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Opinión

  • | 2015/04/06 06:40

    ¿Por qué es malo ser ateo?

    No falta quien considere que ser ateo es sinónimo de maldad. Que ser cristiano te abre las puertas del paraíso y que no creer es como comprar un tiquete directo al infierno.

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Todos los caminos conducen al cielo, incluso el del infierno, aseguró el premio Nobel de Literatura François Mauriac. Y no es que ponga en duda la célebre frase del escritor francés, pues visto de esta manera Colombia sería el paraíso. No en vano nos llaman el país del Sagrado Corazón. Y 200 años de historia republicana nos dicen que hemos recorrido un camino asfaltado por la fe cristiana. Que recuerde, no hemos tenido hasta ahora un presidente declarado abiertamente ateo. Ni siquiera agnósticos. Las diferencias entre liberales y conservadores –dominadores del panorama político nacional- han sido siempre que los primeros van a misa de 5 y los otros a la de 8, nos recordaba García Márquez hace casi 50 años.

Ser abiertamente ateo en un país sacudido por los vientos de la cristiandad es exponerse a ser fusilado, o por lo menos aislado. A un amigo profesor lo echaron del colegio donde trabajaba por declararse apático a cualquier manifestación religiosa. Y a una chica con un magíster en filosofía de los Andes no le renovaron el contrato en una universidad por asegurar en una reunión de fin de semestre que todas las religiones deberían desaparecer por el bienestar de la humanidad.

Si le diera credibilidad plena a la sentencia de Mauriac, tendría que concluir que Colombia debería ser declarada una nación de santos. Pues no hemos tenido en la historia nacional un dirigente que no sea un ferviente defensor de la doctrina católica, ni un ministro que no acuda un fin de semana a la misa del domingo. Cuando el novelista francés aseguró que todos los caminos que transitamos conducen al cielo, nos está diciendo que no importa en qué punto de nuestras creencias ideológicas estemos parados porque todos los ríos, como en el poema de Jorge Manrique, llevan al mar.

Si poner en práctica una determinada manifestación religiosa fuera como una llave para abrir la caja de Pandora de la felicidad y del bienestar de la gente, podríamos afirmar que España, a lo largo de su historia, ha sido sin duda el paraíso terrenal. Y la Colombia de Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez Castro serían la sucursal del cielo en la Tierra. Por el contrario, el Brasil de Lula da Silva, o el Uruguay de José Mujica, podríamos definirlos como el infierno desatado. La Colombia de Uribe, por supuesto, entraría en ese abanico de regiones sagradas. Y la procuraduría de Alejandro Ordóñez Maldonado sería como un pequeño Vaticano donde romerías de creyentes católicos, sedientos de milagros, se tomarían las oficinas administrativas donde este hombre, revestido por la santidad de las leyes, dictadas por el Espíritu Santo, mantendría la mano extendida a la espera de un beso en el anillo.

Por el contrario, el recién fallecido Carlos Gaviria, uno de los pocos hombres públicos de este país con la ética sembrada en la corteza cerebral, sería como una especie de satán, con tridente incluido, y García Márquez su mano derecha. En este club entrarían, sin duda, Fidel Castro, Hugo Chávez y Salvador Allende. María Fernanda Cabal y Paloma Valencia tendrían la categoría de próceres de la patria, título otorgado por la Universidad del Centro Democrático, dirigida por el eminente Gran Colombiano, un pequeño dios del que se dice orientó las huestes del paramilitarismo para la refundación del país pero que hoy se lava las manos como cualquier Pilatos y niega todo signo de señalamiento como lo hizo Judas.

Pero como en la viña del Señor hay de todo, no falta el fanático que considere que ser ateo es sinónimo de maldad. Que ser cristiano, o católico, te abre las puertas del paraíso y que no creer en divinidad alguna es como comprar un tiquete directo al infierno. Creo, como dijo Mauriac, que todos los caminos conducen al cielo. Pero no al cielo del que se aferran como tabla de salvación el mundo cristiano, que considera que después de esta vida tendremos una más alegre y placentera. Creo que ese paraíso al que hace referencia el maestro francés está más relacionado con las búsquedas del individuo, con esa palabra abstracta que es la felicidad.

Ya los antiguos filósofos griegos habían llegado a la conclusión de que detrás de todo acto humano está la secreta búsqueda de la felicidad. ¿Quién asegura que Pablo Escobar no era feliz enviando sus toneladas de cocaína a los Estados Unidos? ¿Quién dice que no se regocijaba de placer al recibir de vuelta las maletas cargadas de dólares que le servían para comprar la voluntad de políticos y personalidades públicas del país? La misma felicidad que, sin temor a equivocación, experimentaron esos grandes maestros de la ciencia –ateos, por cierto- como Carl Sagan, Steven Pinker y Stephen Hawking al explorar el espacio y descubrir que ese cielo que a simple vista se mostraba azul, ni era cielo ni mucho menos azul. Que detrás de esas nebulosas colmadas de planetas no estaba por ningún lado el ojo vigilante de ese ser supremo del que habla la Biblia, y que detrás de estas había muchas otras, conformando cientos de sistemas solares donde seguramente rebosaba la vida. Pero este hecho, por supuesto, lo ponen en duda los cristianos, que siguen a pie juntilla los postulados bíblicos y que consideran que el cielo es el lugar donde habita Dios, donde sus seguidores sueñan con llegar algún día. Después de muertos, claro está.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.  
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