Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2015/08/28 10:12

Al límite

Nadie se atreve a decirlo en este momento y en voz alta, aunque lo empiezan a conversar por la sombrita: lo mejor para Cúcuta y su área metropolitana es que la frontera se quede cerrada.

Poly Martínez.

El país mira indignado -y ahora más preocupado- la forma como cientos de colombianos fueron lanzados de Venezuela y repatriados a una miseria en la que nadie quiere que vivan por diversos motivos: por su dignidad humana; porque la ciudad y los municipios no tienen capacidad e infraestructura para absorber la carga de esta nueva población permanente (hasta hace pocos días, itinerante); porque con un millón de habitantes aproximadamente, 16% de desempleo y 70% de economía informal, las opciones de trabajo y futuro son pocas para los que volvieron y los que seguirán llegando obligados por las circunstancias.

Lo otro que los cucuteños no se atreven a decir -por solidaridad y por temor a ser tildados de "xenófobos"- es que quieren que los repatriados de otras zonas del país regresen a sus ciudades, que tomen el bus y la oferta del gobierno de darles $250.000 de apoyo y trabajo temporal en otro lado y no en una región que ha recibido ya 66 mil desplazados de toda clase, incluidos los malandros venezolanos que hoy atracan en Cúcuta. Y temen, con razón, que lleguen más a aprovecharse de los subsidios.

Cúcuta y toda la región puede ser maravillosa, pero no tiene mucho qué ofrecer a cambio de informalidad. Hay muy poca industria que contrate mano de obra, poco desarrollo de infraestructura, insuficiente emprendimiento u oferta empresarial. A pesar de la reciente zona franca –subutilizada– o de las Zonas Especiales de Exportación, las cosas no se mueven, como tampoco el carbón, atascado en la frontera, apilándose y poniendo en riesgo a 700 familias que dependen de ese renglón minero.

La informalidad es una forma de vida. Lo aceptan todos con los que he hablado aquí. Compran a mitad de precio o a un tercio menor;  el eslogan de colombiano compra colombiano, en este lado no aplica: la canasta familiar básica es bastante venezolana. Hasta hoy, nada falta, algunos precios han aumentado por la restricción a la oferta, pero los productos están a la mano.

Los pimpineros siguen ganando en las esquinas pues la gasolina se la compran los interesados para ahorrarse la cola en la estación. Hoy la diferencia es que compran gasolina colombiana subsidiada por Colombia y se la venden más cara a los colombianos: el carrusel lo hacen de todas formas. Y a nadie le importa el riesgo de seguridad de andar entre bidones de combustible (para el enjambre de motos y carros hay menos de 20 estaciones de servicio en toda la zona metropolitana).

El cierre empieza a ser positivo para algunos productores, como los de carne, pues no tienen que competir hoy con la que llegaba contrabandeada en asquerosas condiciones de higiene: Cúcuta es una ciudad que consume unas 400 reses de ganado al día, y los mataderos locales, antes de esta crisis, sacrificaban 30, en promedio.

La tensión sigue creciendo por cuenta de las vociferaciones mediáticas y arbitrariedades del peluquín de allá, y los que piden "sangre" diplomática y aumentar el volumen del megáfono, acá. La peligrosa y repetida comedia se puede volver tragedia si nos quedamos con las fotos y videos del drama humano y no se le mete muela a la real situación económica y debilidad institucional en esta frontera, en todas las fronteras. El gobierno colombiano y las instituciones, aunque advertidas, siempre llegan tarde.

Del lado de acá, contrabando; del lado de allá, corrupción ( la costosa  peleíta entre la Guardia Nacional y el ejército). Elecciones en toda la región. Enerve y mayor tensión en cada orilla. Todos los ingredientes están puestos sobre la mesa: venezolanos y colombianos. Ojalá el gobierno colombiano haga algo más concreto y de largo plazo en la región en vez de dejarse llevar por las corrientes cruzadas del Táchira; hay mucho interesado en pescar en ese río revuelto.

Cúcuta, agosto 27.

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