Lunes, 23 de enero de 2017

| 2016/04/18 11:36

El arte de renunciar

Ahora, sin necesidad de golpes, los gobiernos caen por su propio peso. Dos ejemplos al alcance de la mano: Dilma Rousseff y Nicolás Maduro, ambos en trance de definir su renuncia a la presidencia.

Poly Martínez.

Renunciar.

La palabra inquieta. Aunque siempre es una opción, la verdad es que se dice rápido  –“Renuncio”- pero no sale tan fácil, en especial  si implica dejar  beneficios,  recursos, capacidad de influencia  y el manejo de los hilos del poder.

Hay todo tipo de renuncias, muy privadas o escandalosamente públicas; por motivos altruistas, religiosos, ideológicos, económicos, físicos o sentimentales. Un rey renunció al trono por un amor, y no hace tanto un Papa y un dictador renunciaron a su poder celestial y  terrenal tras reconocer su incapacidad para seguir a cargo.    

En política renunciar no es lo mismo que perder. La renuncia es una decisión personal que si bien puede estar mediada y hasta forzada por el contexto,  acepta el fin de los escenarios posibles,  reconoce la incapacidad de mantenerse en el juego de las componendas; dice adiós al famoso margen de maniobra, que es el filo por donde caminan los políticos. 

No hablo de  renunciar a un cargo para poderse lanzar a otro;  tampoco del retiro de la actividad pública por desgaste o desencanto, ni me refiero a esas renuncias tibias, siempre latentes entre los funcionarios de alto rango, pero que nunca se cumplen cuando llega la hora de asumir su responsabilidad. Al contrario: los atornillan más al puesto. Digo renunciar por incompetente, por corrupto o porque los resultados de su labor ya no solo afectan  negativamente el desarrollo del país sino la paz social. 

Ahora, sin necesidad de golpes, los gobiernos caen por su propio peso. Dos ejemplos al  alcance de la mano, sin necesidad de Panama Papers  o conspiraciones del imperialismo yanqui: Dilma Rousseff y Nicolás Maduro. Vecinos y ambos en  trance de definir su renuncia a la presidencia.     

El tema principal: la corrupción, que no es nuevo por estos lados  (basta hacer el paseo por los  gobiernos caídos o renunciados en la región en los últimos 15 o 20 años)  y menos en Venezuela y Brasil, donde ya fueron juzgados por malversación de fondos Carlos Andrés Pérez  y  Fernando Collor de Mello,  paradójicamente dos presidentes que simbolizan todo lo que rechazan el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Partido de los Trabajadores. Pero como en política todo es posible, hoy Collor de Mello es senador y en sus manos estaría la decisión del impeachment contra Rousseff. 

Lo que sí es innovador en los casos recientes es la movilización ciudadana. Esto antes no sucedía así. Frente a las dictaduras, las democracias con todas sus imperfecciones parecían inmunes a tanta polarización;  los partidos recibían factura en las siguientes elecciones  - si acaso- y flotaba en el ambiente cierta resignación.

Pero parece que ya no. El escenario de una renuncia para evitar el juicio o el desplome de lo que queda de país aviva la polarización y el riesgo de violencia política.  Ahí va caminando el caso brasileño, cada día más crispado  por cuenta del juicio a Dilma Rousseff. A tal punto ha llegado que este fin de semana dispusieron separar a los manifestantes con  vallas metálicas. En Venezuela las movilizaciones  se  hacen de forma tal que el rojo chavista y el tricolor-blanco de la oposición no confluyan en una misma avenida, no coincidan en la hora o, mejor aún, en la fecha.

El otro detalle de renunciar está en el cuándo, cosa más difícil que redactar el borrador del mensaje histórico al Senado o a quien corresponda.  Adelantar la hora y disminuir la semana laboral en Venezuela más que solucionar la profunda quiebra nacional, le reduce  el tiempo a Maduro.  Cada día adicional que permanezca le resta legitimidad al chavismo entre sus propios seguidores y da aire a sus antagonistas. Por eso no sería raro que el piso se lo mueva su propio partido, que no quiere perder el poder y ve como desde adentro, sin necesidad de escuálidos ni pelucones, ha generado su propia ruina.  Por eso hay que abrirle una ventana de salida a Maduro,  algo que ya hizo diplomáticamente Cuba al otorgarle la máxima condecoración posible, la “José Martí”, justo en vísperas de que llegara Obama.  Medalla en mano, le dio certificado de defunción política y lo despachó.

Renunciar tiene un costo, pero no hacerlo no lo reduce.  En nuestro caso,  la Cámara absolvió a Samper y  renunciar habría sido aceptar lo inadmisible y la ruina moral; permanecer tuvo un tremendo impacto en la gobernabilidad, generó división y dejó una herida que aún no ha sanado. El proyecto político y social samperista se acabó y hoy el ex presidente anda dando vueltas por el barrio, trabaja en  “la mitad del mundo”,  es decir en los extra muros de la política nacional. Kaput.

El dilema de Dilma no se resuelve  en un fin de semana. Aún le queda un tramo por recorrer,  que en el peor de los escenarios podría ser de seis meses, tiempo para las alianzas o afinar la carta  si decide retirarse.  Más allá de la decisión  de la Cámara de Diputados, el juicio político seguirá activo en la calle porque la fractura entre seguidores y opositores es cada vez más  grande.  A Rousseff  no solo le cuestionan las maniobras contables con recursos públicos para lograr su reelección en 2014, sino que le quieren entregar la cuenta del PT, Lula da Silva y la tajada que le pueda corresponder en la  faena de corrupción vía Petrobras  y Odebrecht.  Alegar conspiraciones de terceros ya no alcanza para atajar esa bola de nieve que dejará una mancha indeleble para el futuro  del  PT y su modelo que gobierno de izquierda que hizo suspirar a muchos.   

En la vida, dicen,  lo que la gente recuerda es la manera como todo empezó y la forma como todo terminó. El mientras tanto, que puede ser largo o muy corto, pareciera encapsularse entre esos dos puntos: principio y fin.  Ese principio aplica para casi todo, relaciones,  deportes y trabajo. También para los gobiernos.

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