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Opinión

  • | 2016/01/12 14:33

    Por qué el Centro Democrático no es oposición

    Toda oposición es, en términos físicos, una fuerza que empuja, con igual valor y dirección, pero en sentido contrario.

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“Soy opositor, no criminal”, escribieron los congresistas del Centro Democrático en unos cartelitos durante los primeros debates de la plenaria del Senado en el 2014. El asunto no pasó inadvertido y algunos medios publicaron la nota informando sobre los “primeros choques” entre la oposición, representada por la bancada dirigida por el expresidente Uribe, y los congresistas afines a la alianza de partidos que domina el legislativo.

El asunto no deja de ser curioso porque afirmar que el CD es “oposición” al gobierno es como asegurar que la izquierda colombiana defiende los postulados del capitalismo salvaje y de un neoliberalismo cuyo fin último es la acumulación desmedida de riquezas. Toda oposición es, en términos físicos, una fuerza que empuja, con igual valor y dirección, pero en sentido contrario. En términos políticos se podría definir como unos principios que difieren de ese centro que dicta las leyes. En términos sociales es cerrar esas brechas que separan profundamente a los que lo tienen todo de aquellos que no tienen nada.

Yo me pregunto si el CD, como “oposición”, busca en realidad cerrar esas líneas divisorias y cambiar la estructura social que rige al país desde hace 200 años. Desde que se iniciaron las negociaciones entre las FARC y el gobierno en La Habana, su lucha desde el Congreso ha sido la defensa del statu quo. Ha sido cerrar las bandas que signifiquen un cambio en la estructura del Estado. De ahí que la señora Paloma Valencia haya propuesto en alguna oportunidad a través de Twitter volver a ese colonialismo que dividió al departamento del Valle y al país entre negros e indios, por un lado, y colonizadores por el otro, que produjo fuertes críticas y reacciones en las redes sociales y motivaron toda una avalancha de memes.

Para que el CD sea “oposición” debe estar del otro lado del espectro político. Es decir, en la otra orilla y formalizar un proyecto enteramente social que haga menos profundas las diferencias entre pobres y ricos. Solo de esta manera dejara de ser un circo de payasos cuyo discurso opositor es reivindicado únicamente por algunos medios de comunicación afines a la ideología uribista.

Decir entonces que la bancada que dirige el expresidente es oposición, es creer que entre Santos y este señor hay profundas diferencias conceptuales en la forma de concebir la estructura del Estado. No olvidemos que el hoy presidente de los colombianos fue ministro de Uribe, y si hay que buscar una diferencia entre el uno y el otro no será de contenido sino de forma. Uribe es lenguaraz, hablador (“Le voy a dar en la jeta, marica”. “Ojalá nos estén grabando”), mientras que Santos, criado en un entorno apacible bogotano, con una línea de corte inglés, es más racional y, por lo tanto, menos violento (“Solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”).

Santos usa el efecto placebo mientras que expresidente dispara y después pregunta. El largo gobierno del hoy senador se caracterizó por echar plomo, perseguir a la oposición y ser un defensor del paramilitarismo, mientras que los dos periodos de Santos han seguido la política del garrote, la zanahoria y gravar más impuestos.

Para quienes tienen memoria a corto plazo, quizá ya olvidaron que durante el gobierno del creador del CD la tasa de desempleo alcanzó un 15%, privatizó 10 entidades del Estado e impulsó una reforma laboral que derogó las horas extras y el contrato laboral. En otras palabras, inició una política que favoreció a los grandes gremios económicos, nacionales y extranjeros, y disminuyó la calidad de vida de los trabajadores del país.

Por eso, no deja de ser chistoso que el exmandatario haya sido uno de los primeros en protestar, a través del Twitter, por la casi probable venta de Isagén. No deja de serlo porque si hubo un presidente que acabó con la salud, privatizando sus servicios, empobreció el campo con la firma de los Tratados de Libre Comercio e invirtió cerca de 150 mil millones de dólares en 8 años en ganar una guerra estúpida que llevó a la tumba a miles de jóvenes colombianos, fue él.

Hoy, los defensores de las políticas uribistas, los mismos que quieren matar la palomita a punta de Twitter, que hablan de justicia sin impunidad y que están armando una campaña nacional para que continúe esta guerra histórica, olvidan que en el momento en que el hoy senador abandonó la Casa de Nariño, 3.5 millones desempleados deambulaban sin norte por las grandes y pequeñas ciudades del país y 7 millones de compatriotas sobrevivían con un salario mínimo de 516 mil pesos. Olvidan que el entonces ministro de Hacienda era un señor de nombre Óscar Iván Zuluaga, defensor de que el aumento salarial no superara el 3.5.

Estas decisiones, que no están muy alejadas de las adoptadas hoy por Santos, llevaron a más de 14 millones de nacionales a vivir en la miseria. Claro que por entonces no había un solo medio de comunicación del país que informara lo contrario: Uribe había acabado con la guerrilla (o la tenía en retirada y moribunda) y la economía colombiana estaba por encima de 5% presupuestado, aunque esto no se reflejara en la calidad de vida de los abajo.

Por esto, no deja de ser chistoso llamar al Centro Democrático “oposición”. Este concepto, repito, hace referencia a una fuerza que empuja con igual valor pero en sentido contrario. Y dudo muchísimo que el uribismo sea eso.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario

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