Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/10/20 00:00

Por qué gana Samuel

Vamos a votar por una Bogotá del futuro, basados en la incertidumbre que ofrece Samuel más que en la certidumbre que representa Peñalosa

Por qué gana Samuel

Me tiene muy triste la posibilidad (para no decir la seguridad) de que Enrique Peñalosa pierda en su aspiración de volver a ser el alcalde de Bogotá, cuando hace apenas pocos meses parecía inderrotable.

Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero la versión de que Lucho Garzón se siente mejor sucedido por Peñalosa que por Samuel no sólo cogió mucha fuerza, sino que es incluso lógica. Independientemente de las razones partidistas, o 'polistas', Lucho tiene que saber en su fuero interno que Peñalosa sería mejor alcalde que Samuel. Que Peñalosa es un candidato serio, que no hace propuestas demagógicas, no dice mentiras, acepta que se ha equivocado, no ofrece puestos, ni sistema de metro que no podrá pagar ni construir, que no está mal rodeado. Pero lo más importante: que nadie podrá quitarle el título de ser el diseñador de esta moderna Bogotá que todos estamos gozando, pobres y ricos, por cuenta de sus conceptos de transporte masivo, respeto al espacio público, bibliotecas… En fin, por su capacidad como estadista y su habilidad como ejecutivo.

Mejor dicho: los bogotanos están a punto de votar por una idea futurista de Bogotá basados en la incertidumbre que ofrece Samuel, más que en la certidumbre que ofrece Peñalosa.

¿Por qué este comportamiento tan extraño?

Hay que aceptar que la campaña de Peñalosa fue pésima. No le ofreció a la gente novedad sino continuidad de un modelo. Y, quizás azuzado por unos asesores gringos que debió traer, se matriculó en una campaña negativa en contra de Samuel a través de la crítica al apoyo que le dio Ernesto Samper a esa campaña. Con su posible derrota, Peñalosa lograría algo increíble: convertir a Samper en ganador de las elecciones en Bogotá, a estas horas de la vida. ¡Qué ironía!

Y eso, sumado a que a pesar de la preferencia tácita de Lucho por Peñalosa, este último resolvió arremeter en la última semana contra el alcalde acusándolo de estar comprometido en una ola de contratos de última hora. ¿Puede haber una equivocación mayor?

Pero una pésima campaña no alcanza a explicar la razón de que los bogotanos terminen no dándole el triunfo a Peñalosa, porque la de Samuel no fue mejor. Quizá fue hasta peor.

La razón que creo que más pesó en tener a Peñalosa al borde de la derrota fue la de la bendita arrogancia con la que la gente identifica al candidato. Pero eso no deja de ser insólito, porque en la historia, los líderes y los personajes más importantes del mundo han sido arrogantes por naturaleza.

Voy a mencionar apenas unos pocos ejemplos. ¿Qué tal la arrogancia de Enrique VIII de Inglaterra, que cambió de religión a todo un país porque Roma no lo dejaba casarse en segundas nupcias con su amante? ¿Qué tal la arrogancia de Napoleón Bonaparte, que se empeñó en tener a Europa en el puño de la mano? ¿Qué tal la arrogancia de Mao, que lo inspiró a crear su revolución cultural que le rendía culto a su personalidad? ¿Qué tal la arrogancia de Winston Churchill, que le permitió enfrentarse a la arrogancia de Hitler en una guerra que Inglaterra tenía perdida? ¿Qué tal la arrogancia del general Charles de Gaulle, que hasta practicaba en privado su arrogancia, porque estaba convencido de que era un requisito indispensable para gobernar? ¿Qué tal la arrogancia de la señora Margaret Thatcher para ser la primera y única mujer gobernante de la Gran Bretaña durante 11 años seguidos? ¿Qué tal la arrogancia de la reina Isabel de Inglaterra, que casi no va al entierro de su nuera, Diana?

Y vengámonos un poco para acá: ¿Qué tal la arrogancia de Simón Bolívar, por Dios, cuando juró en el monte Sacro que iba a liberar a América de España? ¿Qué tal la arrogancia de Rafael Núñez, que se atrevió a divorciarse, imponer a su nueva esposa en Cartagena y a cambiarse de partido político? ¿Qué tal la arrogancia de Carlos Lleras, la de López Michelsen, la de César Gaviria, que la consideraron indispensable para no dejarse manosear? Y fíjense: el único no arrogante de este ramillete fue Ernesto Samper. Era la antítesis del arrogante. Tanto, que hasta se dejó manosear de los sanandresitos, primero, y del cartel de Cali, después.

Los arrogantes mencionados, y otros miles más, construyeron la historia del planeta. Por todo lo anterior, considero lamentable e incomprensible que Enrique Peñalosa, en Bogotá, Colombia, pueda llegar a perder la alcaldía por tener arrogancia de sobra.

Mi voto va por Peñalosa. Por arrogante. Él. Y yo.

ENTRETANTO… Creo que el presidente Uribe puede contestar como lo hacía el primer ministro francés

Clemenceau, cuando lo acusaban de que era muy bravo: "Es que cuando uno tiene carácter, necesariamente tiene mal carácter". ¿Y qué?


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