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Opinión

  • | 2016/12/17 12:31

    El partido de las Farc

    Ya no es tan fácil saber si las Farc están llegando tarde o se están adelantando a los tiempos.

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Lo digo porque es paradójico que precisamente en el momento en que los partidos políticos del mundo parecen estar pasando por su peor momento de credibilidad, con decreciente respaldo electoral y un mayor cuestionamiento a su razón de ser, el grupo armado en tránsito a las urnasvea como “la opción”para ingresar a la institucionalidad democrática convertirse en partido político.

El primer paso lo dieron esta semana con Voces por la Paz, el movimiento civil ya inscrito ante el CNE y que los representará temporalmente en el Congreso. Un hito cuya razón de ser, según se desprende de las declaraciones de sus miembros, es atajar micos o conejos que afecten los acuerdos, y defender los intereses de las Farc. Tienen voz y no voto; tienen un propósito pero no una plataforma política.

La meta de las Farc, una vez sin armas, es tener un partido político. La paradoja: en Colombia nadie quiere a los partidos o movimientos políticos, al menos no a los existentes. Traducido a números, según la Gallup Poll de octubre pasado, el Congreso cuenta con una opinión desfavorable del 74%, mientras la de los partidos/movimientos es del 77%, rechazo que en el último año se ha mantenido por encima del 70%, con un pico del 82% en abril de 2016.

Miremos este rechazo con otra lupa: en las elecciones de 2014 la votación para Senado tuvo una abstención del 56% y para Cámara de 55%. Algo en los partidos y movimientos tuvo que influir, ¿no?, porque más que la lluvia o el sol, lo que espanta al votante es la incesante corrupción de los barones electorales, la mermelada con sabor a fruta local que reparten todos, el intercambio de votos por avales a ladrones y criminales, y la desconfianza gracias al eterno incumplimiento de promesas y programas.

Ese es el escenario político y el sentir popular en el que van a navegar las Farc una vez se conviertan en partido. Por lo que han dicho, la novedad pareciera estar en el simple hecho de ser los nuevos, pero no en sus propuestas de enganche, en la agenda temática o formas de hacer política y rendir cuentas aprovechando las nuevas tecnologías y espacios de conexión con potenciales electores. Hay discurso, pero poco novedoso; no se ve nada que indique claramente cómo van a romper con las prácticas y esquemas tradicionales una vez estén en la movida política. En el fondo, ¿más de lo mismo?

También es cierto que hacer política no se reduce a partidos y movimientos. Existen muchos otros caminos, incluido el trabajo cercano con las comunidades, que pareciera ser el que quieren seguir para ganar espacio y votos en una eventual Constituyente, en vez de desgastarse en obtener más curules en la lamentable vitrina del Congreso, que además le puede aportar a su descrédito, aunque las Farc ya registran 18% de aceptación. 

¿Un nuevo partido será el gran éxito del proceso de desarme? Claro, el primer logro real será que puedan jugar en la democracia conservando intacto el pellejo. Aunque crucial a corto plazo, tener un partido es muy básico, como señala el reciente estudio de la Fundación Berghof y la UNDP sobre “La transformación política de los grupos armados”, en el cual miran qué se puede considerar como un cambio exitoso, a partir de casos estudiados en el mundo.

El éxito no se reduce a entrar a la mecánica electoral –que es el nivel primario en el que se ha quedado la política colombiana, en general- sino en lograr un partido o movimiento democrático internamente, con contenidos programáticos que refleje nuna real evolución del discurso y metas que tenían como grupo armado, capaz de reconocer y convivir con los cambios sociales, culturales y económicos que sí han sucedido. No es la misma carreta pero sin armas.

Las Farc, a la que muchos le ven en su estructura jerárquica una fortaleza electoral (en paralelo al caudillismo del Centro Democrático o al voto amarrado por la fe de los cristianos), puede tener ahí mismo su peor enemigo. Su espejo está en los partidos tradicionales que se alzan sobre una estructura de liderazgo vieja y una cultura política anquilosada que no basta maquillar con directivos o líderes sub-50.

En el mundo pasa algo similar. Las elecciones en Estados Unidos, el Brexit, la crisis en la política española y en general en todos los partidos tradicionales de Europa y el hemisferio occidental, evidencian desencanto, descrédito y mucho cansancio.  De ahí las palizas electorales, el fracaso de las encuestas, la pregunta por la utilidad de los partidos políticos cuando los cambios sociales y las nuevas formas de movilización se dan con mayor frecuencia a contrapelo de esas estructuras rígidas. En tuitear, hacer streaming y tener una vitrina digital no está el cambio.

Pero por algún lado tienen que empezar, así sea entrando al Titanicpor la salida de emergencia.

* @Polymarti

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