Gibraltar, aparte de crear el corredor ambiental en los cerros orientales, pulmón que afortunadamente ya tenemos.

Los parques reflejan la calidad de la administración pública. En Inglaterra, donde hacen parte del carácter nacional  -el primero abierto al público general fue Hyde Park, en 1637- han pasado por todas las etapas y alternativas para hacerlos sostenibles. De esas fases estudiadas por los ingleses,  creo que en Bogotá estamos desde hace rato en la que llaman “gerencia por desidia”: los parques están ahí, la administración hace poco por mantenerlos, se deterioran, la comunidad tampoco aporta ni se hace cargo, se deterioran más, y por entre esa maleza de desentendidos y abandono empieza a crecer la inseguridad, se pierden espacios de convivencia e interés compartido. Entonces llega el cierre del parque: administrativamente es mejor y menos costoso sembrar cemento. 

Ahora hablamos mucho de la paz completa, en mayúsculas, pero poco conversamos sobre la paz cotidiana, es que está a la vuelta de la esquina. Porque hay otro territorio en conflicto - el espacio urbano- que evidencia la forma como nos comportamos, compartimos, nos adueñamos, abusamos, protegemos o despreciamos nuestro entorno.

Tener parques cuidados y bien equipados, andenes amplios y en buen estado, acceso a espacios de encuentro y recreación no es cosa menor porque es allí, en la calle, donde en realidad practicamos – o no –  lo que tanto pregonamos: tolerancia, respeto, integración, equidad

En el documento “Construcción de paz en las ciudades”, de la FBA, agencia sueca para la paz, se plantea el dilema ya no de los países frágiles –aquellos que están saliendo de una etapa de conflicto o gran violencia- sino de las ciudades frágiles. Como lo señala Christian Altpeter,  “juegan un rol importante para la paz y la estabilidad, y la pregunta sobre  cómo construir ciudades seguras, incluyentes y resilientes se está convirtiendo en un tema de preocupación para los constructores de paz y urbanistas. Abordar el tema de las ciudades frágiles requiere una aproximación de toda la sociedad, incluyendo la institucionalidad formal e informal, a través de un mejoramiento de la infraestructura física y del cambio de actitudes y comportamientos”.

En Bogotá tenemos pocos espacios de interacción urbana verde y positiva. Ahora que hay brigadas limpiando postes y paredes, sería bueno que la Alcaldía, además de hacerse real cargo de lo que le corresponde,  promoviera el regreso a los parques, la participación ciudadana y el apoyo del sector privado. Y ojalá los preocupados por el medio ambiente y la protección de los ecosistemas no solo miren hacia la Van der Hammen, sino también,  vez en cuando,  le den una vuelta a su parque.  

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