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Opinión

  • | 2017/09/21 01:23

    Ponzoña colombiana

    En las planicies herbáceas del Nepal y el Tibet las larvas de muchas polillas son afectadas por un hongo letal que solo crece en la región (Ophiocordyceps sinensis): una vez infectadas, crece en su interior, las mata y acaba produciendo un cuerno que emerge de su cabeza y deja seco y consumido al gusano.

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Para la medicina tradicional china, este pequeño cuerpo reproductivo del hongo es oro, si se vende con todo y gusano, prueba de su origen silvestre: se habla de que un solo ejemplar puede costar 3 o 4 dólares, con lo cual se ha garantizado una industria extractivista en las montañas en la cual los más avezados buscadores, si sobreviven a su propia competencia, reúnen los ingresos para vivir todo el año en la corta temporada que dura el fenómeno.

Por supuesto, el recurso está al borde de la extinción, el conflicto social no se ha hecho esperar y las mafias del “gusano de oro” pululan en medio de la burocracia China y la guerrilla maoísta de las montañas.

En Cuba se puso de moda desde hace algunos años el uso del veneno del escorpión azul como tratamiento milagroso para el cáncer, tanto, que centenares de personas viajan a la isla a buscar sus hipotéticos beneficios, con lo cual la especie sigue la misma ruta a la extinción de la polilla tibetana y hoy es casi imposible encontrarlo en vida silvestre.

La venta de los productos derivados del pobre bicho ya constituye un ingreso importante pese a las advertencias de que probablemente se trata de una gran construcción propagandística, pues se promueve como un “tratamiento homeopático para todo tipo de cáncer”, una especie de santo grial, obviamente inexistente.

Colombia, con su diversidad de escorpiones y afugias de salud, decidió no quedarse atrás y ya está en la ruta de extinguir varias especies ante el efecto, real, que el veneno produce al matar células tumorales… junto con todas las demás.

Los mitos y prácticas alrededor de los tóxicos derivados de especies de flora y fauna silvestres son innumerables y toda cultura ha desarrollado alguna forma de tecnología para aislar las sustancias activas y aplicarlas en diversas formas.

Lucrecia Borgia era experta, dicen, y también contribuyó a innovar con la moda de portar dosis dentro de un anillo, pero esa es otra historia. En nuestro país hay gusanos peludos casi letales al menor roce, las Lonomias, que apenas comienzan a ser investigadas; avispas y hormigas cuya picadura paraliza una persona por un buen rato; serpientes de coral o ranas que fabrican venenos locales imposibles de contrarrestar; arañas mínimas poderosísimas; y centenares de especies marinas cuyas secreciones en casi todos los casos son sustancias químicas extremadamente urticantes, como saben los bañistas cachacos que insisten en meterse al mar en temporada de aguamalas. Todo un arsenal bioquímico…

La mala ciencia y los curanderos que se aprovechan de la inocencia y angustia de la gente acaban con la fuente de lo que podría ser una verdadera revolución farmacéutica: el solo veneno de la rana colombo-ecuatoriana Epipedobates, descifrado y copiado en un laboratorio internacional, genera hoy millones de dólares de regalías a sus productores, aunque sin reconocimiento a la rana ni al ecosistema que la parió.

Hay que confiar y promover la investigación de los venenos de nuestras especies con los parámetros de la bioquímica y la farmacia contemporáneas, o corremos el riesgo de exterminar nuestra biodiversidad con brujería y malas prácticas antes incluso de conocer y desarrollar su potencial: ese es el drama de una sociedad ávida de respuestas para sus problemas de salud, pobre en inversiones en investigación, pero rica en ciudadanos ponzoñosos…

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