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Opinión

  • | 2016/11/22 08:53

    La palabra del daño

    Al paso que vamos, ni paz ni posacuerdo o posconflicto serán las palabras del año para los colombianos. La palabra que define nuestro ambiente político y social de 2016 es posverdad.

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La elección de “post-truth” como la palabra en inglés de 2016 fue hecha por los editores de los Diccionarios Oxford de ambas orillas del Atlántico, pues tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos su uso ha sido sustantivo a la hora de tratar de entender y explicar cómo fueron posibles las votaciones que marcaron un tremendo cambio –no necesariamente para mejor- en ambos países: la salida del Reino Unido de la Unión Europea y la elección de Trump como presidente de Estados Unidos.

En nuestro caso, con o sin traducción, es la palabra que aplica. No hace falta esperar la que seleccione del español la Fundeú BBVA ni a su anuncio el próximo 30 de diciembre: cualquier otra se quedará corta, casi muda, frente a los dichos que movieron los hechos de Colombia este año.

La posverdad se refiere a un entorno en el cual el debate político deja de lado los hechos de la realidad, los argumentos, para mover a la gente a punta de emoción, de efectismo; la política es más que nunca una puesta en escena, gestos, fotos, agua sucia, trapitos al sol. Y la política colombiana cayó en el esquema, con exponentes destacados como el gerente de la campaña de No, el ex procurador y los líderes cristianos que inventaron cuanta barbaridad bíblica o profana fuera necesaria para sacar provecho electoral.

Así es como la posverdad se ha ido tomando nuestra cotidianidad, especialmente en el segundo semestre del año. Se moviliza a las personas no con datos concretos, no con cifras o propuestas estructuradas sino con percepciones, sentires, sensaciones, calentándoles el oído y el ánimo hasta llevarlas a la indignación, manipular sus reacciones y sus votos. Es lo que hizo Trump en las elecciones de Estados Unidos, cosa que nos resulta evidente desde lejos pero que nos cuesta ver en nuestra propia contienda política por cuenta de esa tremenda viga que tenemos atravesada en los ojos.

El modelo sigue operando hoy. Ahora dicen que aún tienen “dudas importantes” sobre el tema del enfoque de género, o hablan de “cambios cosméticos”, o afirman que el acuerdo de paz es antidemocrático, así no más y sin mencionar que la versión original fue el resultado de una amplia consulta con diferentes sectores de la sociedad, y el nuevo acuerdo incluye ajustes con las propuestas aportadas por los líderes del No.

Eso es ya un exceso, que además se brinca varios hechos, entre ellos que la mayoría de la población colombiana no es cristiana, que hubo 6.377.482 votos a favor del Sí, que los derechos constitucionales de todos los colombianos no pueden quedar supeditados a las creencias de un grupo, sea cual sea, y cubren a la población, independientemente de cualquier condición. Que hubiera perdido el Sí en el plebiscito no significa que los ciudadanos que lo votaron afirmativamente o los que se abstuvieron perdieran sus derechos, como parecería ser el deseo profundo de los furibundos del No.

En realidad, eso de la posverdad es simplemente una palabra que acuña en versión actual una práctica tan vieja como la humanidad: manipular. Hoy la diferencia está en que es más rápido gracias al mundo digital y su capacidad de armar comunidades, conectarlas y lograr que sus emociones y sentires se encuentren en la red y parezcan realidad. Como sucede desde hace siglos, las ideologías y creencias religiosas a veces pueden pesar más, así existan hechos puros y duros que expliquen un suceso. El que mejor monte ese caballo gana la batalla.

Ahora tenemos una ilusión de democracia informativa por cuenta del internet. Pero a pesar del mayor acceso a información ponderada, a pesar del entrenamiento digital y la habilidad de las personas para encontrar la información de su interés, a pesar de una supuesta opinión pública más educada, queda la sensación de una mayor ignorancia, de una marcada incapacidad para analizar los datos, cruzar información y separarla de tanta paja.

Es más fácil entregarle a otro la explicación, irse con el culebrero de turno y quedarnos con lo que dice, con lo que nos manda sentir, sea indignación, rabia o ilusión extrema. A sabiendas, preferimos el engaño. Es ahí donde está el gran daño de la posverdad.

* @Polymarti en Twitter

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