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Opinión

  • | 2016/04/25 09:53

    ¿Qué va a hacer Xiomara?

    “Lo que no vamos a hacer es salir a jornalear…”. Leí esa sentencia y salté: pero… ¿y qué cree que hacemos la mayoría de los colombianos diariamente? ¡Pues cada cual en su campo, jornalear!

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Llevo casi una semana alegando con Xiomara. Debates mentales, conversaciones con amigos expertos, lectura de documentos y repaso de información de varios medios. Revisé entrevistas con el MinPost Rafael Pardo; releí el “Acuerdo general” de La Habana, de ahí pasé al borrador no-acordado-hasta-que-todo-esté-sobre la  “Reforma rural integral”. Todo eso para entender las opciones.

Listo, no va a jornalear. ¿Entonces qué va a hacer?

Xiomara Martínez tiene 29 años, es guerrillera desde los 12, está alistada en el Bloque Jorge Briceño de las Farc, le gusta la política, no se va a encerrar en una cocina ni va a echar raíces en faenas de campo; tiene poca escolaridad formal y una alta expectativa sobre un fondo de plata que “debe sostener al partido”, es decir las necesidades de todos sus miembros, ella incluida.

Jornalear es ganarse el sustento diario, que en el campo significa buscar un finquero que le dé trabajo, sin prestaciones o seguridad social alguna; lo que en las ciudades se llama rebusque, por cuenta propia o informalidad,  ese otro mundo del cual muchos también quieren huir a como dé lugar, aunque le da oficio al 47% de los ocupados en Colombia.

Pero Xiomara, como varios de sus compañeros encerrados por años en el monte, quiere otros horizontes, similares a los que buscan muchos jóvenes de zonas rurales porque en el campo son muy superiores las necesidades básicas insatisfechas. Para resumirlo: un 65% de pobreza y 33% de indigencia. Por eso no hay relevo generacional en el campo.

Visto así, nada de jornalear, aunque el desempleo rural es menor al de las ciudades y, además, se ha reducido paulatinamente en la última década (2007 de 9% y hoy, 5.9%). ¿Entonces cuál podría ser la hoja de ruta para el futuro de Xiomara? En el reportaje “Los últimos días de la guerra”, publicado hace ocho días por  Semana, ella alcanza a transmitir convicción allí donde a mi lo único que me surgen son preguntas sobre cómo va a resolver el Estado este tránsito masivo de guerrilleros, y no me refiero al de la comandancia alojada en La Habana. Dudas aún sin respuesta concreta.


Si el Acuerdo se hubiera firmado el 23 de marzo, estaríamos celebrando el primer mes y descontando tiempo en el proceso de desmovilización y entrega de armas. ¿Cómo sería hoy el panorama para Xiomara?

El ministro Pardo aseguró que lo que se pretende no son beneficios para los desmovilizados  -¿nada del cuentagotas de los 34 mil reinsertados, tampoco taxi por fusil o versión similar de cambis cambeo?-, sino que la inversión del inmediato y mediano plazo responda al principio de que “un país en posconflicto es un país en el cual todo el mundo está en las mismas condiciones de oportunidad”.

Pero eso es un decir. Las capacidades de Xiomara para su nueva vida pueden ser las menos adecuadas para alcanzar esa oportunidad.  Ella está muy condicionada. De manera realista, no basta con que el Estado le dé el chance y seis meses iniciales de beneficios económicos, como lo dicta la política de reincorporación. También es necesario que Xiomara, además de ganas e ilusiones,  tenga con qué. Imaginando el mejor de los escenarios posibles, uno sin retaliaciones, con acceso a recursos y formación, ¿en el corto o mediano plazo, de verdad, qué caminos tiene?

Tanto en el especial de Semana sobre las Farc-EP, como en el de Verdad Abierta – reportajes oportunos, necesarios y hechos casi al mismo tiempo pero en zonas opuestas- se lee y oye un lenguaje más reposado, literalmente, pero también se alcanza a sentir tensión. La procesión va por dentro.

 A estas alturas del proceso, donde lo que se busca es enganchar a la gente, guerrilla incluida, y terminar, tal vez el esfuerzo que más beneficios puede aportar es el de ajustar las expectativas. Sin proponérselo, la demora en las negociaciones sirve para ese urgente chequeo de la realidad que todos necesitamos, uno que mire bueno, regular y malo. Porque, pensando en pasado mañana, ¿cuál puede ser el grado de desilusión de Xiomara? Y, una vez desencantada y para nada dispuesta a jornalear, ¿qué oficio le va a poner a esa rabia?

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