Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/10/10 22:00

La vida en metro y medio

Metro y medio: esa es la distancia mínima que debe haber entre un ciclista y un vehículo que lo sobrepasa; en metro y medio cabe una vida, toda la vida.

La vida en metro y medio

A veces se siente tan cerca pero tan cerca que hay que concentrarse bien para no caer del susto. Es un animal grande que se aproxima por el hombro izquierdo. Suena, acosa, empuja. Respira en la nuca. No hay forma de calcular bien si esa va a ser la vencida, solo se piensa en la vía de escape, en el salto al vacío, en no perder el pulso o el paso y caer antes de tiempo. No se ve ni hay espacio para mirar atrás. Los oídos y un algo en la base de la nuca aprenden a calcular el peso, la carga y casi el gesto del atacante; se dispara un fino sensor. Hasta que pasa rozando, sin pedir permiso o perdón: parece no importarle nada.

Como muchos otros ciclistas y atletas, he padecido situaciones límite mientras entreno por la sabana de Bogotá. Me han sacado de la vía camiones de esos que llevan o recogen cemento en la ruta La Calera-Guatavita; tractomulas inmensas me han puesto a pedalear al filo de la carretera subiendo de Villeta, y he visto auxiliares de flotas –esos que van colgados de la puerta delantera– dar patadas a los ciclistas que los incomodan para empujarlos fuera de la estrecha vía que va de Briceño a Tocancipá. Puños, insultos y amorosos padres de familia que en el paseo dominguero le arrean la madre y el carro a los que ruedan a un lado de la vía y unos metros más adelante, completan el panorama. Buses y colectivos, camiones de estacas, carro-tanques de leche, camiones de gaseosas, cerveza o de entrega depaquetes y correo hacen parte de estos depredadores.

Los ciclistas, como los suricatos, nos movemos en grupo para hacer bulto y disuadir; conseguimos carros que nos cuidan la espalda o contratamos motociclistas de avanzada que anuncien cruces peligrosos. Así no lo crean los automovilistas, pagamos impuestos, somos ciudadanos que contaminamos menos y tenemos el mismo derecho a usar las vías, aunque por el terreno o mal diseño de las mismas, incomodemos. Es muy cierto también que podemos ser imprudentes, alzados y confiados. Además de zigzaguear entre los carros en la ciudad, en las carreteras a veces nos salimos de la berma (en las pocas vías que tienen), rompemos la doble fila india para avanzar más desordenadamente y pasamos de usar las señales de tránsito que nos corresponden. Pero con todo y todo, en la ruta somos más vulnerables.

Tan vulnerables como Mariana Guerrero, la joven patinadora que fue atropellada el pasado fin de semana por un camión en la vía a Subachoque. Nos enteramos por las noticias, pues era una deportista destacada, pero casos similares hay siempre en exceso y como no son visibles ni están registrados, son de difícil seguimiento. La poca estadística que encontré, además de desactualizada, habla de que en Colombia cada 85 minutos alguien muere en un accidente de tránsito, y que el 50% de los muertos corresponde a peatones, ciclistas y motociclistas. La estadística de ciclistas muertos en accidentes en el país es mayor al número de fatalidades entre conductores y pasajeros de carros o buses o camiones.

No me quiero quedar en la “quejatón” ni rumiando el malestar con otros amigos ciclistas pues no conduce muy lejos ese camino. Llevo ya un buen tiempo pensando en cómo aportar al cuidado de las vidas y de las vías en el la sabana de Bogotá, a partir de una idea que se puede –ojalá– replicar por todo el país: convocar a empresas como Alpina, Bavaria, Coca-Cola, La Alquería, Postobón, Colanta, Servientrega y Cemex, para empezar, y aprovechar que sus camiones son vallas ambulantes para que, en la parte trasera de los inmensos vehículos –normalmente zonas grises que preguntan “¿cómo conduzco?”, como si el conductor que lee el número de teléfono pudiera marcar y manejar al mismo tiempo– monten la campaña de “La vida en 1.5 metros”. La exitosa idea es original de la Asociación de Ciclistas de España, donde de manera similar se ha hecho muchísima pedagogía y las grandes empresas de consumo la han paseado por todas partes.

Una misma campaña para todos, que ya avanza de la mano de Fantástica, la estupenda y ganadora agencia de publicidad que está lista a entregarla para uso masivo, como parte de su responsabilidad social. Entonces, cada empresa se encargaría de tatuar en sus vehículos el mensaje como un permanente llamado a respetar la vida y la vía tanto por parte de los conductores y como de los ciclistas; y ese mismo mensaje darlo en las facturas o en volantes que entreguen tiendas de carros y bicicletas; en la información que reparten en los peajes y dan la Policía de Tránsito y de Carreteras. Porque hablar tanto de la importancia de la bici como vehículo, echar cuentos sobre el fortalecimiento de ciclo rutas hoy tan difíciles de transitar, y promover el día sin carro o alabar a nuestras estrellas del ciclismo sin cuidar a los cientos de miles de ciclistas del país, realmente termina siendo un poco de carreta.

Metro y medio: esa es la distancia mínima que debe haber entre un ciclista y un vehículo que lo sobrepasa; en metro y medio cabe una vida, toda la vida. El mismo metro y medio que cavado es más que suficiente para alojar la muerte.

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