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Opinión

  • | 2015/01/19 11:16

    Por qué Diomedes Díaz merece una telenovela

    Juzgar la obra monumental de un artista por un reducido número de acciones desafortunadas es, sin duda, un claro acto de injusticia.

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Diomedes Díaz Maestre fue muchas y otras cosas que se le endilgan: periquero, extravagante, mujeriego, loco, machista, ostentoso y, en ocasiones, entre un trago y otro, se le daba por toquetear las entrepiernas de sus amigos. Las anécdotas sobre este hecho abundan entre sus seguidores. Sin embargo, no estoy de acuerdo con quienes lo califican ligeramente de basura y aseguran que su nombre no merece un espacio en la historia de la televisión colombiana.

Aquellos que hoy ponen el grito en el cielo argumentando que hacer una telenovela sobre este señor es apología al delito se equivocan: los dramas, las comedias y los seriados nada tienen que ver con los delitos aunque narren historias de narcos o delincuentes, pero sí mucho con el arte. Y se equivocan como se equivocaron los franceses decimonónicos que tildaron a Gustavo Flaubert de pornográfico. No hay duda de que Diomedes Díaz, como persona, no fue un dechado de virtudes, que muchos de sus actos franquearon sin duda los límites de la legalidad y entraron en el terreno de lo estrictamente delictivo, pero no hay que negar que como folclorista desarrolló una obra inmensa.

Meter en un mismo saco al artista y a su obra ha sido siempre un error, aunque la sociología del arte diga otra cosa. Los que critican el proyecto de RCN parten de un concepto de carácter moral y meten en esa misma bolsa hechos tan condenables como la muerte de Doris Adriana Niño, su paso por la cárcel, su adicción a las drogas, su vida desordenada y su irresponsabilidad al no asistir a los conciertos que sus representantes firmaban, o presentarse ante el público en un estado profundo de ebriedad en el que no recordaba ni las letras de sus propias canciones.

Desde mucho antes de que se estrenara el primer capítulo del seriado que lleva su nombre, han sido muchos los comentarios negativos de prensa que se han publicado. Todos, en mayor o menor grado, coinciden en recordar la larga lista negra de hechos que lo persiguió hasta su tumba. Sin embargo, muy pocos dan cuenta de la grandeza artística del tipo. Muy pocos hablan del hecho extraordinario de que en un país donde todas las estadísticas apuntan al fracaso de los pobres, a repetir como una noria los mismos altibajos económicos de la familia, un pelaíto nacido en un pueblo arruinado, con todas las desventajas del mundo, haya logrado salir adelante y convertirse en un gigante del vallenato.

Diomedes Díaz habría podido ser, sin equivocación, un Pablo Escobar, un sicario o un contrabandista. Las opciones de alcanzar la gloria por otros medios eran inexistentes. Pero optó por el folclor vallenato y logró en este lo que muy pocos logran en otras manifestaciones artísticas: un antes y un después. Así como resulta hoy imposible hablar de la literatura colombiana sin mencionar la obra inmensa de Gabriel García Márquez, igualmente resulta incompleto hablar de vallenato, o de la historia de la música vallenata, sin mencionar al 'Cacique de la Junta'.

De esta manera aclaro que no es que esté en contra de quienes suelen ver el vaso de agua medio vacío, pues cada quien desde sus experiencias y posiciones expresa lo que siente, cómo lo siente y cómo ve. Pero me pregunto si lo que se debe juzgar en un artista [llámese escritor, pintor o músico] es su obra o todas aquellas situaciones que se alejan del ámbito artístico y están más cercanas de lo estrictamente personal.

Charles Bukowski, por ejemplo, cuyo verdadero nombre fue Heinrich Karl Bukowski, era, desde lo personal, un tipo despreciable, pues no sólo fue alcohólico, drogadicto y misógino, sino también un cobarde a quien le gustaba golpear a las mujeres. Y hoy, sin duda, habría pasado sus ratos largos en la cárcel. Lo mismo podríamos decir de Jean Genet, William Burroughs, Jack Black, Chester Himes y otra larga lista de escritores delincuentes cuyas obras brillan por lo que son y no por lo que fueron sus autores. Algo parecido podríamos decir del flamante novelista y profesor universitario Umberto Eco, quien hace un par de años fue sorprendido en su carro, en una calle de Roma, teniendo sexo con una menor de edad que luego resulta ser una prostituta. Por supuesto, el autor de El nombre de la rosa y de El péndulo de Foucault pasó esa noche tras las rejas y tuvo que pagar varios miles de euros por una acción extraliteraria que rompía la normatividad jurídica italiana.

Juzgar la obra monumental de un artista por un reducido número de acciones desafortunadas es, sin duda, un claro acto de injusticia. Un acto que no sólo entraría en los terrenos de la censura, sino en el resbaladizo campo de la moral, una palabra tan manoseada y acomodada como la libertad de prensa.

En Twitter: @joarza
Email: robleszabala@gmail.com
*Profesor universitario

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