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Opinión

  • | 2017/02/13 11:26

    Dolores de espalda

    En Colombia tenemos un tema con la espalda. Por ejemplo, ante la fortuna express de algunos emprendedores urbanísticos, gurús financieros o agroindustriales, empresarios de la salud o sencillos funcionarios públicos de alcaldías, gobernaciones o institutos de infraestructura, se dice que tienen buena espalda para los negocios y las relaciones.

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Está también eso de dar un espaldarazo, como el que le dio el gabinete al presidente Santos. Casos así, de todos a una, a veces suceden, aunque cada vez menos –si lo sabrá hoy Óscar Iván Zuluaga, el candidato en veremos- porque en estos tiempos de dudas, prementiras y posverdades nadie está tan dispuesto a dar su apoyo a otro, excepto si es un cambio efectivo de avales por votos.

Existe, según el chiflón del momento y para resguardarse de cualquier torcedura, un juego de espaldas donde a veces se ofrece, a veces se cubre. Por ejemplo, Vargas Lleras, fórmula vicepresidencial que aportó su dote política al matrimonio por conveniencia, esta semana aclaró que una cosa es haber sido socio en el negocio electoral y otra muy diferente ser el espaldero de las finanzas de la campaña de reelección presidencial. Por eso un día se desmarca de los cuestionamientos por corrupción y al otro día respalda con su firma al presidente. Esa flexibilidad de espalda es su sello: en un momento rígida y distante, como en tiempos de las negociaciones con las Farc; en otro, dúctil para inclinarse cientos de veces a cortar cintas a lo largo de ese eterno periplo nacional de entregar casas, vías o infraestructura.

Hasta no hace mucho el país urbano le daba la espalda a la guerra. Ahora, después del violento enfrentamiento político por los Acuerdos, le da la espalda a la paz. Hay más de seis mil guerrilleros concentrados, cambiando armas por alfabetización, teteros y la posibilidad de integrarse a esta sociedad –lo que Colombia pidió por décadas- pero ahora que están aquí, damos media vuelta para embolatarnos con la crisis y el escándalo de turno. La paz es un territorio que no sabemos - ¿o no queremos?- habitar.

A propósito, el Procurador dijo que el humo de la guerra nos tapaba los ojos y no podíamos ver la corrupción. Poética la imagen, pero flojo el argumento. En esta sociedad la hemos visto, conocido y aprovechado de distintas formas y le hemos vuelto la espalda. Incluida la Justicia que, a pesar de las denuncias recibidas, muchas veces ha preferido hacerse la de la vista vendada y jugar a la tapada con los grandes poderes económicos, mafiosos y políticos del país.

Y queda el famoso “a mis espaldas”. La verdad es que a los políticos, funcionarios públicos, candidatos, banqueros, empresarios, delincuentes de cuello blanco, presidentes, dirigentes deportivos o sacerdotes de cualquier credo no les suceden las cosas a sus espaldas. Lo que sí sucede es que le dan la espalda a sus responsabilidades.

Siempre terminamos dándole la espalda a los asuntos importantes, esos que van más allá del interés personal y requieren hablar de frente y asumir las consecuencias. Dar la espalda es más conveniente y sutil porque es una forma de estar sin dar la cara; es la manera más displicente de tratar a una persona, de manipular a una comunidad que busca soluciones, de evadir a un país que cuestiona la calidad de dirigencia que tiene.

Un país político que vive de espaldas al país real; un país urbano que da la espalda al país rural; un país económico que da la espalda a las inequidades que padecen millones; una sociedad hipócrita que se persigna cuando pasa frente a una iglesia pero permite que sacerdotes y jerarcas se cubran las espaldas. Colombia, aferrada a esquemas del pasado le da la espalda al futuro.


@Polymarti

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