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Opinión

  • | 2016/08/08 09:29

    Bogotá en 6 de agosto

    Sí, Bogotá tiene nevados, cosa que también me encanta. Como tantos otros detalles de la ciudad, hay que aprender a verlos, a encontrarlos entre el ruido visual y la polución emocional.

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Me encantan los atardeceres de Bogotá, los del reflejo rojo que quema los edificios de ladrillo que dan contra los cerros orientales. O esos otros atardeceres grises plomo, con amarillos luminosos, casi furiosos, que amenazan con tempestades que muchas veces no terminan en nada, como tantas otras cosas en esta ciudad. Atardeceres siempre maravillosos, al fondo, debajo de los nevados.

Sí, Bogotá tiene nevados, cosa que también me encanta. Como tantos otros detalles de la ciudad, hay que aprender a verlos, a encontrarlos entre el ruido visual y la polución emocional. Ahí están, un premio para los bien madrugadores, aunque siempre visibles en esos días muy azules, soleados y transparentes que tiene la ciudad, especialmente entre diciembre y enero.

Porque en Bogotá también brilla el sol, se puede sentir calor (el calor que hace aquí, que también vale) o el frío de esos aguaceros que caen por parches. Nunca he sabido bien por qué sucede eso, ¿hará parte del temperamento de la ciudad? Aquí llueve por turnos, como se alcanza a ver desde Monserrate, a medio camino en la subida a Patios o desde las azoteas con perro y lavadero del barrio El Balcón, en las faldas de Guadalupe.

Lo admito, no es encantadora. Pero tiene su garabato. Dura, desordenada o distante, así va conquistando a casi todos. Nadie se enamora de Bogotá a primera vista y ya no nos importa, porque hubo una época de rivalidad por la ciudad “más” -querendona, primaveral, salsera y bla, bla, bla- , hasta que finalmente alguien dio con los 2.600 metros más cerca de las estrellas, nos elevó el orgullo, dejamos el complejito y apareció otro universo, el mismo que se le abre a muchas de las personas que llegan a estudiar, a conseguir mejores opciones laborales o a rebuscarse la vida, arrojadas de sus propias regiones.

Tengo muchos amigos que nos son bogotanos y aquí se quedaron. Van a sus pueblos o ciudades de vacaciones, a darle vuelta a algún negocio, y regresan. ¿Por qué? Porque Bogotá sí les ofrece muchísimas opciones; por el anonimato que permite y la cantidad de gente diversa que pueden conocer; porque es una ciudad “con aire acondicionado permanente”, ideal para estudiar, trabajar y hacer deporte; y porque aquí no pierden el contacto con sus raíces y aprovechan la oferta económica, industrial, cultural nacional e internacional que existe. A sus propias ciudades las sienten algo estrechas, menos dinámicas y más cerradas a la diversidad.

A Bogotá, en cambio, cada día le encuentro más cosas, lejos de los lugares comunes y de los puntos turísticos obligados (a propósito, La Candelaria da pesar, que es un estadio posterior a la vergüenza). Me refiero a esa riqueza visible solo a punta de seguirle el rastro por años. Además del arte urbano y los grafitis que recojo, ahora encuentro mayor variedad de verdes y árboles, de hojas caídas y de aves que llegan a sus ramas (hay una pareja de azulejos que los domingos de ciclovía se pasea entre Gran Estación y Eldorado).

Me fascina la estética de diferentes barrios, pero hoy me quedo con las rejas de las casas de La Soledad y Teusaquillo, cuyos diseños espantan a los ladrones por extravagantes. Hay rejas con pulpos, peces, flores, barcos, burbujas, arpas y arañas que deberían ser inventariadas, protegidas. La herrería en su más estrambótica y valiosa expresión, pero también procurando embellecer la inseguridad que vive esta ciudad desde que fue fundada.

Esas rejas seguramente las hicieron en una calle dedicada a la forja, como hay otras exclusivas para el alquiler de vestidos de novia, diseño de lápidas, compra de pelucas, medallas o cafeteras. Y lo que no está ahí lo llevan a domicilio, que es otra de las maravillas y beneficios nunca lo suficientemente valorados y bien ponderados de la ciudad.

A quien no le interesen esas calles temáticas, las plazas de mercado, las vitrinas con buñuelos y pandeyucas, la venta de flores en las esquinas, las librerías o las delicias que ofrecen los puestos de fruta, que mire los andenes. Juro que los de Bogotá tienen el mayor número de huellas de patas de perro que hay en el mundo; en todas las cuadras aparece al menos una. Es otro sello de la ciudad, como la diversidad de ranas en las tapas de registros de agua y alcantarillas.

Me gusta ser bogotana, cachaca. Soy de las que usted-sean, aunque ya me defiendo en la tuteada. He adoptado dichos de paisas y costeños, me encanta el sancocho valluno que sirven aquí y sabe al de allá. Me ilusiona visitar otras ciudades del país y procuro descubrirles el encanto, sin echar vainas, sin quejarme por el calor o la humedad; por el avispero de motos o porque no hay de esto o sobra lo otro.

Por años viví a la defensiva, enervada y respondona a las quejas de quienes la aprovechaban y poco hacían por mejorarla, como si ser de Neiva, Sincelejo o Tunja fuera razón válida para el descuido de esta ciudad que habitan. Ahora prefiero recorrerla, padecerla y apreciarla en silencio. Compartir lo que veo y encuentro.

Ojalá todos los bogotanos –de nacimiento o por elección- logremos entender que esta ciudad refleja por igual a rolos, costeños, caleños, paisas, chocoanos o cachacos; y que de todos depende que sea más grata o invivible. Eso es lo que realmente nos acercaría a las estrellas.

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