12 septiembre 2013

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Por qué los ateos no creemos en milagros

Por Joaquín Robles ZabalaVer más artículos de este autor

OPINIÓNLos profetas de hoy, aquellos que vemos en las esquinas vociferando sobre la segunda venida del Señor, solo sirven para pedir plata, como los curas.

Por qué los ateos no creemos en milagros.

Foto: SEMANA

Pensar que después de esta vida encontraremos una más tranquila y placentera es otra forma de prolongar los sueños y mantener viva la esperanza. Y lo es porque el hombre ha sido siempre un soñador, un amante de la fantasía y un temeroso de lo inexplicable. 

Quizá eso
pueda darnos unas pistas sobre el gran éxito editorial y cinematográfico de sagas como ‘Harry Potter’ y ‘El señor de los anillos’. Quizá en nuestros retorcidos cerebros de simios la magia siga siendo un elemento primario y fundamental para la vida como lo fue para nuestros antepasados, y de paso nos dé una posible respuesta del por qué gastamos millones de pesos anuales comprando el Baloto.

Las historias de los milagros que cuenta la Biblia parecen sacadas de la mente febril de un guionista de cine o de ese listado de creencias absurdas del personaje cervantino que se vuelve loco por leer libros de caballería. Resucitar muertos, levantar paralíticos, caminar sobre el agua  y producir una lluvia de alimentos en medio del desierto tiene los mismos ingredientes míticos que los relatos homéricos, los cuales fueron durante muchísimos años incorporados a la conciencia colectiva del pueblo griego como paradigmas de una realidad.

Hoy, estoy seguro de que nadie cree que Gea y Urano hayan existido de la misma manera como sí lo hicieron Platón y Aristóteles. Ni mucho menos que los rayos que atraviesan la atmósfera durante las tormentas eléctricas sean producidos por Zeus, ni que Hefestos tenga algo que ver con los terremotos y tsunamis que se producen en algunos lugares del planeta. Sin embargo, no dudo de que muchos piensan que el relato que cuenta la historia de Moisés abriendo con una vara el Mar Rojo sea tan cierta como la resurrección de Lázaro.

Los antiguos griegos creían en los relatos homéricos porque estos les ayudaban a comprender algunos aspectos de la realidad o la naturaleza. Creían que las deidades vivían en un lugar paradisíaco, alejado de los débiles mortales como hoy se cree que Dios habita en el ‘reino de los cielos’.

Para el filósofo e historiador rumano Mircea Eliade, el origen de todas las religiones tiene una base mítica. Y el mythos, para los compatriotas de Homero, no insertaba lo que entendemos hoy como fantasía, sino, por el contrario, este hacía parte de una verdad sagrada como lo es hoy la historia oficial de los pueblos.

Con el paso de los siglos, el mito dejó de ser una verdad inmodificable para entenderse como “todo aquello que no puede existir en la realidad” [M. Eliade]. De ahí quizá que los milagros que cuenta la Biblia sean tan espectaculares como los efectos visuales de algunas producciones cinematográficas gringas, y los milagros de hoy, aquellos que se les atribuye a algunos santos de dudosa reputación, no pasen de ser como aquellas montajes de teatro donde, a falta de presupuesto, cualquier cartón sirve de cortina.

Las religiones, desde sus orígenes, fueron concebidas como instrumentos de control social. El cuentecito del cielo y el infierno se constituyó para la Iglesia Católica, durante muchos siglos, en una herramienta que le permitió ejercer el poder absoluto sobre los cinco continentes y masacrar, en nombre de Dios, a todo aquel que se alejaba de su esquema cuadriculado y perverso que sentaba sus bases sobre dos palabritas tan abstractas como la imagen del Creador: cielo e infierno.

No sé si hoy alguien crea en milagros, pero debo recordarles que desde hace ya más de dos mil años, los descendientes de Homero superaron esa tara. Tampoco podría explicar cómo es posible que una institución que le ha hecho tanto daño a la humanidad, que presenció cómo los soldados españoles mataban a latigazos y tiros a miles de nuestros indígenas, que se confabuló con Adolfo Hitler para asesinar a seis millones de judíos, que persiguió a Nicolás Copérnico y a Galileo Galilei, que creó una cámara de tortura para herejes y que llamó felizmente la Santa Inquisición, que mantuvo a Europa sumida en un atraso de ocho siglos, que tiene en sus filas a cientos de pedófilos que abusan a diario de cientos de niños, pueda parir en realidad un santo, o, en el mejor de los casos, hacer un milagro.

Hace ya varios años, la revista El Malpensante publicó un ensayo polémico del Nobel de física, el neoyorquino Steven Weinberg que llevaba por título ‘Sin Dios’. En este, el científico estadounidense se planteaba la pregunta ¿qué pasaría si se admitiera unánimemente la inexistencia de Dios?

El texto hace un entretenido y panorámico recorrido por la historia de la ciencia en contraposición de una Iglesia que acepta los milagros como realizaciones divinas pero que no entiende que las enfermedades son de origen terrenal y que Dios, si existe, no tiene nada que ver con estas. Que la ciencia tiene grandes figuras, hombres de carne y hueso que se equivocan y que, en muchos de los casos, exponen sus vidas para asegurar el bienestar de la sociedad. Pero que, asimismo, la Iglesia encarna profetas, hombres con un ‘halo de santidad’ que no admiten sus errores porque Dios actúa a través de ellos, y este no se equivoca.

En un aparte de su texto, Weinberg dice lo siguiente:  
“En la ciencia tenemos héroes como Einstein, que fue ciertamente el mayor físico del siglo pasado, pero para nosotros no son profetas infalibles. Para quienes respetan en su día a día la independencia intelectual y están abiertos a la contradicción, rasgos que Emerson admiró –especialmente llevados a la religión–, el ejemplo de la ciencia arroja una luz desfavorable sobre la deferencia hacia la autoridad de la religión tradicional. El mundo siempre necesita héroes, pero la pasaría mejor con menos profetas”.

Creo que Weinberg tiene razón. Particularmente, me identificó con ese personaje escéptico que dijo ver para creer. Y empezaré a hacerlo cuando presencie un milagro como los que narra la Biblia: cuando un brazo, arrancado de cuajo, retoñe como el rabo de una lagartija, o un ciego recobre la vista con el solo hecho de que alguien colocó un dedo sucio de saliva sobre sus párpados, o que un muerto putrefacto como Lázaro vuelva a la vida.

Pero creo que esto no pasará porque los profetas de hoy, aquellos que vemos en las esquinas vociferando sobre la segunda venida del Señor, solo sirven para pedir plata, como los curas que cada domingo lanzan sus sermones desde el púlpito y aseguran que las bendiciones serán tan grandes como sus diezmos y limosnas.

*Profesor de la Universidad Tecnológica de Bolívar.
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