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Opinión

  • | 2007/11/24 00:00

    A ponerse las alpargatas, que empezò el joropo

    El presidente uribe estaba dispuesto a tragarse el sapo, si las gestiones hubieran sido exitosas. Pero no lo fueron

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Era previsible que la Casa de Nariño le pusiera el tatequieto a la gestión de Piedad Córdoba y Hugo Chávez para el canje. Porque canje, no intercambio "humanitario", es lo que se ha propuesto para buscar la salida de los rehenes en manos de las Farc a cambio de la libertad de sus guerrilleros detenidos. Lo que manda el derecho internacional humanitario es la liberación inmediata, unilateral y sin condiciones, de todos los rehenes. Lo demás son recursos para darle fachada aceptable a lo que en el fondo todos sabemos: el intercambio no es cosa distinta que ceder al chantaje de quien tiene a los secuestrados, en aras de preservarles su vida y conseguir su libertad. Punto.

Pero en esas estamos y por esas Uribe se montó en un potro imposible. Como se advirtió en su momento y el Presidente reconoció el jueves, no midió los riesgos que suponía enganchar para semejante tarea a una senadora que lo había tachado en México de paramilitar, y a Chávez, que no se destaca por su ponderación y su prudencia. Tanto es el afán por conseguir la liberación de los rehenes y tanta la presión interna e internacional, que Uribe decidió confiar en los dos personajes.

Y fue la confianza lo que se perdió en el camino. Por un lado, en Bogotá caían mal las declaraciones públicas del Teniente Coronel. Como lo dijera el Alto Comisionado, aquí querían que la tarea se hiciera de manera discreta y silenciosa. Pero eso no convenía a los propósitos publicitarios de Chávez, que hacía evidente su deseo de matar con su gestión dos pájaros de un tiro: mejorar su imagen en Colombia mostrándose caritativo, y afianzarse como líder regional. De paso, dicen las malas lenguas, buscaba que el intercambio fuera el camino para el cese del conflicto armado, sobre la base de que hoy el triunfo de las Farc es imposible y de que mientras que se mantengan en armas, no hay espacio para un triunfo en las urnas de aquellos con quienes tiene simpatía ideológica. Para muchos chavistas, que en Colombia no gobierne la izquierda sólo se explica por la existencia del conflicto armado.

Por el otro, en Palacio veían cómo los espectáculos de Córdoba y Chávez con los comandantes de las Farc abrían a los terroristas un espacio internacional que habían perdido. Los abrazos y la camaradería del Presidente venezolano con Márquez encendieron las alarmas. La foto de Piedad con boina de las Farc y flores en el regazo, junto con los jefes guerrilleros, fue la tapa.

Con todo, el Presidente estaba dispuesto a tragarse el sapo, si las gestiones hubieran sido exitosas. Pero no lo fueron, por mucho que ahora digan que se avanzó de manera sustancial. Si hubo avances, no lo supimos. En cambio sí vimos cómo se establecía como condición nueva el encuentro de Chávez con 'Tirofijo' en el Yarí. Las que estuvieron desparecidas fueron las pruebas de supervivencia, prometidas tantas veces a Sarkozy y a los facilitadores. Nadie entiende que Márquez viaje a Caracas y que Chávez reciba una carta de 'Tirofijo' y en cambio no se entreguen las pruebas, que pueden ser enviadas por correo electrónico. Fue creciendo la sensación de burla.

La gota que desbordó el vaso fue la solicitud de información que le hiciera Chávez al general Montoya. Las Fuerzas Armadas tienen un valor real y simbólico, como garantes de la soberanía de un país: son factor disuasivo de las amenazas externas a la población y al territorio e instrumento para asegurar la vigencia del Estado de Derecho. Que un jefe de Estado llame al comandante del Ejército de una país vecino es un acto inaceptable en el derecho internacional, excepto, claro, que se haga con la autorización expresa de su gobierno. Hasta ahí, la conversación no habría pasado de un terrible error de protocolo que hubiera podido ser atribuible a la precaria condición diplomática del Teniente Coronel. Pero hacerlo tras la advertencia expresa de que no lo hiciera fue un acto de abierto desafío que era imposible dejar pasar. 

Por eso, porque Chávez sabía que no debía hablar con los generales colombianos y porque de tonto no tiene un pelo, hay quienes piensan que en realidad lo que buscaba era medir a Uribe para saber hasta dónde aguantaría. Los más mal pensados creen que quería provocarlo, porque estaba consciente de que su gestión no tendría éxito.

Al final, los motivos no importan. Chávez y Córdoba frustraron una oportunidad de oro para el famoso intercambio. Ahora lo que viene es prepararse para el joropo, porque a Uribe, más temprano que tarde, le cobrarán su decisión de ponerle fin al sainete.
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