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Opinión

  • | 2016/10/02 22:21

    Que regrese Melquiades

    La derrota del Sí no es un cheque en blanco o un respaldo a la visión discriminatoria, radical, recalcitrante y retrógrada de varios líderes del No; a la imposición de una visión estática de la sociedad.

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Mudos. Como un baldado de agua cayeron los resultados del plebiscito. Todos perdimos porque la reconciliación será más difícil, porque a los habitantes de Bojayá  -que en un 95.6% votaron por el Sí- no les quedará fácil entender este rechazo a su dolor y a su perdón.

Ganó el No, pero no barrió y eso no es menor. Claro, de haber logrado el triunfo el Sí con un margen igualmente estrecho la división sería similar y un acercamiento como nación, tal vez más difícil de lograr. Aguas tibias: ni un rotundo Sí, pero tampoco un rotundo No.

Por eso, para quienes se declaran triunfantes, este no es el momento de celebrar, y a los que hoy nos sentimos desconcertados tampoco nos corresponde llorar. El margen de diferencia entre el Sí y el No en el plebiscito no es un triunfo para ninguno: es evidencia de la fractura que vive Colombia  y un llamado urgente a pensar en serio, sin cálculo electoral, lo que vamos a hacer como país.

Porque los temas clave, como el desarrollo agrario, el reconocimiento y real atención a las víctimas, y la efectiva presencia del Estado y de la sociedad civil en las zonas más afectadas y relegadas por la guerra y la desigualdad (también presentes en las principales ciudades del país), no da espera: ese vacío lo llena la corrupción, que es la madre de todas las violencias.

Abrimos otro capítulo. Salen los negociadores para La Habana, las Farc reafirman su compromiso con la paz y se mantiene el cese al fuego bilateral. El presidente Santos, con serenidad a pesar de la derrota, convoca a todos las fuerzas políticas para ver cómo logra recomponer y avanzar. ¿Y que tienen para ofrecer a favor, en concreto y teniendo en cuenta que medio país votó el Sí, los líderes del No?

Este resultado también puede ser producto del desenganche y cansancio con la polarización, que en las urnas se refleja en una inmensa abstención, la más alta en 22 años. Esa es otra realidad que requiere atención urgente tanto por los del Sí como por los del No: la desidia, la pereza o la ignorancia sobre la realidad del país y lo que a cada cual le corresponde quedó visible. Ya sabemos qué piensan los 12.800.000 colombianos que votaron divididos. Pero, ¿y los otros 22 millones de potenciales votantes? A esa Colombia silenciosa, desentendida, que no se siente parte de su propio destino, ninguno la representa.  

Y hay un detalle que parece secundario en este momento, pero es crucial pensando en el futuro y la unidad de los colombianos a la hora de avanzar: la derrota del Sí no es un cheque en blanco o un respaldo a la visión discriminatoria, radical, recalcitrante y retrógrada de varios líderes del No. Me refiero a la pretendida limitación de  los derechos ciudadanos por cuestión de sexo –y preferencia sexual-, raza, religión, creencia política o religiosa; hablo de la imposición de una visión estática de la sociedad, que en este último año entrelazaron hábilmente al debate en torno a los Acuerdos, haciendo parecer que todo hacía parte de un mismo costal.

En este punto y hora, con todos los cartuchos puestos a favor de avanzar, no nos podemos quedar enterrados, enfangados, patinando sobre la misma huella, repitiendo los pasos sin desandar el dolor y las distancia entre la Colombia moderna y la del pasado guerrerista.

Paradójicamente, son las víctimas  - las que salieron de todos los rincones del país e hicieron sentir su voz, repasaron su dolor y nos lo ofrecieron de espejo -, las que de antemano nos dieron una lección de resiliencia que nos corresponde honrar y poner en práctica hoy. Admirable su generosidad, su dignidad y su capacidad de encontrar nuevos caminos para avanzar.

Hay un arte japonés, el Kintsugi, que repara las vasijas rotas y une los pedazos de cerámica con oro. Así surge un objeto nuevo que no esconde las heridas y se hace más bello al resaltar cicatrices. Con esa alquimia, lo que parecía descartable se hace único e irremplazable. ¿En qué andará el viejo Melquiades?

* @Polymarti

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