Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/08/15 21:11

El precio de la historia

Desde hace días tengo dos historias cruzadas en la cabeza: la de Hiroshima y la de la violencia de las FARC-EP. Las dos han dado titulares y debates en las últimas semanas.

Poly Martínez.

Años y kilómetros nos separan de ese horror-flash, pero la reflexión sobre la manera de narrar u omitir  la historia nos vincula hoy. Hace 69 años, uno después del lanzamiento de la bomba, el corresponsal de guerra John Hersey llega a Japón para asomarse a la realidad, que hasta ese momento había sido narrada por el discurso oficial, con énfasis en lo militar-estratégico y científico: sin rostro humano. Hersey revive a Hiroshima y a través de las voces de las víctimas, el enemigo (los japoneses sobrevivientes) adquiere rostro, piel y dolor, hasta encarnar la devastación ante la opinión pública de Estados Unidos y el mundo.

Por esos mismos días, Semana publicó historias de las víctimas sexuales de las FARC-EP, que incluyen civiles y mujeres de sus propias filas, sumando así páginas de horror a ese expediente que otros medios de comunicación, la academia y las autoridades han ido construyendo. Una vez más, gracias a estas narraciones las víctimas recuperan rostro, voz, presencia de carne y hueso.

El relato oficial-militar de las Farc-EP se estrella cada vez más contra esa realidad que no ha querido reconocer: la de los excesos de poder y el desmadre de violencia armada que por décadas han dejado al paso sus frentes. El pasado 1 de agosto ‘Pablo Catatumbo’ (Jorge Torres Victoria) rechazó, a nombre del grupo armado, las acusaciones de “violación sistemática de los derechos de las mujeres”, desenfundó argumentos de “campaña de desprestigio” y fue cuidadoso en usar términos que puedan arroparles jurídicamente la espalda, para finalmente capotear el asunto con la propuesta de crear una comisión independiente que estudie el tema. Hacen lo posible por desmarcarse de su sombra: imposible.

El cuento es otro: las FARC-EP tienen que recomponer lo sucedido en estos últimos 50 años diciéndose unas cuantas verdades, sin escudarse en su propio credo; escuchando y validando el relato de las víctimas –incluido el de personas de sus filas- e incorporándolo a su historia, que hace parte de la triste historia de todos nosotros. Porque las FARC-EP también tienen una versión oficial amañada, también abusan de la justificación teórica, también se escudan en los horrores y excesos del Estado contra los militantes de la izquierda política para sacarle el cuerpo a ese cuentagotas de violencia que llevaron a muchas zonas; también tienen prensa, proselitismo y medios que reproducen su mitología y también arman campañas de desprestigio o franca persecución.

Cualquiera que se pregunte cuál es el legado de las FARC-EP tras 50 años de trajín, qué le dejan construido a las comunidades bajo su mira y mando, creo que se queda patinando mentalmente y en silencio, recalculando.

Tal vez un sano legado, en el marco de una comisión de la verdad, sería que ese grupo guerrillero se dijera internamente las verdades, de manera abierta y sin retaliaciones. De ahí pronunciarlas ante la sociedad, pero sin salirse por las ramas y justificar sus actos en los de la clase política con su violenta corrupción o excusarlos por cuenta de los paracos y demás pecuecos que ha engendrado y amamantado esta sociedad. Cada niño con su boleta (elenos, vayan sacando papel y lápiz).

Aprovechando el espacio de la justicia transicional, las FARC-EP pueden empezar un proceso de revisionismo para escribir una “historia transicional” que les permita transitar del eterno pasado a este presente.

Ñapa: Fidel Castro ha vuelto a sonar por estos días. Bordeando los 90,  hay que reconocer que ha cumplido casi todos los roles posibles, hasta ser coronado recientemente como profeta por cuenta de declaraciones dadas en 1973: “Estados Unidos vendrá a dialogar con nosotros cuando tenga un presidente negro y haya en el mundo un Papa latinoamericano”. Habemus Papam y embajada.  Entonces, vale recordar que Fidel también ha señalado en privado y desde hace unos años ya públicamente, que una guerrilla que en 40 años o más no se ha tomado el poder –pero además ha secuestrado civiles,  se ha untado de narcotráfico y no cuenta con respaldo popular- es una guerrilla fracasada.

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