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Opinión

  • | 2009/03/11 00:00

    Por qué no debe haber una nueva reelección

    Con la ilusión de que habría un cambio de fondo, la democracia le dio a Uribe la excepcional oportunidad de extender su mandato, pero esta sucumbió entre la politiquería y el cortoplacismo de su segundo gobierno.

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Álvaro Uribe Vélez tuvo la oportunidad de guiar al país hacía un futuro mejor que el que nos ofrece una nueva reelección suya en el 2010. A pesar de que la “reelección” en el 2006 fue valorada como algo positivo, principalmente por los significativos avances militares logrados frente a las Farc, me temo que el estilo ligero, mediático y coyuntural del Presidente en el manejo de los problemas nacionales, comienza a pasarle factura al país.

Haber subestimado los efectos de una reforma tan trascendental como la reelección, para reelegir al Presidente de turno, suponía un enorme compromiso político de aquel a quien se le confiara tal excepcionalidad, de administrar responsablemente la institucionalidad de la reforma y el poder sobre el Estado que la misma le daba. Por sus grandes implicaciones, la reelección era en naturaleza una reforma estructural y NO la modificación de un articulito y listo.
 
Por lo tanto, ella debía servir al Estado y a la sociedad colombiana no sólo para poner en cintura a los grupos armados ilegales y rescatar al país de la honda crisis de violencia y seguridad en la que se encontraba, sino también para el fortalecimiento y ordenamiento de su política y su andamiaje institucional.

Colombia es un país que vive muchas crisis simultáneas -violencia, política, de valores, institucional, derechos humanos, social, etc.-, donde el agravamiento de una automáticamente enreda la solución de las otras. Entonces también existía la necesidad urgente de romper con las viejas costumbres políticas, reivindicar la cultura de la legalidad, y fortalecer la institucionalidad. Hoy, ante el calvario de la Para-política, la Yidis-política, la DMG-política, el año entrante será la ?-política, de escándalos como el del Presidente del Congreso y el del hermano del señor Ministro del Interior, y los falsos positivos, la urgencia es mayor.

Pero durante el trámite de la reforma en el Congreso, se dieron razones como la de darle continuidad a políticas acertadas, el cuento de que la democracia colombiana estaba lo suficientemente madura, que la soportaba un electorado adulto, que la fortaleza de sus instituciones resistiría dinámicas de concentración del poder, y por supuesto, que el país no permitiría el endiosamiento de su primer mandatario.
 
Hoy a dos años y medio de iniciada su segunda administración, nada de lo anterior se corrobora. Si algo, la desinstitucionalización de las reglas de juego de nuestra frágil pero perseverante democracia se profundiza ante la necia pretensión de permitirle a Uribe otros cuatro años más en el poder, ya sea en el 2010 o en el 2014.

Es triste, pero no veo cómo se volverá a presentar una oportunidad tan extraordinaria como la que Uribe tuvo de enderezarle al país su errático deambular. Precedido por dos gobiernos –Samper y Pastrana- que los colombianos aspiraban a olvidar, y con la impresión en el mundo y entre los mismos colombianos de Colombia ser un “Estado fallido” a punto de resquebrajarse, Uribe llegó al poder en el 2002 acompañado de una combinación de mensajes, rasgos de liderazgo, habilidad política y acciones con la que se invierte la percepción.

Las banderas que agitó en contra de los violentos –en particular las Farc- y contra la politiquería y la corrupción, el modo independiente como alcanza la Presidencia de cara a unos partidos tradicionales completamente en bancarrota, y la contundencia del respaldo electoral a sus propuestas, soportaban la ilusión. De la misma manera, la determinación que demostró en sus primeros años por avanzar sobre sus 100 puntos de gobierno, su carisma, su don para conectar con la gente y comunicar sus ideas, así como su entrega y dedicación a sus funciones, permitían pensar en que era posible.
 
Adicionalmente, por primera vez un Presidente contaba con el privilegio de gobernar al país por cuatro años más de manera consecutiva. Los colombianos necesitábamos creer, y la oportunidad parecía dada.

Pero como dice el viejo dicho, lo que comienza mal, termina mal. Y con la reelección, las cosas comenzaron mal desde su concepción. Lamentablemente para esta reforma, tan aclamada por la mayoría, su gestación tiene lugar entre Yidis y Teodolindos, parapolíticos, despilfarro de embajadas y consulados, o en sumatoria, gracias a una irresistible poción de clientelismo y politiquería.
 
Cuando con el trámite de la reelección en el Congreso Uribe cedió al chantaje de sus mayorías parlamentarias, acolitando y haciendo parte de las mismas costumbres políticas que como candidato juró combatir; en ese momento, sentenció su punto de no regreso. Inmoló su independencia frente a la clase política, y en el camino empeñó hasta la última gota de autoridad moral para combatir efectivamente las trampas que el sistema le depararía, y que hoy complican su gobernabilidad. ¿Renovación de la forma de hacer política y gobernar? ¿Meritocracia y transparencia? ¿Rendición de cuentas? ¿Partidos fuertes? ¿Cómo?
 
El afán por atesorar su capital político –invertido en encuestas, proyectos pararrayos, y coyunturas de corta duración-, y simultáneamente su reserva para gastarlo en los problemas políticos de fondo del país –clientelismo, partidos quebrados, penetración del narcotráfico en el Estado, parapolítica, otros.-, hiere de muerte la ilusión.

Y desafortunadamente frente a aquella emborrachadora poción no ha habido antídoto que despierte al líder, y tampoco al país. Pareciera que la realidad pudo más que el sueño y las promesas electorales. Pese a ello, no nos queda otra alternativa que comenzar por entender que para volver a soñar, tendremos que primero despertar.



*Germán Sarmiento es analista político.
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