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Opinión

  • | 2013/11/15 00:00

    La trampa de la popularidad

    En las democracias contemporáneas no existe una correlación entre la calidad de la acción estatal y la popularidad de los gobernantes.

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Para nadie es un secreto que la calidad de un gobierno no necesariamente coincide con sus niveles de popularidad. Muchos jefes de Estado y de gobierno mediocres –e incluso asesinos- contaron en su momento con el apoyo de las mayorías: Hitler, Mussolini y Stalin son ejemplos históricos relativamente lejanos; Chávez, Mubarak y Berlusconi son ejemplos más recientes de delirio colectivo expresado tanto en las urnas como en las encuestas.

Lo primero que hay que entender para develar la trampa de la “opinión pública” en las democracias contemporáneas es que no existe una correlación entre la calidad de la acción estatal y la popularidad de los gobernantes: tanto pésimos gobiernos pueden gozar del favor popular como excelentes gestiones estar huérfanas de él. En este contexto, la popularidad de los presidentes depende fundamentalmente de tres variables:

1. La simpatía u hostilidad del aparato mediático masivo, sea este privado, mixto o público, hacia el presidente. Este es el factor más importante porque los medios, al ser el principal insumo con que el ciudadano promedio cuenta para evaluar en términos medianamente racionales la calidad de los gobiernos, construyen en mayor medida el imaginario colectivo que determina la popularidad de los presidentes. Por esta razón, en Latinoamérica ya existen modelos de captura y censura frontal de los medios por parte del gobierno en Venezuela y Ecuador, mientras en otros países aún se utilizan mecanismos más sutiles de contubernio entre los medios y el Estado.

2. Los aciertos o errores del equipo de comunicaciones en el manejo de la imagen del presidente. Algunas malas salidas de Juan Manuel Santos sirven de ejemplo: “El tal paro nacional agrario no existe”, “la crisis del agro es un cáncer que hizo metástasis en mi gobierno”, “Pacho Santos tiene sida en el alma” (luego les ofreció disculpas a los enfermos de VIH), entre otras equivocaciones ilustran muy bien esta idea.

3. La composición ideológica y partidista del sistema político. En Francia, por ejemplo, el presidente Hollande registró el pasado 14 de noviembre apenas un 15% de popularidad; mientras en Estados Unidos Obama registró un 54% de desaprobación, la más alta de los últimos tiempos. En Colombia, en cambio, la imagen de Santos subió al 55% el 8 de noviembre pasado, después de que se firmó el segundo punto del proceso de paz. Habían transcurrido un poco más de dos meses desde que la popularidad del presidente tocó el fondo del 21% el 4 septiembre debido al paro agrario, es decir, que en solo 65 días hubo una oscilación de 34 puntos en la imagen presidencial.

Los tres rangos de oscilación y sus acentuadas diferencias son “normales” si se tiene en cuenta el contexto. Tanto en Francia como en EE. UU. existe una profunda separación entre izquierda y derecha, así como entre demócratas y republicanos, que hace que el mandatario en ejercicio muy rara vez goce de más del 50% de popularidad, como resultado de la mala imagen automática –prevalentemente por motivos emocionales- que tiene de él la mitad del país cuyo partido o tendencia ideológica no ganó las presidenciales. Allí, sin importar la calidad de la gestión del mandatario, quienes se sitúan en la orilla política opuesta tienen sistemáticamente una imagen desfavorable de él. 

En Francia, en particular, la mala imagen del presidente tiende a ser enorme porque los ciudadanos personalizan los grandes problemas nacionales y culpan al presidente por todas las desgracias del país, sin tener en cuenta que en buena medida provienen de choques externos como la crisis económica que golpea a Europa desde 2009. Esto de paso explica, junto con otros factores como los errores de comunicación que cometió el presidente en ejercicio durante la campaña, que Sarkozy hubiera perdido la reelección en 2012.

Por su parte, en Colombia la enorme elasticidad de la popularidad presidencial se explica porque no existe una división ideológica ni partidista acentuada en el sistema político: tanto la izquierda como la derecha pueden inclinarse a favor o en contra del presidente, quien actualmente se ubica en el centro del espectro político, según la coyuntura política. El fin del bipartidismo en el 2002 coadyuva esta elasticidad pues la militancia en un sistema multipartidista como el colombiano no tiene mayor impacto en la imagen presidencial. En otras palabras, el margen de maniobra presidencial en Colombia para dar “golpes de opinión” es muy amplio y por esta razón es tan difícil prever lo que ocurrirá con la imagen de Santos en lo que resta del período electoral.

Un presidente con posibilidad de reelección inmediata es un rehén de las encuestas desde el día de su posesión. Con la imagen de Juan Manuel Santos podría pasar cualquier cosa en los días por venir: es muy probable que asegure el triunfo en primera vuelta si logra un avance sustancial en la agenda del proceso de paz en vísperas del día de elecciones.

Twitter: @florezjose
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